LUNES 27 DE OCTUBRE-. 19:46 hrs. – KIERA
—Hola, padre Phillips
—Ha pasado tiempo sin vernos, hija mía.
Cuando entré a la iglesia, no estaba rezando, sino limpiando un viejo candelabro con la misma precisión con la que un soldado limpia su fusil. Yo sabía que no era el típico sacerdote de voz calmada y manos suaves, su rostro estaba surcado de arrugas profundas en la frente y en las comisuras de los ojos, que no parecían de vejez, sino de mantener un gesto de concentración perpetua. Su cabello, de un blanco ceniza absoluto, caía con una densidad vigorosa hacia atrás, mezclándose con su espesa y pulcra barba que le otorgaban un aire de profeta antiguo.
Una cicatriz profunda y blanquecina dividía la mitad de su ojo izquierdo, descendiendo desde la ceja hasta perderse bajo el pómulo. Sin embargo, aquella marca no era lo más particular, sino la dualidad de su mirada que bien conocía. Mientras su ojo derecho conversaba un brillo avellana cargado de lucidez, el izquierdo permanecía blanco, como una esfera de cristal crema que parecía observar el mundo de otra forma.
Su mandíbula, ancha y usualmente tensa, se relajó al verme y nos envolvimos en un fuerte y cálido abrazo.
El calor de su cuerpo, así como su presencia, me trajo algo de paz. Una sensación reconfortante en medio del caos que habitaba en mi cabeza.
—¿Qué te trae por la casa del Señor?
—¿Venir a verte? —bromeé.
Él bufó y negó con la cabeza, divertido.
—Si no fuera porque te conozco… Nos vemos cada último domingo del mes y se lo ocupada que es tu agenda de trabajo. Considerando las pocas veces que me visitas sin avisar, me atrevería a creer que necesitas algo.
No alcancé a decir ninguna palabra y su mirada ya me estaba recorriendo completa. Dudé que pasara por alto las ojeras que tenía marcadas en el rostro, a él nunca se escapaba ningún detalle.
—¿O necesitas que hablemos?
Suspiré, derrotada.
—No se te escapa nada, viejo zorro. Se supone que la detective soy yo.
El padre Phillips sonrió con gentileza.
—Bueno, de alguien tuviste que aprender tu talento ¿no crees? —su mano, grande y callosa, se posó suavemente sobre mi hombro—.Ven, conversemos. ¿No querrás un café por casualidad?
Asentí y lo seguí hacia su pequeña y modesta oficina, mientras caminamos en un cómodo silencio.
El padre Philipps había sido mi figura paterna desde que era pequeña. Había cuidado de mi desde que ingresé al orfanato y me acompañó durante toda mi juventud, apoyándome, aconsejándome y guiándome como haría cualquier padre con su hija. Parte de quién era hoy en día, era gracias a él.
Una vez dentro de su despacho, el usual olor a café y libros me dio la bienvenida. Hacía tiempo que no visitaba este lugar, últimamente me había juntando con él a almorzar o en evento del orfanato.
No me había dado cuenta, pero una parte de mi extrañaba lo familiar y acogida que me sentía en la pequeña oficina que tenía el sacerdote. Fue muchas veces mi lugar para esconderme y sobre todo el espacio donde siempre encontré unos brazos listos para abrazarme cuando más lo necesité.
Tomé asiento en la humilde silla de madera que estaba frente a un modesto y amplio escritorio, mientras el padre Philipps me entregó una taza y se sentó frente a mí.
—¿Ha ocurrido algo en particular en tu trabajo? —me preguntó tras mi primer sorbo.
Acaricié el cálido recipiente, pensando qué responder.
—Si… Y puede que necesite de tu ayuda.
—Lo asumí. ¿Cómo te ayudo? ¿Quieres conversar de lo que ocurrió?
Inspiré hondo, antes de soltar mis siguientes palabras.
—¿Podrías volver a dar de tus pociones para dormir?
El frunció el ceño y me observó detenidamente, evaluando cada una de mis facciones y la tensión de mis hombros.
—¿Pesadillas? —consultó con delicadeza.
Asentí.
Hace años, cuando era más pequeña, no podía conciliar el sueño sin ser abordada por terribles pesadillas. El padre Philipps no tuvo más opción que darme una especie de poción que me permitía descansar, pero su uso resultaba adictivo. Fue un proceso lento, pero había logrado dejar de depender de ello.
Sabía que mi pedida activaría sus alarmas, era inevitable.
—¿Hace cuánto que tienes pesadillas?
—Un par de días más o menos.
—Kiera… Eso no es razón para…
—Lo sé, lo sé —, me adelanté—. No son las mismas de cuándo era pequeña… Son diferentes y no entiendo por qué las tengo, yo solo quise… —mi voz se quebró.
El padre Phillips se inclinó y tomó mis manos entre las suyas con delicadeza.
—¿Qué ocurrió?
Las palabras se atoraron en mi garganta.
"Está prohibido que hables del cuerpo poseído", me había impuesto mi capitán.
—No puedo decirlo.
—Kiera…
—De verdad, no es que no quiera contarte, pero me ordenaron que no podía revelar detalles del caso.
—¿Tiene que ver con demonio no es así?
Abrí los ojos, sorprendida.
—No necesito ser un detective para saberlo. Lo único que podría haber vuelto a activar tus pesadillas es algo relacionado a ellos.
“Efectivamente”.
¿Cómo no iba a sacar esa conclusión? Él me conocía mejor que nadie. Él, que había estado aquellas largas noches acompañándome en mis llantos, en mis miedos, en darme luz cuando sentía que las sombras me iban a consumir. Que me había acompañado en mis horribles pesadillas, donde los demonios me perseguían sin cesar.
Yo, que había perdido a toda mi familia por culpa de esos engendros del mal.
Intenté ordenar mis ideas en mi cabeza, tratando de encontrar la forma de explicarle lo que me pasó sin violar la orden que había recibido.
—Yo solo quise salvar una vida. Tuvimos un caso de asesinato y encontré a la víctima desangrándose. Solo intenté ayudar, pero no lo logré. Y ahora esos ojos, sus ojos me persiguen y la sangre... — aparté las manos del padre Philipps y me sujeté la cabeza, mientras un escalofrío me recorrió el cuerpo—. Oh, padre, si hubieras visto esa sangre...
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Editado: 24.02.2026