Creí en ti

Capitulo 16

Todo estaba organizado. Papá terminaba de hacer las maletas para su viaje. Yo permanecía apoyada contra el umbral de la puerta, con los brazos cruzados, observando cada uno de sus movimientos.
No me gustaba que se fuera. Siempre había sido así, pero esta vez mi deseo de que se quedara era mucho más intenso.

Habían pasado demasiadas cosas. Demasiadas como para sentirme tranquila.
Cuando él estaba en casa, su sola presencia me hacía sentir segura. Sabía que, mientras estuviera a su lado, nada malo podría pasarme… aunque, en el fondo, supiera que eso no era del todo cierto. Cualquiera podía irrumpir en nuestra casa y romper esa falsa sensación de paz.

—¿Cuántos días estarás fuera? —pregunté con un hilo de voz.

Era la misma pregunta que le hacía cada vez que viajaba por negocios, pero esta vez tenía un significado diferente. Sentía un nudo en la garganta. Tenía ganas de llorar, pero me obligaba a contenerme. Ya no era una niña asustadiza... o al menos eso quería creer. Sin embargo, después de todo lo ocurrido, en ese momento me sentía exactamente así.

No sabía si estaba preparada para quedarme sola.

—No lo sé —Asentí despacio, intentando aceptar una respuesta que no me tranquilizaba en absoluto —. Puedes invitar a Angélica.

Sabía que podía hacerlo, pero no estaba segura de quererlo. Desde hacía días no dejaba de insinuar que entre Nath y yo estaba pasando algo, y sus comentarios solo conseguían confundirme más.

—Ella es tu nueva guardaespaldas —Rodé los ojos divertida. Me estaba tomando el pelo.

Papá soltó una pequeña risa.

—Nath y Tomás te cuidarán. Se alternarán durante las noches —explicó, esta vez con total seriedad.

Eso lograba tranquilizarme un poco, pero no era lo mismo. Los necesitaba a ellos, sí... pero, sobre todo, lo necesitaba a él. Mi padre siempre había sido mi lugar seguro.

—Además, ya sabes defenderte sola. Eso te servirá hasta que lleguen los refuerzos —Intentaba convencerme... y quizás también convencerse a sí mismo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa? —Inhalé profundamente.

Nunca me había costado reconocer lo que sentía, pero esta vez era distinto. No quería que cambiara de opinión solo porque yo fuera incapaz de manejar su ausencia. Tampoco quería que creyera que seguía siendo una niña miedosa... aunque, siendo sincera, una parte de mí sí tenía miedo.
Guardé silencio unos segundos más, hasta que reuní el valor para hablar.

—Es que... te voy a extrañar —Mi voz salió quebrada mientras me encogía de hombros, avergonzada por admitirlo.
Papá soltó una exhalación suave y acortó la distancia entre nosotros. Sin decir una palabra, me envolvió entre sus brazos.

—Yo también voy a extrañarte.

Depositó un beso sobre la coronilla de mi cabeza y me estrechó un poco más, como si quisiera grabar aquel abrazo antes de marcharse.

—¿Quieres que te traiga algo? —Sonreí sin poder evitarlo.

Cada vez que viajaba me hacía la misma pregunta. Me trataba como si todavía fuera una niña pequeña y, lejos de molestarme, me hacía sentir querida.
Negué lentamente con la cabeza.

—Solo quiero que vuelvas sano y salvo —susurré sin soltarlo.

Tal vez era un pensamiento exagerado... pero, después de los últimos acontecimientos, ya nada me parecía imposible.

—Haré todo lo posible —Me aparté apenas para mirarlo.

—¡Papá! —protesté, haciendo que soltara una carcajada.

—Está bien... lo prometo.

—Más te vale —Lo señalé con un dedo, fingiendo una amenaza.
Él sonrió con ternura.

—Mientras tanto, mantén el orden en la empresa. Envíanos informes y, si surge algún problema, no dudes en llamarme. Se quedó mirándome unos segundos, con esa expresión seria que adoptaba cuando hablaba de trabajo —. Confío en ti.

Sentí que el pecho se me llenaba de orgullo.
Asentí con una pequeña sonrisa.

—No te defraudaré.

Papá volvió a la cama para terminar de guardar la ropa en la maleta. No llevaba demasiadas cosas, señal de que pensaba regresar pronto. Me aferré a ese detalle como si fuera una promesa.

Minutos después, bajamos las escaleras juntos, arrastrando las maletas. José ya nos estaba esperando junto a la puerta principal, listo para ir al aeropuerto.

—Señorita —habló José con su habitual tono respetuoso—. Mis hombres están a su entera disposición. Cada uno cuenta con un escáner para verificar la identidad de cualquier persona que ingrese.

Cómo habían cambiado las cosas. Antes, la única ocasión en la que no tenía guardaespaldas era dentro de la casa cuando papá se iba de viaje de negocios. Y ni hablar de desconfiar de los hombres de seguridad. Eso me sorprendió. Había algo que me estaban ocultando, pero preguntaría cuando mi padre regresara.

—Entonces... ¿para eso era la aplicación que papá me hizo descargar? —reflexioné en voz alta.
Con lo atareado que había estado esos días, simplemente hice lo que me pidió. Solo me dijo que después me explicaría para qué servía.

—Bueno, hija...

Papá se acercó y me dio un beso fugaz en la mejilla. No le gustaban las demostraciones de afecto en público. Según Eriberto Pujol, solo eran necesarias cuando yo estaba alterada.

Así era él.

En privado demostraba cuánto me quería, pero delante de los demás mantenía esa imagen fría e imperturbable.

Sonreí para mis adentros. Sabía que esa era su forma de protegerse.

Rodeé su cuello con los brazos y lo atraje hacia mí antes de que pudiera escapar, plantándole un beso sonoro en la mejilla.

—Te extrañaré, papi.

Al soltarlo, vi cómo me miraba de reojo. Su expresión apenas cambió. Conservó ese semblante serio y controlador de siempre, aunque conocía lo suficiente a mi padre para saber que, por dentro, ese gesto le había gustado.

Sin decir una palabra más, tomó la maleta y salió junto con José.
Los observé alejarse hasta que desaparecieron tras la puerta principal.




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