Eien
No sabía en qué momento exacto empezó a dolerme más mirar la vida de otros que mirar la mía.
Pero no me dolían en el mismo sentido, pensándolo mejor, mirando la del resto, me dolían los celos...
Abrí Instagram solo por un rato, pero descubrí nuevamente que ni yo respeto mis propias decisiones.
Me dispuse a ver primero fotos de gente que había formado parte de mi colegio. Caras conocidas, sonrisas conocidas, vidas que siguieron avanzando.
Una compañera que no me había caído de lo más bien, tenía un hijo. Otro se había casado. Una chica que antes se saltaba todas las clases de educación física ahora subía fotos de viajes y cafés caros.
También, una muy buena amiga, llamada Martina, que conocí en mis últimos años de liceo, nos hicimos amigas porque ella en especial era distinta a todas las demás de mi curso, se atrevió a conocerme, con ella experimenté actividades y sucesos que me dieron esperanza de quizá considerar poder salir de la profundidad, pero como todas mis amistades, se terminó rompiendo.
Había gente que parecía haber encontrado su lugar sin pelear tanto por ello. Yo, en cambio, seguía sintiéndome como si aún estuviera parada en una estación viendo pasar trenes de los cuales, desconocía su paradero. Y claramente, yo no me motivaba subirme a ninguno...
Deslizando mi dedo con una velocidad donde solo aparecían los perfiles durante milisegundos, en eso, me tomé con... un perfil en particular que no me hacía sentir para nada bien...
Era de una ex amiga de la que me había sentido muy cercana durante muchos años. La conocí cuando teníamos entre 4 y 5 años, ella a los 12 se enfermó mentalmente al punto crítico de estar a punto de morir. En ese tiempo yo estuve con ella de forma constante. La acompañé tanto física como digitalmente, le preguntaba todos los días si tenía días buenos o días horribles, durante el mes encerrada en el hospital no quería ver a nadie, una vez a la semana la iba a ver entre lo que podía, nos veíamos entre el cristal a la lejanía. La escuché tantas veces como fueron necesarias, la esperé, y aguanté su silencio muchas veces, sentía como mi presencia podía recordarle que no estaba sola.
Cuando por fin se recuperó, hubo un tiempo en el cual quiero pensar que realmente estuvimos bien. Me hacía sentir que todo lo que había hecho por ella había valido totalmente la pena. Pensé que nuestra amistad era de esas que sobreviven a las cosas difíciles e imposibles, porque ya habíamos pasado por mucho.
Pero entonces me llegó la noticia del divorcio y todo dentro de mí se derrumbó. Yo estaba destrozada, me costaba funcionar, me costaba respirar sin sentir el enorme peso en mi pecho. Fue a la primera persona que le avisé, antes que mi mejor amigo o mi propia familia, sin embargo, solo me respondió como se le responde a una pregunta tonta que no sirve para nada. Al día siguiente, tocaba clase, sin ganas de nada, andaba perdida en mis pensamientos, la profesora me llamó la atención por estar tirada en la mesa, me bajó la pena y me puse a llorar, necesitando ir al baño, ella me acompañó. Fue la primera y única vez que ella me ayudó.
Lo que más me dolió no fue solo su ausencia, sino la facilidad con la que pareció alejarse justo cuando más la necesitaba. Yo sí había estado para ella cuando estaba mal. Yo sí me había quedado. Y cuando me tocó a mí hundirme, ella no hizo lo mismo. Esa diferencia me marcó profundamente. Cada vez que la veía por redes o en persona, sentía una incomodidad inmediata, como si el cuerpo recordara antes que yo. Había algo en mí y se cerraba al instante.
Ella nunca supo cuánto me dolió, porque yo nunca encontré la manera de decírselo sin enojarme, sin sonar acusadora, sin romper lo poco que quedaba entre nosotras. Así que me lo guardé. Y ese silencio terminó convirtiéndose en otra herida. A la cual solo le logré poner un parche...
Apagando mi teléfono por un rato, y pensando en todo eso con los ojos cerrados, volví a prender mi teléfono.
Pase por Facebook.
Y luego a TikTok.
Y luego abrí Instagram otra vez, porque aparentemente la autodestrucción me gustaba.
Bajé tanto que aparecieron los de mi pasada iglesia...
Reconocí nombres que no veía hacía años. Seguían haciendo juntas de jóvenes. Eran reuniones en las que todos sabían encajar de una forma tan perfecta que me humillaban y apartaban sin darse cuenta.
Fueron apareciendo personas con las que había compartido líneas de asientos, cánticos, mínimas comidas después del culto y saludos incómodos en la entrada y posteriormente en la salida.
Había una chica muy amable, hija del pastor que siempre trataba de buscarme para hablar conmigo, pero su poca habilidad para mantener la concentración, la enfumaba a donde estaban sus pares. Un muchacho que se hacía el payaso, lo que me molestaba, ya que no mostrara respeto. Una familia entera que todavía seguía subiendo fotos juntas, con mensajes bonitos
Además, parecía algo de costumbre, había publicaciones todos los días desde hace años, eso me parecía casi irreal.
Y entre todos ellos vi a mi amiga. Bueno, ex amiga. Supongo que como ya no hablamos, probablemente ya no me considere como una amiga...
Recordar su nombre me rompe el corazón…
Athena…
¿Cómo pude ser tan tonta para poder alejarla del modo en que lo hice?
Aquella duda me invadía la cabeza de vez en cuando y casi siempre me ponía a llorar.
La había conocido primeramente en el liceo. Pero sin la iglesia, yo no me hubiera acercado a hablarle.
Porque aunque íbamos en los mismos cursos pero con diferente letra, siempre nos veíamos porque ella iba a mi sala o yo a la de ella.
Aún lo recuerdo, pasaba que muchas veces era ella quien se acercaba a hablarme. Yo nunca me caracterice por tener habilidades sociales.
Ella era de esas personas con las que uno le hace creer al corazón que siempre vas a tenerla al lado, aunque seas joven y, no entienda nada de la vida, sin contar, que aún así, te haya pasado de todo.