Creo que siempre fue por Ti

Capítulo 2

Eien —The Ourside, Alex Warren

—¿Eien? ¿Dónde estás? Necesito el informe de los gastos realizados por la empresa —dijo mi maravillosa jefa. Ella me había pedido que empezara a hacer los informes a las 8:00 y que estuvieran listos a las 12:00. Digamos que recién eran las 10:00. ¿Qué hacía aquí esta señora tan maravillosa? No tengo ni idea.

—Eh... estoy en eso, Sra. Trinidad —contesté con la mejor voz neutral fingida que pude hacer, mientras mi cabeza pesaba.

Ella me miró con cara de asco; aun así, se cruzó de brazos y se quedó inmóvil al lado de mi diminuto escritorio. Genial. Repetí en mi cabeza. Dos horas de margen y ya tenía a la sombra de mi maravillosa y amada jefa respirándome en la nuca.

—¿Te falta poco, cierto? No quiero quedar mal con mis superiores...

En eso, sonó el tono de su teléfono. Era una canción que ya había pasado de moda, pero a ella le encantaba escucharla y se demoraba en contestar para cantar un rato. Me encontraba atrapada en la misma situación de niña; lo que daría porque esto ya se acabara. Al momento, ella contestó.

—¿Buenas tardes, con quién hablo? Buenas tardes, Carmen. Necesitas los gastos... ¿cierto?

Empezó a caminar hacia lo lejos y el sonido de sus tacones hizo eco en la lejanía; con ello, la dejé de escuchar.

La planilla solo tenía los nombres de las compañías a las cuales teníamos que pagarles en cuotas. Eso había hecho en dos horas, era poquísimo para solo 20 casillas. Sabía que si esto tuviera sentido para mí lo haría más rápido.

Tal vez tuve que hacerle caso a mis padres sobre tomarme en serio los estudios; no estaría trabajando aquí de lo más seguro. Pero el hecho de desmotivarme en mi adolescencia creo que pasó por esa rebeldía.

Aunque ahora que lo pienso, mi idea de trabajo ideal era muy arriesgada o poco probable. No sé qué estaba pensando en mi niñez. Tampoco quiero pensar en eso, me caería la conciencia del posible tiempo perdido. En cambio, tengo un trabajo donde pagan algo aceptable y no piden mucho, solo llegar a la hora. Pero igual siento que se aprovechan un poco; ya son varias las veces donde no me pagan mis horas extras. ¿Cuántas cartas he hecho ya? 1... 2... 3... 6... 8... más de ocho, de seguro. ¿Qué hora era?

Vi el reloj de oficina: 10:24. Había gastado 10 minutos de mi vida pensando qué podría haber pasado si hubiera tomado los caminos que quería en verdad recorrer. Qué lamentable. Nunca pensé verme en esta situación, iba caminando hacia la impensable depresión.

Me dispuse a terminar mi trabajo de una vez por todas. Me senté derecha, me soné los dedos y el cuello, puse mis manos en el teclado y empecé a llenar planas y planas de cuentas y datos.

Era horriblemente aburrido.

Ni siquiera sabía de dónde eran todas estas cuentas. Ahora entiendo por qué no hay presupuesto: se lo gastan en café, porque saben que cualquiera se dormiría intentando darle sentido a esta basura.

Y así se me fue gran parte del día haciendo algo que no me importaba en absoluto.

Me puse a ordenar mis cosas a las 18:00. Nadie mencionó nada sobre pagarme las horas extras. Qué sorpresa, pensé. Guardé los papeles, apagué el computador y suspiré.

¿Cómo los demás le hacen para sobrevivir a la monótona realidad del trabajo? pensé.

Agarré mi bolso y salí del edificio. Apenas crucé la puerta, me recibió un cielo completamente gris, con esas nubes que parecen empatizar con uno.

—Claro... cielo... ¿quién te hizo tanto daño como para no poder aguantarte el llanto? O simplemente eres un llorón —dije levantando los brazos al cielo como si esperara alguna respuesta.

Las gotas me cayeron directo en el pelo, ya sin ganas de cubrirme, de lo cual me arrepentiría más tarde ya que mi pelo lo tenía alisado y con el agua volvía a su naturaleza ondulada. A lo lejos, vi el estacionamiento. Quinientos metros. Cinco cuadras bajo la lluvia, con zapatos medio altos y una falda que no me cubría del frío.

—Si me enfermo, que sea grave, así falto una semana completa —solté en voz alta, mientras empezaba a caminar lentamente.

Me puse a pensar en un pensamiento de cuando era una niña. Palabras que se me quedaron clavadas en mi alma. Las dije susurrando:

—Puedo saber cómo estoy cuando camino bajo la lluvia. Si avanzo despacio, con la cabeza baja y sin importarme mojarme, sé que algo en mí está mal. Pero si levanto el rostro y dejo que el agua me caiga en el rostro, entonces estoy bien.

Estaba tan metida en mis pensamientos que no me di cuenta de que estaba cruzando la calle, tampoco de que el semáforo estaba en rojo, y solo escuché la ensordecedora bocina de una camioneta negra...

⋆⁺₊⋆ ☾⋆⁺₊⋆

Negro, negro y negro.

Tenía los ojos cerrados, no me dolía nada, estaba tirada en el suelo, podía respirar tranquilamente. Tenía una paz en todo mi cuerpo, como si todos los malestares musculares que me atormentaban día a día hubieran desaparecido. El suelo no era de cemento como el de una calle; era blando, no sabría describir la textura.

Empecé a sentir que el suelo tenía un movimiento casi imperceptible. Cuando me concentré en ello, empecé a escuchar que el movimiento venía acompañado de un sonido de latido.

Cada vez el suelo se movía y sonaba menos, pero no me podía mover.

Pero ahora sí pude abrir mis ojos.

Lo primero que vi fue un negro infinito, no había nada visible. Empecé a tomar conciencia de mi cuerpo o posición.

Estaba flotando en una fuente de agua, estaba rodeada de... ¿flores?

—¿Esto es la muerte? —pensé.

Tratando de encontrar algo en que pisar, me puse de forma vertical. Por eso vi que a mi alrededor había una superficie de piedra blanca y el agua era turquesa, con flores... jazmines, en específico eran azules. Los que flotaban no estaban con raíz y en la orilla no estaba su planta; parecía que las traía el agua.

Lentamente nadé hacia la orilla más cercana y me paré en la piedra blanca. Me di cuenta de que el agua era de un río, pero no se veía alrededor de dónde comenzaba aquel.




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