El silencio imperturbable inundó la pequeña habitación que, a pesar de estar cerca de las montañas nevadas, se mantenía agradablemente cálido y, por sobre todo, hogareño. Daba la impresión de haber estado habitada por mucho tiempo.
Mientras Amy intentaba, con cuidado, limpiar las heridas del inconsciente joven pelirrojo, Cassandra continuaba de pie apoyada sobre el marco de la puerta, observando un punto fijo en el piso impecable de loza blanca, sin saber por dónde comenzar a ordenar sus pensamientos.
Aquel viaje de reconocimiento personal se convirtió, de la nada, en algo más peligroso de lo que jamás imaginó.
¿Hombres lobo? ¿Un tipo reptil? ¿Qué demonios estaba pasando? Pero, por sobre todo ¿Que otras criaturas estarían tras estos chicos?
—¿Cómo esta?
Escucha de pronto la voz de Sandu, quien ingresaba por su lado a la habitación sin esperar realmente una respuesta.
—Lo limpie lo mejor que pude… ¿Qué más puedo hacer?
Cuestiona Amy, levantándose para ceder su lugar al trigueño, observando como este molía en un mortero grande de piedra unas cuantas hierbas que no lograba reconocer pero que emitían un agradable aroma parecido a la menta.
—Por ahora es más que suficiente, gracias ¿el cachorro?
—Aquí… no quiere separarse de mí, quizás tiene frío…
Al responder, la rubia desabotona su abrigo nuevamente, dejando ver al bebe lobuno mientras este, al sentirse nuevamente desprotegido, comienza a gemir levemente al tiempo que olisquea el ambiente y a los presentes en el cuarto, ya reconociendo sus aromas.
En silencio, y notablemente más relajado, Sandu prosigue aplicando aquel ungüento artesanal de hierbas que acababa de moler sobre las heridas más profundas del pelirrojo. El procedimiento no dura más de un par de minutos donde, luego de vendar las zonas afectadas; el abdomen y su cuello, se levanta y toma el mortero junto a los restos de las vendas y gasas ensangrentadas para deshacerse de estas.
—Necesito tirar esto lejos de la cabaña o el aroma podría atraer a los rastreadores.
Comenta al notar la mirada inquisitiva de la pelinegra, la cual en todo ese momento no se había movido en lo más mínimo.
—¿Qué tan lejos? —Cuestiona en voz baja, sorprendiendo al hombre por la poca agresividad con la que habló.
—Varios kilómetros… dependiendo de la dirección del viento.
—¿Demora mucho?
—Unos 10 minutos cómo máximo.
Ante la respuesta Cassandra posa su mirada preocupada en Amy, obteniendo una sonrisa afable como respuesta por parte de esta, al igual que un leve asentimiento de cabeza.
Bufando, pero igualmente sonriendo por la indulgencia de su hermana, salió del cuarto arrastrando desde su ropaje superior a un confundido Sandu, esperando obtener algunas respuestas en ese corto, y aparentemente inofensivo, viaje.
Encontrándose sola en la habitación, sin contar el joven desmayado y el adormilado cachorro, la sonrisa de la rubia se desvaneció con rapidez, dando lugar a una expresión desamparada, temerosa y, en su mayoría, preocupada. Se sentó junto al pelirrojo para acariciar con sumo cuidado su rostro durmiente.
Su atención es captada entonces por el despertar de pequeño cachorro, quien se removió entre las ropas de la chica para tomar algo de oxígeno y olisquear tanto a ella como en dirección al pelirrojo, posiblemente sintiendo en él un aroma familiar y parecido al propio.
Dejando salir al cachorro de su abrigo, se propone relajarse soltando un largo suspiro, esperando así que las emociones negativas salieran de su mente y cuerpo, permitiendo al cachorro que siguiera reconociendo el aroma del joven inconsciente y, uniendo sus manos con fuerza, cerró los ojos con fuerza.
Imágenes de los acontecimientos sucedidos en esas pocas horas se reproducen en su cabeza. Las palabras y la mirada de confianza que le dedicó Nhaky, el horrible combate y el sacrificio de ese muchacho que había conocido apenas hace una semana.
Su voluntad de no llamar a su padre y confesarle todo flaqueaba con cada recuerdo, pero aunque quisiera, era imposible contactarlo; su teléfono lo había dejado en la veterinaria, junto al libro con el que le enseñaba al pelirrojo.
—Estaré bien… estaremos bien…
—Deberías decirlo con mayor convicción.
La voz desconocida le provocó brincar de la cama, tomando lo primero que vio como arma para defenderse de cualquiera que intentara hacerle daño: en su lamentable caso, unas pequeñas tijeras para cortar el vendaje. Pero en el momento exacto que posó su mirada en la persona frente al ventanal del cuarto, sus ganas de gritar y pelear para defenderse, abandonaron su cuerpo por completo.
—Eres una criatura más fuerte de lo que cualquiera podría pensar.
Con ojos cerrados, demostrando una eterna serenidad y sabiduría, se encontraba frente a ella el ser más hermoso que jamás había visto en toda su vida.
El hombre de casi la misma estatura que su hermana, piel caucásica, cabello largo y liso cómo el carbón se acercó a paso lento, procurando no invadir el espacio personal de la joven, quien se miraba realmente sorprendida, y ciertamente incómoda, por su perfecta presencia. Con cuidado, se inclinó frente al joven inconsciente, sin ser notado por el cachorro que ahora se encontraba cómodamente durmiendo muy apegado a su salvador. observó un poco donde se encontraba vendado y, dejando salir un pequeño jadeo junto a una solemne sonrisa, se vuelve a incorporar.
—Realizó un gran trabajo.
Comenta más para sí mismo que para la rubia, quien intentaba con todas sus fuerzas no quitarle la mirada de encima. El hombre misterioso, al voltearse a su dirección aun con su sonrisa y ojos fielmente cerrados, agrega.
—¿Lo sabías? Él nunca había hecho un ungüento de Brypinna antes, sólo leyó la receta del libro de herbología que está en la biblioteca, una sóla vez.
—¿Bry… Qué?
Cuestiona Amy sin saber realmente que decir, el hombre la hablaba con una extraña familiaridad, y con una ansiedad reprimida que normalmente lo tienen personas sin mucho contacto social.