Creo que siempre fue por Ti

Capítulo 7

Make You Feel My Love, Adele

Eien

Habían pasado algunas semanas desde mi primer enfrentamiento cuando el mensaje llegó.

Mamá ❤️: Eien, necesito verte. Por favor.

No era como los otros. Lo cual me preocupó. Sin emojis. Sin "¿almorzamos?" casual. Sintiendo que está vez no podía decir que no.

Solo: necesito verte.

Me quedé mirando la pantalla. El teléfono pesaba demasiado en mi mano.

Había cancelado cuatro almuerzos ya. Tal vez ella pensaba que estaba enojada con ella. Y por eso me dejó entre la espada y la pared en la decisión de ir o no ir.

—Tienes que ir— dijo Mizu apareciendo detrás de mí—. Te hará bien.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué sigues sentada?

No respondí. Mis dedos flotaron sobre el teclado.

Yo: ¿A qué hora?

La respuesta llegó en segundos.

Mamá ❤️: ¿15? En La Pitameña.

Mi pecho se apretó.

La Pitameña.

No habíamos ido ahí en años. Ya más de una década.

Yo: Ahí estaré.

Dejé el teléfono en la mesa. Mis manos temblaban.

—¿Estás bien?— preguntó Mizu.

—Sí. Es solo... ese restaurante. Hace mucho que no voy.

—Se que es especial para tí, tal vez por eso lo eligió mamá.

—Solía ir ahí cuando tenía doce años. Después de terapia.

Los recuerdos llegaron sin permiso. Consultorio de la psicóloga. Sesiones de una hora donde intentaba explicar por qué me sentía tan sola en el colegio. Por qué cada emoción se sentía demasiado intensa. Por qué no encajaba.

Y después, mamá casi siempre me llevaba a La Pitameña. Como para aprovechar un tiempo de madre e hija, eso decía ella. No quería seguir recordando lo que tiempo después paso de ello.

Pero parece que mi expresión hizo que Mizu se preocupara.

—¿Que paso Eien? ¿Que recordaste para poner esa cara?

—El porque esos bellos momentos dejaron de existir después de un tiempo.

—¿Quieres hablar de eso?

—No, no es necesario, no ahora.

—Entonces creo que será mejor que te empieces a preparar.

Asentí sin decir nada.

⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆

Me paré frente al espejo del baño a las 13:40 pm.

El pelo era peor de lo que recordaba.

Ya no eran solo las raíces. Dos mechones completos—uno de cada lado de mi cara—eran completamente celestes.

Y las raíces del resto de mi cabello... seis, siete centímetros de celeste extendiéndose desde mi cuero cabelludo.

No había tinte en el mundo que pudiera explicar esto. No de forma natural.

Tomé un gorro negro del gancho. Me lo puse. Ajusté hasta que cada mechón celeste estaba oculto.

Me miré de nuevo.

Una extraña me devolvió la mirada. Ojos cansados. Ojeras profundas. Piel más pálida de lo normal.

Efecto de las tres semanas durmiendo cuatro horas por noche, entrenando hasta el agotamiento, pesadillas donde me ahogaba en océanos infinitos.

—Necesitas esto— dijo Mizu—. Ella lo entenderá. Es tu mamá.

Asentí. Tomé mi bolso y salí.

⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆

La Pitameña estaba en el mismo lugar de siempre.

Edificio antiguo. Fachada amarilla descascarada. Letrero de madera con el nombre tallado a mano.

No había cambiado nada.

Caminé despacio hacia la entrada. Cada paso se sentía como volver en el tiempo.

Solo es mamá. Solo es un almuerzo. Respira.

Empujé la puerta. La campanilla sobre la entrada sonó—el mismo sonido de hace once años.

Y ahí estaba ella.

Sentada en nuestra mesa de siempre. La del rincón. Junto a la ventana que daba al parque.

Estaba mirando el menú aunque probablemente ya sabía qué iba a pedir. Su pelo castaño oscuro—igual al mío antes de que empezara a cambiar—recogido en una cola baja. Vestía una blusa sin mangas azul que le había regalado para su cumpleaños años atrás.

Se veía cansada.

Más de lo normal.

Líneas nuevas alrededor de sus ojos. Ojeras apenas visibles bajo el poco maquillaje que usaba de vez en cuando.

Algo en mi pecho se apretó.

Me acerqué a la mesa. Mis piernas se sentían como gelatina.

—Hola, mamá.

Levantó la vista. Sus ojos me encontraron.

Y sonrió. Esa sonrisa de alivio que conocía demasiado bien.

Se paró. Me abrazó antes de que pudiera sentarme.

Su abrazo era firme. Demasiado firme. Como si tuviera miedo de que desapareciera si me soltaba.

Mi cuerpo se tensó por instinto. Luego, lentamente, me obligué a relajarme. Levanté mis brazos. La abracé de vuelta.

Olía al perfume que siempre ocupaba para ocasiones especiales, uno que traían del norte y era un poco bastante caro.

Olía a mi niñez.

—Te extrañé— murmuró contra mi hombro.

Mi garganta se cerró.

—Yo también— logré decir.

Nos separamos. Nos sentamos.

Silencio.

Mamá me miraba. Yo miraba la mesa, me costaba hacer contacto visual con las personas.

—No venía aquí desde...— empecé.

—Desde tus terapias— terminó mamá—. Lo sé. Por eso te traje.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros.

—Porque aquí éramos felices. Antes de que todo se complicara. Pensé que... no sé. Que nos vendría bien volver.

Miré alrededor. El lugar seguía igual. Mismas sillas. Mismas mesas. Mismo olor a comida frita y jugo.

—¿Te acuerdas qué pedías siempre?— preguntó mamá.

Sonreí a pesar de todo.

—Papas fritas, naturales en preferencia. El mega plato.

—Con ketchup suficiente para heredar la diabetes de tu abuelo.

Reí. Un sonido corto pero genuino.

—Exageraba un poco.

—Un poco— mamá levantó las cejas—. Una vez el mesero te preguntó si querías papas con tu ketchup.

—Okay, tal vez exageraba bastante.

El mesero llegó. Un chico joven que se notaba un poco cansado.

—¿Qué van a ordenar?




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