Creí en ti

Capitulo 20

No iba a cometer dos veces el mismo error. Angélica tendría que ir sola a la oficina. La quería lejos de Nath; no quería que le pregunte nada. Nath solo vigilaba la casa, ese era su trabajo, pero para esa cabecita loca eso equivalía a verme besándome con él, a imaginarnos teniendo sexo, bebiendo vino frente al hogar abrazados o incluso disfrutando de una cita romántica. El problema no era todo lo que ella imaginaba, sino que lo decía en voz alta.

Tomás sería quien me llevaría a la empresa. Después de desayunar con Flora, emprendimos el camino.
Comencé a trabajar apenas llegué. Una hora después del horario de ingreso, la puerta de mi oficina se abrió.
Angélica apareció con unos enormes lentes de sol, el cabello recogido de cualquier manera y un café en la mano, como si le fuera la vida en ello.
Caminaba despacio. Demasiado despacio.
Primero fruncí el ceño y luego la observé de arriba abajo.

—Llegaste tarde —comenté, comprobando la hora en mi reloj.

—No me lo recuerdes.

—¿Saliste anoche?

—No —Respiré aliviada —. La noche salió conmigo.
La miré arqueando una ceja.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles? —preguntó mientras se dejaba caer en la silla y apoyaba el café sobre el escritorio.

—Que lleves lentes de sol dentro de un edificio.

—La luz está siendo muy agresiva conmigo.

—Hoy es un día laborable.

—No me grites —se quejó frotándose la sien.

—Apenas estoy susurrando.

—Exactamente... y duele —La observé unos segundos en silencio y solté el aire con resignación. No puedo creer lo que había hecho.

—¿En serio, Angélica? —espete indignada. Ella bajó apenas los lentes.

—¿Qué? —dijo como si todavía no viera la gravedad.

—Era nuestro segundo día —aclaré con seriedad.

—Lo sé.

—Y decidiste salir igual de fiesta.

—No estaba en los planes...

—Pero fuiste igual —sentencié. Angélica hizo una mueca de culpa.
—Sí —aceptó con culpa.
—Papá confió en nosotras. Nos dio una oportunidad y tú apareces tarde y con resaca —Hablé con firmeza. Ella inhaló hondo y asintió.

—De acuerdo, ya recibí el sermón. Ahora déjame demostrarte que todavía sirvo para algo —Se levantó, tomó el café y sonrió con cansancio —.Pero todavía necesito esto.

Salió de la oficina, como si no hubiera venido con resaca.

Sabía que, aunque estuviera en ese estado, haría un excelente trabajo. La había visto rendir exámenes con resaca como si fuera el mejor día de su vida.
Claro que jamás se lo reconocería.

El día pasó rápido, como venía ocurriendo últimamente.

—Kayla.

Angélica abrió la puerta. Ya no quedaban rastros de la piltrafa que había entrado esa mañana a mi oficina. Su cabello estaba perfectamente acomodado y no sabía cuántas capas de maquillaje llevaba, pero parecía fresca como una lechuga.

—El periodista envió varios correos. Necesito que los revises —Miré apenas la pantalla y seguí tecleando.

—Lo haré luego. Ahora necesito leer estos contratos —mencioné a penas mirándolo.

—Es urgente —insistió.

—Esto también es urgente —Señalé la pantalla con la barbilla sin dejar de escribir.

—Revísalos tú y luego envíame un resumen —Escuché cómo soltaba una larga exhalación antes de cerrar la puerta.
Continué trabajando.

Cuando levanté la vista, el sol ya se había ocultado.
Podía faltar un día al entrenamiento, pero dos... mi padre se pondría furioso.
Salí de mi oficina y caminé hasta la de Angélica.
Estaba tan concentrada que ni siquiera notó mi presencia.

—¡Angélica! —Mi grito la hizo sobresaltarse.

—¡¿Qué?! —Se llevó una mano al pecho —. ¡¿Acaso quieres matarme?! —se quejó.

Hice una mueca como si no me pareciera tan mala idea.
Ella rodó los ojos.

—¿Qué quieres? —replicó sin dejar de escribir.

—Ir a casa. Hoy hay entrenamiento —le recordé. Es algo que le encanta.

—Tengo que terminar esto —Señaló la pantalla y volvió a concentrarse en ella.

—Vamos. También hay que descansar.

—Termino este informe y nos vamos.

—No. Nos vamos ahora —ordené y ella ni siquiera levantó la vista.

—Cinco minutos —respondió concentrada.

—No —volví a negar. Ella suspiró con resignación.

—Esta mañana me hablaste de la confianza que tu papá depositó en nosotras. De la responsabilidad. De demostrar que tomó la decisión correcta al contratarnos.
La miré.

—Lo recuerdo.

—Pues eso intento hacer —se estaba tomando muy en serio su trabajo.
Sonreí apenas.

—Y yo intento que mañana puedas volver a hacerlo —Frunció el ceño.

—¿Qué?.

—El entrenamiento también es importante, Angélica. Después de lo que pasó, ya no es un capricho. Puede marcar la diferencia.
Guardó silencio unos segundos.

—¿Estás usando mis propias palabras en mi contra?.

—Un poco.

—Eso es muy bajo.

—Pero está funcionando —indiqué mordiéndome los labios para no sonreír.
Resopló.

—Odio cuando tienes razón —acotó resignada.

Guardó el archivo, apagó la computadora y, por fin, se levantó.

Las dos horas siguientes estuvieron dedicadas a repetir las técnicas aprendidas, corregir errores y mejorar la resistencia.

Jorge apenas hablaba. Observaba cada movimiento, corregía nuestras posturas y nos hacía empezar de nuevo cuando era necesario.
Para mi sorpresa, Angélica disfrutaba cada ejercicio y lo hacía con tanta precisión como si esta mañana no se hubiese presentado con ojeras y el cabello revuelto. Descubrí que tenía una pasión que no sabía que tenía.
Cuando Jorge dio por terminada la clase, ella todavía tenía ganas de seguir, mientras yo sentía que había exprimido hasta el último músculo de mi cuerpo.

Ahora parecía que la que se había presentado con resaca esa misma mañana fuese yo
Ahora parecía que la que se había presentado con resaca esa misma mañana fuese yo.
La clase terminó. Angélica volvió a su casa y yo me di una ducha larga antes de bajar a cenar.
Solo Flora estaba en la cocina.




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