Abrí los ojos lentamente. Durante unos segundos me quedé inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Entonces lo recordé.
Nath. El beso. Su mano acariciando mi mejilla. La forma en que se había quedado conmigo hasta que el cansancio terminó por vencerme.
Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.
Giré apenas la cabeza, esperando encontrarlo a mi lado. Pero el lugar estaba vacío. Parpadeé, confundida. Las sábanas conservaban el leve pliegue de donde había estado recostado, pero él ya no estaba.
Busqué una nota, algo que me diera un indicio de que no se había arrepentido, pero no había nada.
La sonrisa desapareció tan rápido como había llegado. Sentí un nudo formarse en mi garganta.
No. Otra vez no.
Mi pecho se oprimió al recordar la mañana siguiente a nuestro primer beso. Él también había actuado como si nada hubiera ocurrido.
¿Y si esta vez era igual?
¿Y si había vuelto a arrepentirse?.
Cerré los ojos con fuerza. Qué estúpida había sido.
Por un momento había creído que esta vez sería diferente.
Respiré hondo antes de salir de la habitación.
Lo último que necesitaba era que alguien notara el desastre que llevaba por dentro.
Bajé las escaleras con la mirada recorriendo la planta baja casi por instinto.
No estaba allí.
Mi pecho volvió a encogerse.
Me obligué a seguir caminando hasta la cocina.
Lo busqué allí también, pero tampoco estaba.
¿Se escondía de mí?. ¿Tal vez estaba avergonzado?. ¿Pensaba que perdería el trabajo? No lo sabía, pero solo pensarlo me apretaba el pecho.
Ahora, rememorando la noche anterior, fui yo quien se acercó. Yo fui quien se puso de puntitas de pie. Él solo respondió a mí.
Así que sí...
Se había marchado.
Aparté ese pensamiento antes de que terminara por romperme y preocupar a Flora o, peor aún, hacer que sospechara algo. Después de todo, ella me había advertido que esto pasaría si me fijaba en Nath.
—Buenos días, señorita Kayla —saludó Flora apenas me vio entrar.
Le dediqué una sonrisa que ni yo misma sentí.
—Buenos días, Flora —respondí con desgano.
Ella dejó la taza que estaba secando y me observó con atención.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó preocupada.
—Mejor —No era del todo mentira. Gracias a Nath había podido dormir toda la noche. En otras circunstancias no habría pegado un ojo. Pero todo ese sueño reparador se había desvanecido al despertar y no encontrarlo a mi lado.
Flora suspiró con suavidad.
—Era de esperarse. Ayer fue un día muy difícil —Me tensé.
¿Ella nos había visto?
¿Había visto a Nath entrar a mi habitación? ¿O salir? ¿Lo había visto bajar las escaleras?
Contuve el aire y bajé la cabeza. Mis mejillas se enrojecieron.
—Ya verás que tú y Angélica terminarán arreglando las cosas —dijo con dulzura mientras se acercaba.
Sentí un gran alivio —. Las amistades de verdad pasan por momentos difíciles, pero cuando el cariño es sincero, siempre encuentran la manera de volver. Asentí despacio —. Y en cuanto a tu padre, ya le pasará. Lo resolverán cuando él regrese.
Sí, todo era un caos. Ojalá todo fuera tan sencillo.
Porque, si alguien me hubiera preguntado qué era lo que realmente me dolía, ni siquiera habría sabido responder. ¿La discusión con Angélica? ¿Las palabras de mi padre? ¿O despertar y descubrir que Nath ya no estaba? Recordar todo lo sucedido la noche anterior volvió a apretarme el pecho.
Todo era tan complicado.
—Siento que... haga lo que haga, termino estropeándolo todo —solté mientras exhalaba el aire de mis pulmones.
Me sentía derrotada.
Flora frunció ligeramente el ceño.
—No diga eso, señorita —Solté una risa sin humor.
—Es la verdad. Intento hacer las cosas bien y, al final, todo acaba saliendo mal —Bajé la mirada hacia la taza que sostenía entre mis manos, la que Flora me había dado unos segundos antes —. No sé qué me está pasando. Siento que todo se está desmoronando... y no sé cómo detenerlo —Flora se acercó y apoyó una mano sobre mi brazo.
—Hay días que parecen venir cargados de problemas. Pero eso no significa que las cosas vayan a quedarse así para siempre —Le dediqué una pequeña sonrisa. Ojalá tuviera razón.
—Buenos días —saludó Tomás. Ambas giramos para mirarlo.
—Buenos días —respondimos al unísono.
—No me esperaron —acusó, juntando apenas el ceño. Señaló la taza que se encontraba entre mis manos.
—No empezamos todavía —lo tranquilizó Flora con una sonrisa.
—Buenos días... —La respiración se me entrecortó.
Levanté la vista y lo miré, buscando algo. Un gesto, una señal, una mirada... cualquier cosa.
Pero no había nada. Ni siquiera me miraba. Su semblante mostraba lo mismo de siempre: indiferencia.
El nudo en el estómago se intensificó.
—Buenos días —dijo Flora mientras yo apenas movía la cabeza. Si soltaba una palabra, saldría entrecortada.
Le di un sorbo a mi café.
—Pensé que ya te habías ido —señaló Tomás, un poco confundido.
—Anoche vi por las cámaras que una rama obstruía la cámara siete. Esperé para decírselo al jardinero.
Había esperado al jardinero, pero no pudo esperarme a mí para hablar.
Y, por lo menos, hoy sí reconocía que se había equivocado.
Dos veces.
Me concentré en el café.
Hoy sabía amargo.
—¿Quiere desayunar? —ofreció Flora mientras iba por una taza.
—No, gracias. Mi turno ya terminó. Debo ir a casa. Adiós —Tomó su chaqueta y salió.
—Es tan correcto ese muchacho... —comentó Flora mientras dejaba la taza sobre la mesa—. Otra vez no quiso quedarse a desayunar —Tomás soltó una risa breve.
—Es Nath. No suele cruzar ciertas líneas. Si hace algo que considera poco profesional, después se vuelve todavía más estricto —Bajé la mirada hacia mi taza.
El café seguía humeando, pero de pronto me pareció imposible probar un sorbo más.
Entonces sí se arrepintió. El beso había sido otro error para él. Un impulso del que ahora intentaba tomar distancia, volviendo a refugiarse en la formalidad con la que siempre me trataba.
Apreté los dedos alrededor de la taza y forcé una sonrisa para que ninguno de los dos notara el vacío que acababa de instalarse en mi pecho.