Creí en ti

Capitulo 21

El beso termina tan de repente como empezó. Pero, para mí, hizo que sintiera muchas cosas. Había sido mágico. Había sentido mariposas. Sentí que volaba. Fuegos artificiales. Sus labios eran tan suaves como los había imaginado.
Sentí todo.

Nath permanece inmóvil unos segundos, observándome en silencio. Su expresión es imposible de descifrar.

La radio vuelve a crepitar.

—El suministro eléctrico acaba de restablecerse.
Él desvía la mirada hacia el ventanal y recupera la compostura.

—Voy a revisar el perímetro —Asiento sin encontrar las palabras.
Lo veo alejarse bajo la tenue luz que acaba de regresar a la casa. No se gira. No dice nada más.
Permanezco inmóvil durante unos segundos, incapaz de procesar lo que acaba de ocurrir.

Lentamente, llevo la yema de mis dedos hasta mis labios y esbozo una sonrisa.
Todavía puedo sentir el roce de los suyos.
¿Qué había significado ese beso?
Me percato de que estoy en medio de la sala, con la respiración entrecortada y la piel fría.
Subo las escaleras como si caminara sobre nubes. Cierro la puerta de mi habitación y me dejo caer sobre la cama.

Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ese instante: su mano sujetando mi cintura, su respiración mezclándose con la mía, la forma en que me miró antes de besarme.
Sonrío sin poder evitarlo.
Después de todo... él me había besado.
Sin embargo, conforme pasan los minutos, la emoción comienza a mezclarse con las dudas.

¿Había sido un impulso?.

¿O realmente sentía lo mismo que yo?.

¿Por qué no vino a buscarme para hablar de lo sucedido?.

Doy vueltas en la cama durante horas, incapaz de conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, bajo las escaleras más temprano de lo habitual.
No sé qué espero encontrar. Tal vez una mirada. Una sonrisa. Cualquier cosa que me confirme que lo de anoche fue real, que significó algo.

Cuando entro a la cocina, lo veo sentado con una taza humeante entre las manos.
—Buenos días —articulo, quedándome inmóvil.
Él apenas levanta la vista y su expresión es la de siempre, indescifrable.

—Buenos días —saluda Flora, a quien ni siquiera sabía que estaba aquí—. El desayuno ya está listo.

Dudo en avanzar. Él lo nota y, ante mi indecisión, se levanta. Me mira con una expresión que no logro identificar. No sé si es arrepentimiento o culpa. No sé si es porque Flora está aquí y no quiere que le diga nada a mi padre.

—Iré a ver si Tomás llegó —Lo veo alejarse.

Apenas pruebo bocado cuando mi ama de llaves comienza a interrogarme sobre cómo estoy. Miento diciendo que estoy bien y le explico lo del apagón de anoche. Ella durmió tan profundamente que no escuchó nada.
Me hace sentir terrible no contarle nada, pero las palabras de ayer sobre Nath no me permiten decir algo más.

Cuando salgo para ir a la oficina, Nath ya está esperándome. El chófer también está allí, con el auto encendido.
Al escuchar mis pasos, abre la puerta del vehículo.

—Buenos días, señorita —Su voz es serena. Profesional.La misma de siempre.

—Buenos días... —respondo casi en un susurro.

Espero que levante la vista. Que diga algo más. Que recuerde el beso.

Pero no ocurre nada de eso.

Espera a que suba al vehículo, cierra la puerta y ocupa el asiento del conductor como si la noche anterior jamás hubiera existido.

Durante el trayecto, solo habla con el chófer sobre asuntos relacionados con su trabajo. No me dirige una mirada ni una pregunta, y yo tampoco digo nada.
Nos dirigimos a buscar a Angélica. Quería asegurarme de que llegara temprano.

Ella sube como si hubiese tenido un sueño reparador. Luego de unos minutos de silencio sepulcral, pregunta:
—¿Qué pasó? ¿Los dejaron castigados o se besaron y ahora no saben dónde meterse? —Casi dejo caer el celular.

Nath, en cambio, permanece impasible.

—No sé de qué hablas —niego.

—Menos mal —dice Angélica, riéndose—. Ya me estaba imaginando una novela.

Apoyo la cabeza contra la ventanilla y observo la ciudad pasar frente a mis ojos. Quizás sea mi padre.
Quizás sea por el chófer. Quizás se dejó llevar por el momento.
O, peor aún...
Quizás se arrepintió.

Al llegar a la empresa, el chófer detiene el vehículo. El tiempo pasó tan rápido mientras pensaba que ni siquiera me di cuenta. Es hora de bajar del vehículo y verlo a la cara.

Mi corazón se acelera.
Ahora sí.
Él abre mi puerta y espero que, por fin, diga algo sobre lo ocurrido la noche anterior. Que me mire y haga alguna expresión.
Pero solo da un paso hacia un lado para dejarme espacio.

—Que tengan un buen día, señoritas.
Señorita, tan distante.

—Igualmente —dice Angélica con un asentimiento de cabeza.
Yo también muevo la cabeza, sin poder decir una palabra.
Él hace un leve movimiento de cabeza y se coloca nuevamente a mi lado, atento a todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

Ni una palabra más.
Ni una mirada distinta.
Camino hacia la entrada de la empresa sintiendo un nudo en el estómago.
El problema no era el chófer o Flora, después de todo.
El problema era yo.

Los ojos me pican. No quiero hablar porque, si lo hago, voy a terminar llorando.
Tomás ya nos estaba esperando. Lo saludamos y, mientras nosotras seguimos hacia el ascensor, ellos se quedan hablando.

—¿Y tú qué tienes? —interroga mi amiga.
—Me duele la cabeza —digo cortante para que no siga preguntando.

—Y eso que todavía ni empezamos a trabajar —se lamenta.
Tiene razón. La empresa está complicada.
—Todo es muy raro, Kayla —articula, seria.
Eso hace que la mire interrogante.
—Todo el sistema está encriptado. ¿Tu papá no te dio las claves de esos archivos? No podemos avanzar sin eso.

—Solo debemos hacer lo que esté a nuestro alcance. Cuando él regrese, hablaremos de eso. No podemos preocuparlo más de lo que ya está.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.