Creí en ti

Capitulo 18

Definitivamente le pediría a Angélica que me ayudara. Ella sabía mucho más que yo de tecnología y estaba segura de que papá no se negaría.
Estaba agotada, y sabía que aquello solo iba a empeorar. Apenas habían pasado dos días desde que mi padre se había ido de viaje.

Lo único que permanecía estable era el periodista. Había cumplido su palabra y, en cierto modo, eso era un alivio. No había tenido demasiado tiempo para continuar con el caso y, además, sin mi padre allí, tenía acceso limitado a la información. Eso, por supuesto, reducía muchísimo lo que podía hacer.

Me estiré sobre el respaldo del asiento, inhalé profundamente y luego exhalé despacio. Llevé una mano a mi cuello y lo moví de un lado a otro intentando aliviar la tensión, pero no sirvió de nada. Seguía completamente rígida.

Lo único bueno de los entrenamientos —además de las incontables y humillantes derrotas frente a Angélica— era que conseguían desestresarme. Mi cuerpo terminaba agotado, sí, pero también relajado. Dormía mejor.
Y hoy lo necesitaba más que nunca.

Apagué la computadora y, cuando salí de la oficina, Tomás ya me estaba esperando.
Entramos al ascensor. Me apoyé contra la pared de espejos y cerré los ojos unos segundos.
Al llegar a la planta baja, atravesamos la salida principal. El chófer ya aguardaba junto al automóvil con la puerta abierta.
Subimos y apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento, dejando escapar otro largo suspiro.

—¿Día largo? —preguntó Tomás desde el asiento del copiloto.

—Ni te imaginas —respondí con evidente cansancio—. Mañana iremos a buscar a Angélica. Necesito que me ayude con algunas cosas.

Todavía no se lo había pedido, pero estaba segura de que aceptaría.

Al llegar a casa, Tomás entró primero para revisar el lugar, como hacía siempre.
Era una medida preventiva. La casa era prácticamente una fortaleza; si alguien hubiera entrado, lo habríamos sabido enseguida. Aun así, él inspeccionaba cada rincón con la misma concentración de todos los días.

Mientras tanto, Angélica esperaba sentada en el sofá, ya vestida con ropa deportiva.
Lo siguió con la mirada mientras revisaba las ventanas, corría apenas las cortinas, recorría el pasillo e incluso se asomaba a la cocina.

Apoyó el mentón sobre la mano y sonrió divertida.
—¿Encontraste algo sospechoso? —Tomás lanzó una última mirada alrededor antes de responder.

—Todavía te estoy observando a ti —Ella soltó una risa.

—¿Siempre es así de desconfiado? —preguntó, señalándolo con el pulgar mientras me miraba.

—Agradece que no te haya matado —bromeé.

—Bueno, dejémonos de saludos amistosos —hizo un gesto con la mano como si espantara una mosca—. ¡A entrenar! — Aplaudió emocionada.

Aunque, por primera vez en mucho tiempo, yo también tenía ganas de entrenar, rodé los ojos solo para fastidiarla.

—Siempre con esa actitud...

—Buenas noches para ti también. Si trabajaras como yo, lo entenderías —respondí fingiendo estar ofendida.

—Sí, sí... siempre con esa actitud —repitió con sarcasmo mientras imitaba mi gesto.

Sonreí de lado.

—Tengo excelentes noticias para ti —Su sonrisa desapareció de inmediato.

—Te espero mañana en mi oficina a las siete de la mañana —Abrió los ojos como platos.

—¿A las siete? ¿Qué estás haciendo? ¿Implementando de nuevo la esclavitud? A esa hora el sol todavía no salió... ¡y yo tampoco!.

No pude evitar reír.

—Te quiero allí a las siete. No a las siete y cuarto. Ni a las siete y media. A las siete.

—Creo que todavía no superas que sea mejor que tú en los entrenamientos y ahora buscas hacerme sufrir por otro lado.

—Entonces pasaremos por ti a las seis y media —afirmé como si no hubiera escuchado ninguna de sus protestas.

Abrió la boca, completamente indignada.
Madrugar nunca había sido lo suyo. No era que no le gustara trabajar; simplemente adoraba dormir.

Subí a cambiarme.

Esta vez elegí una remera de manga corta. Después de las vueltas que Jorge nos hacía dar para entrar en calor, cualquier prenda de más terminaba sobrando.

Cuando bajé, el entrenador ya estaba conversando animadamente con Angélica.
Apenas me vio, ella sonrió de esa manera tan particular que tenía cuando acababa de enterarse de algo emocionante.
Ni bien pisé el último escalón, prácticamente corrió hasta mí.

—¡Jorge me acaba de contar cuál será la rutina de hoy! —No sé por qué, pero tuve el presentimiento de que aquello no iba a terminar bien para mí.

—¿Y?.

—¡Vamos a practicar el escape de un abrazo por detrás! —aplaudió entusiasmada—. ¡Ese sí me gusta! —La observé divertida.

—¿Te entusiasma aprender defensa personal?.

—Claro... defenderme... eso mismo —La miré con sospecha.

No le creí ni una palabra.
Ojalá yo pudiera compartir ese entusiasmo.
Algo me decía que terminaría llena de moretones.

Los seguí hasta el gimnasio.
Cuando entré, lo vi.
Nath ya estaba allí, esperándonos.

—¿Y... Tomás? —pregunté.
Él hizo un gesto casi imperceptible que no supe interpretar.

—Ya terminó su turno —Su voz sonó tan seria como siempre. Tal vez un poco más seca... o quizá era solo mi imaginación.

Asentí sin decir nada.

Él se adelantó junto a los demás y yo los seguí.
Comenzamos con varias vueltas para entrar en calor.
Después saltamos la cuerda, levantamos pesas e hicimos algunos ejercicios de resistencia.

—Y yo que pensé que solo aprenderíamos a defendernos... —murmuró Angélica entre jadeos.
Sonreí.

—¿Desde cuándo con Jorge las cosas son fáciles? Ella soltó una carcajada.

—Cuando tienes razón, tienes razón.

—Bueno, chicas —nos llamó el instructor—. Vengan al cuadrilátero.

—¡Ay, por fin! —exclamó Angélica, consiguiendo hacerme reír.

Nos colocamos una al lado de la otra mientras Jorge cruzaba los brazos frente a nosotras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.