Creo que siempre fue por Ti

Capítulo 8

Who I Am, Alex Warren.

Eien

Estaba tirada en el suelo de la sala con los ojos cerrados.
No era algo que había planeado. Había estado en el sofá leyendo algo que no me estaba llegando, y en algún punto el libro terminó en el suelo y yo también, sin darme cuenta, con la espalda contra la alfombra y los brazos abiertos y el techo blanco sobre mí que no miraba porque tenía los ojos cerrados.

Todo se quedaba quieto de una manera que no conseguía con ellos abiertos. Y cuando todo estaba quieto, a veces el pasado venía solo, sin que yo tuviera que buscarlo. Estaba pensando en los domingos de antes.
No en uno específico. En la textura de todos juntos, que era parecida en todos. Mamá con el bolso de tela de la cremallera rota que nunca arregló. Papá cuando todavía era de los que hablan hasta cuando no deben. Aurora con su SketchBook a todas partes. Y Laura, que tendría unos cinco y seis años dónde llevaba sus peluches a dónde sea.
Íbamos al centro a comprar cosas que nadie necesitaba. A la feria cuando quedaban pocos alimentos vegetales. Al parque cuando hacía calor. Al mall cuando no hacía nada más. Y había una heladería en la cuidad cerca de una playa a la que acudíamos a menudo, que cuando mi papá se antojaba, compraba uno doble para cada una y para él. Laura pedía siempre de cookies and cream y menta chips, Aurora también cookies and cream y vainilla, mamá siempre el de chocolate y piña, mi padre, de pistacho con frutos rojos.

¿Que pedía yo? Ah, igual cookies and cream y sea salt caramel. ¿Hace cuánto que no como de eso? Creo que años...

Pero en esos domingos éramos una familia, una familia de verdad.
Pensaba en eso, con el techo blanco delante de mis párpados, cuando el teléfono vibró en la alfombra junto a mi mano. Abrí mis ojos mientras desbloqueaba el aparato.

Laura: mamá me dio permiso de pasar la tarde contigo. Voy en camino.

Tres segundos después:

Laura: tengo una lista.

Me quedé mirando la pantalla desde el suelo.
Después, me senté, enderecé la espalda y me arrodille para pararme.

⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆

Llegó dieciséis minutos después.

Entró con la mochila al hombro, el teléfono en la mano con la energía suya que la caracterizaba de que ya sabe exactamente hacia dónde va y para que va. Estaba usando un top blanco sencillo, de esos que parecen básicos hasta que la luz deja ver las costuras marcadas. Encima, una chaqueta oversized color verde oliva que le caía con descuido perfecto. Los jeans rectos, algo gastados y con un parche cosido a mano, parecían tener historia propia. Zapatillas gruesas color negro, cómodas, listas para cualquier posible camino. Un collar de plata pequeño brillaba apenas en su cuello

—Tengo una lista —dijo, agitando el teléfono, mientras sin saber porque, abrió la boca con asombro.

—Me lo dijiste en el mensaje. ¿Y que te pasa?

—La vez pasada que te vi, no tenías el pelo teñido. ¿Y ese cambio?

Me sentí totalmente expuesta, trate de que la emoción no se viera reflejada en mi rostro, actúe rápido tratando de comportarme con normalidad.

—Eh... te cuento después.

Se encogió de hombros y siguió el tema pasado.

—Eh... solo que estaba emocionada, y me topo con esto. Pero no importa.—Se sentó en el brazo del sofá, no en el asiento, en el brazo, con una familiaridad y actitud que siempre la había diferenciado. —¿Tienes tu tarjeta?

Me miró. Le devolví la mirada.
Era una mirada curiosa la de Laura. La de alguien que ya sabe que la respuesta va a ser sí y simplemente espera que el proceso llegue solo.

Me paré y fui a buscar mi tarjeta.

⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆

En el autobus nos sentamos juntas. La tarde afuera tenía esa luz un poco tostada, o en el proceso de ello, específica que tiene el comienzo de la tarde cuando no hay nubes.

Laura sacó un audífono y me lo extendió sin preguntar. Sonaba algo con muchos efectos que no reconocí.

—¿Qué es esto?

—Lo que escucha la gente —dijo—. Bienvenida al 2033.

—Yo escucho música.

—Escuchas lo mismo de hace ocho años.

No respondí porque era verdad.

La miraba de reojo mientras el autobus arrancaba. Había demasiadas cosas diferentes en Laura desde la última vez que la había visto. —Y me refiero a la última vez antes de la visita con toda la familia después del accidente— y ahí me di cuenta que ese momento fue hace demasiado tiempo. La mandíbula más definida. Bastantes centímetros de altura que no había notado hasta que la tenía al lado. Su pelo más largo y oscuro que lo rubio que había llegado a ser, sus ojos grandes color café con esas pestañas preciosas que siempre había admirado, su pequeña naris, terminaba en punta acompañada con sus finos labios un poco secos.

Estaba pasando por esas cosas que pasan a los quince años que no tienen nombre exacto pero que obvio existe: la persona que uno va a ser empieza a asomarse por encima de la que uno fue, y por un momento breve y extraño son las dos al mismo tiempo.

A mí esa edad me había pesado demasiado como para notarla lo suficiente. Laura, —gracias a Dios— la llevaba de otra manera.

—¿Cómo está Aurora? —pregunté.
Laura se sacó el audífono.

—Con las maletas a medio hacer desde hace cuatro días. —Lo dijo mientras cambiaba la musica.—. Las abre, pone cosas, las saca, las reorganiza. Si le preguntas cómo va, te dice bien y cambia el tema.

—¿Cuándo se va?

—En tres días.

Lo dijo tranquila. No con la calma de quien no le importa, sino la de quien ya procesó lo poco que pudo.

—La semana pasada fuimos juntas a un muro de escalada en la calle Miramar —trago saliva y continuó—. Después, de camino a casa, estaban vendiendo un reloj de pared con forma de gato que mueve los ojos al ritmo del péndulo. Lo compró sin pensarlo, lo empezó a personalizar esa misma tarde, dijo que era una compra necesaria y que tuvo suerte al encontrarlo ese día en ese local. Mamá lo miraba raro, ya que era un gato totalmente negro con ojos de color amarillo chillón. Papá lo vio una vez, y quedó fascinado.




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