Amy observa la espalda rígida y levemente temblorosa de la pelinegra mientras ésta volvía a acercarse al licántropo con lentitud, entendiendo que, si bien no lo aparentaba, las palabras de aquella criatura le estaban afectando profundamente.
Después de todo, no era la primera vez que ambas escuchaban esa dolorosa declaración.
Y ella mejor que nadie sabe lo que ocurre después de que alguien es lo suficiente estupido de exponer esa frase; las cosas se pondrán muy, muy mal, y esta vez no estaba su padre presente para detener el desastroso resultado.
Tomó con cierta desesperación el brazo de Sandu, quien aparta la mirada de la pelea para ver las orbes violetas de la rubia.
—Sandu… —jadeo con súplica, temiendo decir algo más y que su atacante descubriera su propósito.
Pero el trigueño logró entender el significado implícito de su silencio y, con un casi imperceptible asentimiento, se dispone a tomar cartas del asunto. Intercambiaron posiciones nuevamente, esta vez con Amy presionando la herida del lobo con una gasa que había encontrado en el bolso que le entregó Nhaki, y se levanta para acercarse a paso firme hacia Cassandra.
A cada paso que daba, su forma comienza a deconstruirse, ganándose la atención de todos los presentes, incluyendo la mirada sorprendida y, por sobre todo, ofuscada del licántropo enemigo.
Su piel bronceada y lisa morfó a una escamosa de color cobre musgoso, al tiempo que sus ojos grices se perfilaron y su pupila se rasgó. Sus barbilla se alargó, forjándose unas fauces un poco más pequeñas que las de un lobo, pero igual de imponente.
Con su nueva apariencia revelada, una apariencia parecida a la de un reptil antropomorfo, con su mirada fija en el enemigo, habló con una voz más gruesa y autoritaria.
—Es tiempo de parar esto.
—Tú… pero… Es imposible.
Clama el lobo, observando la figura Sandu con incredulidad, pareciendo que frente a él estuviese parado un fantasma, un espíritu, una leyenda.
Sin embargo, la voz del trigueño lo saca de su ensimismamiento.
—Suficiente. No hay tiempo para esto.
El licántropo se puso en guardia, buscando en su mente la mejor estrategia para salir ileso de esta nueva y poco deseada batalla, aún más preocupado luego de volver a escuchar el aullido de sus compañeros a la distancia, mientras Cassandra miraba al ser junto a ella completamente absorta.
Pero, contra todo pronóstico, Sandu tomó con fuerza el brazo de la pelinegra para jalarla cerca y, antes de que cualquiera pudiera reaccionar, una fuerte ráfaga de viento se interpuso entre ambos partidos, no permitiendo que el lobo pudiera atacarlos.
Y para el momento en el que la extraña rafaga terminó, no había rastro alguno del gran reptil, las chicas, el lobo mal herido y, por sobre todo, el Alpha.
Agudizó sus sentidos, intentando inútilmente encontrar algún rastro de sus presas. Mas al no poder encontrar absolutamente nada, dejó salir un gutural rugido de frustración.
—¡MALDITA SEA!
Bramó con rabia y desesperación segundos antes de escuchar los pasos de sus compañeros. Razvan llega segundos después con el menor de los tres a cuestas, muy mal herido.
—¿Qué demonios les pasó?
Cuestiona el hombre calvo al notar el estado poco alentador de ambos licántropos.
—El bastardo lo usó como escudo durante toda la pelea. -Confiesa el líder con cierto rechazo, escupiendo prácticamente las palabras mientras deposita al joven beta en el suelo sin mucho cuidado. Luego, observando a su alrededor con los sentidos alertas, complementa— ¿Escaparon… ? ¿Otra vez?
Cuestiona a su compañero, quien solo asiente, apretando sus puños con furia y decepción.
—Pensé haberte escuchado decir que te harías cargo, Storko.
Acusa Razvan escrutando con la mirada al licántropo de mayor edad dentro de su manada, exigiendo una explicación convincente.
—Razvan, no eran simples humanos… Tenían con ellos a un maldito Ihugar, él se los llevó.
—¿Ihugar? ¿No se supone que están extintos?
Cuestiona el más joven, soltando un lastimoso quejido mientras sus heridas comenzaban a sanarse, ganándose la mirada desaprobatoria de sus dos compañeros.
—Al parecer queda uno… Andando.
Concluye Razvan iniciando la marcha camino contrario al pueblo, debían alejarse de ahí antes que el otro lobo también se recuperara, no pensaba tener una segunda batalla con ese maldito lobo negro.
“¿En serio eres tan tonto de pensar que estás en el equipo ganador?”
Sus palabras aún se repetían en su mente, llenando de amargura, sabiendo en el fondo que tenía razón.
Pero era la única manera de sobrevivir.
En el espesor del bosque del Sonido, donde sus árboles son tan altos y frondosos que pareciera que sus hojas y corteza son del color de la oscuridad, una rafaga de viento rompe la calma y silencio del lugar, provocando que las hojas y ramas más débiles volaran lejos de su hogar, formando una circunferencia alrededor del viento que las atraía con fiereza.
Al detenerse, cuatro cuerpos son vislumbrados entre los árboles, dos de ellos un tanto mareados por el viaje inesperado y la consternación al límite de sus sentidos. Sandu, regresando inmediatamente a su forma humana, deja salir un largo suspiro de alivio, al ver como todos se encuentran a salvo, y habiendo evitado una confrontación innecesaria.
Delante de ellos se exhibía una rústica, pero elegante cabaña de mármol y pilares de madera maciza. Se lograba vislumbrar un gran ventanal en el tercer piso, y junto al lado derecho de la vivienda una cúpula de invernadero.
La hermosa morada se encontraba rodeada de árboles y vegetación, pareciendo fundirse entre la naturaleza.
—¿Dónde estamos…? —Cuestiono Cassandra mirando a su alrededor con desconfianza, manteniendo todos sus sentidos alerta, aún extasiada por la confrontación anterior.
—Por ahora… Un refugio… —Responde Sandu sin prestar demasiada atención a la mirada inquisidora que la pelinegra le dedicaba.