Creí en ti

Capitulo 17

Angélica ya se había ido.

Acababa de ducharme y estaba agotada. Había sido un día largo y lo único que quería era comer algo y meterme en la cama.

Bajé las escaleras con mi pijama: un pantalón corto, una remera de tirantes y la bata abierta. Caminé hasta la cocina tarareando una canción pegadiza, abrí el refrigerador y busqué algo para comer.
Me di la vuelta y casi se me cayó lo que tenía en las manos.

Nath estaba sentado en la barra.

Alzó la vista al escucharme.

Se quedó inmóvil.
Sus ojos se detuvieron en mí apenas un segundo antes de desviar la mirada y volver a adoptar la expresión seria de siempre.
Entonces recordé cómo estaba vestida.
Mis mejillas se encendieron.
—¿Qué haces aquí? —logré preguntar, cerrándome la bata con la mano libre y evitando mirarlo directamente.

—Tomás te cuida durante el día. Yo por la noche —respondió, esta vez con la vista fija en la taza que sostenía entre las manos.

Cierto.

Lo había olvidado por completo.

Por lo general, cuando papá se iba de viaje de negocios, me quedaba sola en casa. Por eso había bajado vestida de esa manera, sin preocuparme por encontrarme con nadie.

Alcé la vista apenas un instante.

Su expresión había vuelto a ser la de siempre: seria, distante, profesional. Como si ese segundo de más nunca hubiera existido.
Y, extrañamente, eso me hizo sentir peor. Esperaba que esta vez me viera diferente.

—Si... si deseas comer algo, hay de todo en el refrigerador —murmuré, señalando el electrodoméstico.
Asintió una sola vez.

El silencio comenzó a volverse incómodo.

—No es necesario que te quedes aquí —me apresuré a añadir—. Puedes caminar por la sala —Me dispuse a marcharme.

—Puede quedarse. Yo ya iba a hacer mi ronda —Levanté la vista. Nath seguía observando su taza de café. Su expresión permanecía tan imperturbable como siempre.

Parpadeé, confundida.

Entonces bajé la mirada.

Mi pijama.

La bata abierta.

Sentí que el rostro me ardía.

Volví a mirarlo de golpe.

Él ya no me estaba mirando. Tenía toda su atención puesta en el café, como si la conversación hubiera terminado.

Qué vergüenza.

Me di la vuelta y prácticamente huí escaleras arriba.
Me dejé caer sobre la cama y me cubrí el rostro con ambas manos.

¿Por qué había dicho eso?

Porque me había visto así.

Cerré los ojos con fuerza.

No había sido más que un segundo.

Un solo segundo.

Entonces...
¿Por qué seguía pensando en ello?
¿Por qué seguía recordando la manera en que levantó la vista al verme?
¿Y por qué me molestaba tanto... que hubiera apartado la mirada después?.

¿Me hubiera gustado que me mirara más de unos segundos, que en su expresión reflejara algo, deseo quizás? Sí. Definitivamente debía dejar de escuchar a Angélica.

Hoy era otro día.

Sabía que, en cuanto volviera a ver a Nath, la vergüenza regresaría con toda su fuerza.

El simple recuerdo de la noche anterior bastaba para hacerme arder las mejillas.
No quería pensar en eso.
No todavía.
Tenía el día por delante y me negaba a arruinarlo antes siquiera de comenzarlo.

Bajé vestida con mucho más cuidado, rezando para que él no estuviera.
Abrí la puerta de la cocina apenas unos centímetros.
Solo estaba Flora, de espaldas, preparando el desayuno.
Solté el aire que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Di un paso al frente.
Flora giró apenas y, al verme, dio un pequeño respingo. Se llevó una mano al pecho y soltó una risa.

—Sigues siendo muy silenciosa. Creo que jamás me acostumbraré a eso —Sonreí. Flora no se alteraba por nada. O por casi nada.

—Lo siento —Entré ya mucho más relajada.
El aroma del café recién hecho y del pan tostado me envolvió de inmediato.

Era increíble cómo un lugar podía hacerte sentir tan segura.

—¿Desayunará aquí o en la sala? —Parpadeé.

—Siempre que papá no está lo hago aquí. ¿Por qué la pregunta? —Mi padre siempre mantenía cierta distancia con los empleados. Los trataba con respeto, pero jamás cruzaba determinados límites. Nunca le había agradado la familiaridad que existía entre Flora y yo. Más de una vez habíamos discutido por ello y, con el tiempo, terminamos compartiendo menos momentos juntas.

—No sé... Quizá hoy le apetecía desayunar en otro sitio —Sonreí.

Habíamos adquirido esa costumbre desde que yo era una niña. Cuando papá y mi tío no estaban, almorzábamos y cenábamos juntas.
No me gustaba comer sola.
Flora era una gran compañera.
Hablábamos de todo un poco: cocina, arte, películas...
A veces me daba consejos que parecían simples, pero terminaban acompañándome durante días.
Era una mujer muy sabia.
Lo más parecido a una madre que había tenido.
Su cariño por mí siempre había sido sincero. Me había cuidado desde que llegamos allí, cuando apenas era una niña asustada que todavía no comprendía el nuevo mundo que la rodeaba.

Extrañaba esos momentos.

—Había olvidado cuánto extrañaba desayunar contigo —Levantó la vista y me regaló una de esas sonrisas suaves que siempre conseguían calentarme el pecho.

—Yo también —Su mano encontró la mía y la palmeó con cariño.
Aquel gesto tan sencillo hizo que un nudo se formara en mi garganta.

Miré discretamente hacia los alrededores.
Al no verlo, sentí una necesidad inesperada de saber dónde estaba.

—¿Nath ya se fue? —pregunté, procurando que mi voz sonara casual.

—Sí. Lo encontré durmiendo todo enrollado en una silla —respondió divertida.

Abrí un poco más los ojos.

Me había olvidado por completo de asignarle una habitación.

—Pobrecito... Es tan alto que apenas entraba en la silla.

Sentí una punzada de culpa.
Seguro había despertado con todo el cuerpo contracturado. Y encima había pasado frío.
Todo por mi culpa.
No me había atrevido a bajar otra vez por la vergüenza.




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