Aún no comprendía como habían llegado a esa situación; el joven pelirrojo, con el libro de la Caperucita roja cubriendo la parte inferior de su rostro, observaba con cierto temor como la pelinegra lanzaba libro tras libro a Sandu, quien, evitando ser vista por ella, mordía su labio inferior para no reír por la infantil reacción de la mujer.
—¡Habla! —Clamaba Cassandra buscando algún otro libro que lanzar a la cabeza del albino.
—¿Qué más quieres que diga? —El hombre aclara su garganta en un intento sutil de no romper en risa.
Observando la interacción con atención, el joven pelirrojo se mantenía fundido en su asiento, dubitativo en si continuar con su libro o simplemente ir con Amy. Pero poco duró su indecisión cuando logró percibir algo que le erizó la piel. Sin importarle la discusión entre los demás presentes, se apresuró hasta Sandu, jalando sus ropajes con desesperación y señalando con su diestra a la salida.
—¿Qué ocurre? —pregunta el trigueño, un tanto contrariado por la reacción del joven.
—¡ELLOS! ¡ELLOS! —Repetía una y otra vez señalando la puerta y jalando con insistencia.
—¿Ellos? —Cuestionó confundido, bajo la atenta, e igualmente confusa mirada de la pelinegra. Le bastó apenas un segundo para entender lo que el asustado chico intentaba decirle— ¡¿Están aquí?!
—¿Quiénes están aquí? —Se alertó Cassy, de pronto preocupada por que se hubieran metido en un asunto más grave de lo que imaginó. Los desesperados y violentos asentimientos del pelirrojo, no le ayudaban a pensar diferente. Con un tono de voz más autoritario, cuestionó— ¿En qué rayos están metidos?
Antes de que Sandu pudiera responderle, el pelirrojo, con su cabello erizado, se esconde detrás de este, temblando como una gelatina. Segundos después se escucha la puerta abriéndose, y una voz profunda pero juguetona llama su atención.
—Vaya, vaya… Miren que me encontré.
Al mismo tiempo, fuera del establecimiento, en el camino contrario al pueblo, se lograban apreciar pequeñas huellas de fango, delatando su camino, y su incierto destino. Sus pies se movían con rapidez, pero con cierta torpeza por la poca costumbre de correr en la naturaleza. Para su fortuna, la zona trasera de la veterinaria llevaba inmediatamente a un pequeño terreno baldío, el cual se conectaba con un frondoso y espeso bosque a los pies de las montañas más pequeñas del cinturón Lunar.
No entendía qué ocurría, no sabía si correr era o no lo correcto en esa bizarra situación. Pero su instinto le imploraba hacer caso a Nhaki, algo le decía que corría peligro. Ella, Cassandra, Sandu, el pelirrojo… el cachorro. Todos corrían peligro.
Y las últimas palabras del veterinario aún rondaban en su cabeza.
“Por favor, proteja a nuestro Alpha.”
Repentinamente, se tropezó con la raíz descubierta de un árbol, obligándola a caer sobre sus rodillas. Sin soltar en ningún momento al pequeño cachorro, quien de vez en cuando emitía lastimeros gemidos al no saber qué ocurría a su alrededor, se levantó con dificultad con el deber y la presión de seguir avanzando.
Sin previo aviso, un enorme lobo gris oscuro se interpuso en su camino, gruñendo con ferocidad, provocando en ella un instantáneo y temeroso jadeo.
—Pero ¿qué rayos…? No deberían haber lobos en este lugar… —Cuestiona para sí misma sin aliento, mirando a su alrededor con miedo y desesperación, en busca de una nueva ruta de escape. Aún sabiendo de antemano que eso era casi imposible.
—Ohh… —Escucha una voz masculina que le eriza la piel, su tono siendo una mezcla de burla y lujuria- Vaya, vaya… hueles muy bien.
¿Había escuchado bien? Acaso… ¿ese lobo estaba hablando?
De regreso al interior de la clínica veterinaria, Cassandra observaba con intriga la expresión endurecida y, ciertamente, preocupada del trigueño. Aquellos dos tipos no eran tan altos como ellos, y de hecho tampoco se veían realmente peligrosos, por lo que no lograba comprender el porque se notaba tan temeroso.
Sin inmutarse por el ambiente tosco del lugar, la pelinegra se cruzó de brazos, mirando a los recién llegados con desdén.
—¿Y estos payasos quienes son?
Con una sonrisa cargada de confianza, y bajo la atenta mirada del miembro más joven de la manada, el líder cazador se adelanta un par de pasos para volver a hablar, pero es interrumpido por otra voz.
—Traidores, eso es lo que son. —Desde el pasillo reaparece el veterinario, despojándose de su bata de laboratorio y depositandola en el mostrador cercano, dejando ver la musculatura bien trabajada que escondía tras su uniforme laboral.
La sola mención de esa palabra borró por completo la sonrisa del líder; Razvan, cambiando a una expresión seria, casi letal. A su lado, el menor de la manada, observaba todo con aturdimiento, no podía creer lo que veían sus ojos. Sin embargo, no emite sonido alguno de su sorpresa por temor de hacer enfurecer aún más a su líder, quien a esas alturas emanaba un espeso aroma a rabia que le dejaba parcialmente mareado.
—Me ocuparé de esto, vayan por la puerta trasera —Comenta a los jóvenes con una pequeña sonrisa. Luego, regresando su atención a los intrusos, su expresión cambia completamente a una mucho más seria— Falta uno de ellos, Amy puede estar en peligro.
—¡¿Amy?! —Las alertas inmediatamente comenzaron a sonar en la cabeza de Cassandra— ¡¿En qué mierda nos estás metiendo?!
—Responderé todo luego, lo prometo. —Aclara Sandu, tomando a la chica del brazo, con la rotunda negativa de ésta— Ahora hay que ir a ayudarla... Tú, tenemos que… ¿Dónde está? —Queda momentáneamente desconcertado al no encontrar al muchacho pelirrojo en ningún lado.
Antes de que alguien pudiera darle una respuesta, Razvan y su otro acompañante tomaron una imperante forma lobuna para atacar al peli blanco y a Cassandra. Con un movimiento rápido, el veterinario bloquea el ataque, empujando a los lobos con demasiada facilidad.