El susurro armonioso de los árboles esa noche de luna creciente fue roto por el desesperado correr de unos pies descalzos en la tierra y fango. Detrás, criaturas de pelaje rasposo y plateado, de cola alborotada y enormes pisadas, le perseguían sin cesar.
Su respiración desigual, las pupilas contraídas por la desesperación y el entumecimiento que poco a poco comenzaban a sufrir sus piernas, le hicieron comprender la gran diferencia entre él y sus perseguidores. Era rápido, más de lo que jamás imaginó, pero la desnutrición y la falta de estamina, provocaron que la ventajosa distancia que estableció en el comienzo de esa huida, se acortará amenazadoramente. Para su desventura, ellos también lo notaron.
Eran capaces de escuchar los acelerados latidos del corazón de su prometedora presa. Los tres lobos dejaron salir constantes aullidos de emoción; estaban a punto de atraparlo.
Sin dejar de correr, y estrechando con fuerza el bulto que protegía contra su pecho, rogó a la luz de la Luna que le otorgara la fuerza de sacarlo con vida de esa situación.
Uno de los lobos logró llegar lo suficientemente cerca para darle un zarpazo en la espalda, causando que este cayera de bruces al suelo y soltase un bramido de dolor con el pequeño bulto protegido entre sus brazos. La desesperanza inundaba su entumecido cuerpo, y sin embargo, no fue capaz de soltar aquel tan preciado tesoro que se le encomendó. Podrían torturarlo, matarlo incluso, pero no dejaría que se lo quitaran.
Con este único e inexplicable pensamiento en su mente, se dispone a recibir los golpes y mordidas de sus cazadores, mas estos nunca llegaron. Lo único que llegó, fue una rafaga sobrenatural de viento que separó a los captores de su presa mal herida. Sorprendidos y exaltados, observaron como la rafaga desaparecía ante sus narices, al igual que el joven.
Sensibilizando sus oídos y olfato, intentaron capturar la esencia de su objetivo, pero les fue imposible; había desaparecido sin dejar rastro. Los tres cazadores exhalaron gruñidos cargados de ira y frustración.
Tan cerca, estaban tan cerca, y lo perdieron. Esta vez, Caius no tendrá clemencia por su fracaso.
A la mañana siguiente, a cientos de kilómetros del bosque donde ocurrió la persecución, en el puerto de una pequeña ciudadela pesquera, paseaban dos muchachas completamente dispares por sus estaturas, disfrutando de sus tan esperadas vacaciones luego de titularse de la universidad.
—¿Es normal que la gente aquí te regale ramos de rosas en la calle? —Cuestiona la joven de cabello rubio fresa, de silueta menuda y considerablemente más baja que su acompañante, mientras acercaba su rostro a las rosas que un desconocido acababa de darle segundos tras, inhalando su dulce y natural aroma.
La otra muchacha, con su extravagante metro ochenta y siete, la observó con una expresión aburrida, llegando al extremo de la molestia.
—Cuando se quieren meter entre tus piernas, si. —Sentencia apartando de su rostro unos mechones de su melena lisa y negra cómo el carbón, volteando para fulminar con la mirada al tipo de mediana edad que observaba lascivamente la retaguardia de la rubia, apartando luego de un fuerte empujón a otro tipo que tenía la clara intención de acercarse a su compañera con malas intenciones.
—Aww ¿qué haría sin ti, Cassy? —interroga la rubia sonriendo divertida por la actitud sobreprotectora de la pelinegra, tomándola del brazo con cariño.
—Posiblemente estarías en la red de tráfico humano… o muerta —A diferencia de su acompañante, Casandra no encontraba el mínimo ápice de diversión en esa situación.
—¡EXACTO! Te debo la vida, Cassy —A pesar del tono de voz molesto de la alta, Amy simplemente sonríe y la abraza con más fuerza, logrando con este acto sacar una tímida sonrisa de ella.
—Ya cállate —concluyó disimulando una corta risa, soltándose de la rubia y desordenando su ya rebelde cabellera dorada- vamos al hotel, tengo hambre.
Conversando de trivialidades, el camino desde el muelle se hizo considerablemente corto para las chicas, pareciendole ameno incluso a Cassandra que, con una expresión aterradora gran parte de la caminata, espantaba a cada chico, y algunas chicas, que posaba su mirada en Amy.
—No todos me miran a mí, lo sabes ¿verdad? —Comenta la más baja sonriéndole a la más alta, no siendo afectada por la expresión furiosa de ésta.
Ambas al fin ingresaron por el umbral del hotel donde se hospedaban por esas tres semanas.
—Sí lo hacen y TÚ lo sabes. —Clama Cassandra con autoridad.
—Oh, por favor… Muchas personas te encuentran atractiva. —Al llegar al elevador, apretó el botón y esperó que llegara al primer piso— Solo… no se te acercan porque los asustas…
—No me interesa, Amy —Rodó sus ojos un tanto cansada de tener esa misma discusión una vez más.
-A mi tampoco… Pero creo que no es mala idea que seas más “amable” con otras personas que no seamos Caleb y yo —Masculló Amy, esbozando una pequeña pero cariñosa sonrisa cuando el elevador por fin llegó.
—No lo necesito.
Concluyendo la conversación con esas palabras, ambas ingresaron al rústico elevador, dejando a la rubia con una sensación de desilusión al no ser capaz de convencer a la otra chica.
El quinto piso las recibió luego de unos cuantos segundos en el elevador. Amy salió disparada de este, apresurada por llegar a su habitación y tomar un largo baño de tina.
Pero en el momento exacto que Amy coloca la llave en la notablemente oxidada cerradura, Cassandra siente una extraña sensación de peligro. Se acerca a la rubia queriendo advertir de esto, pero fue demasiado tarde.
—¡Al fiiiin! —Clama la rubia ingresando y lanzando al suelo su bolso de mano con la intención de correr al baño por una ducha.
—¡Amy, espera! —Detrás de la rubia, Cassandra ingresó a la habitación, tomándola del brazo con cierta rudeza.
Luego, ambas observaron perplejas el escenario frente a ellas.