Eien
25 de agosto, 2033
Me desperté con el sol pegándome en la cara.
Que estúpida. Olvidé cerrar las cortinas otra vez.
Me di vuelta, enterrando la cara en la almohada. El despertador marcaba las 9:47 AM. Ya habían pasado dos semanas desde que volví de... donde sea que estuve.
Tiempo eterno que costaba asimilar que todo había cambiado.
Mi teléfono vibró en la mesita de noche. El sonido me atravesó los oídos como si alguien estuviera tocando un tambor dentro de mi cabeza.
Mamá ❤️: Buenos días cariño ❤️ ¿Almorzamos hoy?
Miré el mensaje. Luego el techo. Luego otra vez el mensaje. Mis dedos se cernieron sobre el teclado. Los retiré. Volví a ponerlos.
Yo: Hoy no puedo mamá, tengo trabajo pendiente. ¿Mañana?
Mentira. El trabajo me dio licencia indeterminada. A mi familia le había dicho que hacía teletrabajo porque en serio me necesitaban en la empresa. Era una mentira que no cuestionaban, y me servía. ¿Qué mejor?
No podía parar de pensar en qué pasaría si algún día descubrían que les estaba mintiendo hace mucho tiempo.
Pero ¿Cómo iba a sentarme frente a ella y actuar como si todo fuera normal?
Dejé el teléfono boca abajo—el cristal hizo un ruido seco contra la madera—y me arrastré fuera de la cama. Mis pies tocaron el piso frío. Un escalofrío me subió por las piernas.
⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Días antes...
Tres días después de que mi familia me visitara, Mizu apareció mientras me estaba sirviendo el tercer café de la mañana.
—Hora de trabajar.
Casi tiré la taza. El café caliente salpicó mis dedos.
—¿Puedes dejar de aparecer así?
—No— se rio mientras lo decía.
Kori se mostró apoyada contra la pared de la cocina, los brazos cruzados, una ceja levantada.
—Tres días perdidos. Ponte a entrenar antes de que lastimes a alguien sin querer.
—¿Cómo a quién?
—Como a ti misma. O peor, a alguien que te importe.
Genial. Motivador. Horrible.
Dejé la taza en el mostrador con más fuerza de la necesaria. El sonido resonó en la cocina vacía.
⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Empezamos en el baño.
Sí. El baño. Quién lo diría.
—El agua del lavamanos— dijo Mizu con una sonrisa—. Solo... Piensa que suba. Con la voz en tu cabeza.
—¿Así nomás?
—Siente. No pienses tanto.
Cerré los ojos. Intenté "sentir" lo que fuera que necesitaba sentir.
Nada.
—Piensas demasiado.
—Intento hacer lo que dices.
Mi mandíbula estaba tensa. Podía sentir mis dientes apretándose.
—Gritas tan fuerte en tu mente que hasta me duelen mis oídos— dijo Kori—. Relájate. Es agua, no un monstruo.
Respiré hondo. El aire llenó mis pulmones. Lo solté lentamente. Dejé de intentar controlarla y solo... quise que subiera.
El agua brotó del lavabo como si alguien hubiera roto la maldita llave.
Después cayó todo de golpe—un splash ensordecedor—empapando el piso, las toallas, mis pies, mi ropa. El agua fría me caló hasta los huesos.
—Carajo.
—¡Ves!— dijo Mizu con entusiasmo—. ¡Puedes hacerlo!
—¿Bien? ¡Inundé mi baño!
—Pero funcionó. Sigue practicando.
⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Al quinto día, Kori decidió que el baño ya no servía.
—Necesitas espacio.
—¿Cómo dónde?
—¿Conoces algún lugar abandonado?
Pensé un momento. Me mordí el labio inferior.
—Unos almacenes viejos en el puerto.
—Perfecto.
Esa noche me vestí toda de negro. Capucha. Unas botas—era el único calzado totalmente negro que tenía. Parecía ladrona.
Me miré al espejo antes de salir. Algo en mi reflejo se veía diferente. Entrecerré los ojos.
¿Era la luz?
No.
Algo en mi pelo cerca de la raíz...
Me acerqué más al espejo. Incliné la cabeza bajo la luz del baño.
Ahí. Justo en las sienes.
Un tono diferente. Más claro. Casi...
No tuve tiempo de pensarlo. Kori me llamó desde la sala.
El almacén estaba en ruinas. Olor a humedad que me llenó la nariz. Polvo por todos lados, cada paso levantaba nubes grises. El techo medio roto dejaba ver un poco del cielo estrellado. El viento silbaba a través de los agujeros.
—Muéstrame qué puedes hacer— dijo Kori.
Cerré los ojos. Busqué agua.
Y la sentí. Solo que era del mar que estaba a unos metros del almacén.
Extendí mis manos. Mis dedos temblaron.
La pared que daba al mar estalló con un estruendo que me hizo retroceder.
Agua por todos lados. El rugido era ensordecedor. El suelo se inundó en segundos. El agua helada me llegó a los tobillos.
—Carajo.
—Otra vez. Sin pánico esta vez.
Volví al almacén cuatro veces más esa semana.
Cada vez mejoraba.
Cada vez me sentía más rara.
Como si algo dentro de mí estuviera despertando. Algo que no sabía que tenía. Una sensación de hormigueo constante en las manos. Un zumbido en la cabeza que nunca se iba del todo.
Y mi pelo. Definitivamente mi pelo estaba cambiando.
La tercera noche, después de entrenar, me miré al espejo del baño de mi apartamento.
Me acerqué.
Más cerca.
Hasta que mi nariz casi tocaba el cristal.
Mis manos temblaron mientras llevaba una hacia mi cabeza.
La raíz de mi cabello, especialmente cerca de las sienes, ya no era castaña.
Era... azul.
No.
Celeste.
Como el cielo en un día despejado.
Toqué un mechón con dedos temblorosos. Se sentía igual. Textura normal. Pero el color...
Mi respiración se aceleró. El pecho me subía y bajaba demasiado rápido.
—¿Qué...?
—¡Es normal!— dijo Mizu apareciendo detrás de mí, con una sonrisa tranquilizadora—. Mira, sé que asusta, pero es parte del proceso.
—No me digas que esto es por culpa de la piedra...