Capítulo 10
Apago las luces del laboratorio. Dos semanas después, al fin ha llegado el momento de irnos, de que Sara enfrente su pasado… temo que esto termine mal, no mentiré. Pero no es como si le pudiese decir que lo deje, que viva su vida. No, ella quiere venganza. Y, además, también están los científicos de Centauro, detrás de ella.
Los últimos días la pasamos conociéndonos, le he contado tantas cosas de mi vida y ella me ha contado de la suya; de cómo se enamoró y perdió todo. Me siento mal por ella, quisiera que hubiese despertado para disfrutar del mundo, del tiempo perdido…
—Kalila, prometo que nos volveremos a ver pronto —le digo en tono amigable, ella ha sido una buena compañía, que lástima que nos tengamos que despedir tan rápido.
—Así será Junior… —nos damos un rápido abrazo y la dejo sola junto a Sara para que se despidan.
Desde el auto, para nada lejos, las observo despedirse. Sara lleva un vestido blanco, no pasa de sus rodillas, combinado por unos zapatos deportivos. Kalila apenas puede con su enorme barriga, por eso lleva un vestido ancho.
—Eres una persona increíble, trataré de llamarte un día de estos para un reencuentro.
—Yo espero, que ese día me cuentes, como destruiste a ese idiota —Kalila odia tanto a Cesar como yo lo hago. Le hemos tomado mucho aprecio a Sara y nos duele lo que le pasó.
—Así será Kalila. No descansaré hasta que eso pase…
—Que Allah te acompañe, princesa durmiente —las dos se abrazan y por el rabillo del ojo, miro que Kalila se limpia una lágrima.
Suspiro y toco la bocina cuando ya estoy dentro del auto.
—Es hora…
…………….
Dave nos espera en la casa donde solía vivir Sara. La de sus padres, junto a la policía y varios abogados amigos suyos. El gobernador Cesar dudo que esté enterado, estás personas (la policía), se contactaron con Dave por alguna razón. Ellos le dijeron que han estado respaldando a Sara en secreto, creo que son del FBI. ¿Qué pretenden? Ni el mismo Dave lo sabe.
En todo el trayecto desde la mañana, Sara ha estado un poco ausente, apenas es mediodía, creo que esta recordando muchas cosas de su pasado. Además, ya hemos entrado a la residencia de ella, por ello mira con nostalgia las casas, parques, y algunos edificios.
Pasamos por un Boulevard y ella reacciona:
—Detén el auto… —freno y ella sin decir nada sale del auto. Yo hago lo mismo, pero no pregunto qué pasa. Ella mira todo el alrededor hasta que su vista llega a un anciano con un carrito de helados, sus ojos inmediatamente se han llenado de lágrimas.
Quisiera ir y abrazarla.
Ella despacio se dirige al hombre moreno, que vende helados, se limpia sus lágrimas y sonríe.
—Me encantan los helados de fresas… ¿tendrá uno especial? Antes, solía pedirlo con…
El hombre se ha quedado pálido.
—Doble capa de fresas…
Ella asiente con ojos llorosos.
—Así es… tal cual —el hombre llora y ella también lo hace; esto es una escena muy conmovedora—. Señor Juan… ¿cómo está? Se ve… cambiado.
—¿Sara? Imposible… —Sara ríe—. Sarita lleva muchos años de muerta…
Sara asiente.
—Sara llevaba años muerta… —corrige—. Ahora ha regresado.
—No entiendo… te ves, igual que la última vez que me pediste helado.
—La muerte me ha sentado bien señor Juan…
—No tengo duda de eso, querida.
—No tenga miedo —Sara toma la mano del hombre que esta temblante—. Soy la misma chiquilla que conoció hace mucho tiempo. Un científico me ha devuelto la vida, es él.
Me señala.
—Guao… sí, niña. Ya imaginara cuanto ha avanzado la ciencia. —El hombre, que parece que le duele el cuerpo, va y se sienta en una silla de plástico al lado del carrito de helados—. Me disculpa, como veras, a mí el tiempo, sí que me ha hecho efecto.
—No se preocupe… —asegura Sara condescendiente—. Bueno, me guarda el secreto, ahora tengo que irme… me espera un gran recuerdo, la casa de mis padres…
—Los Gáles… sus padres jamás entendieron por qué su esposo no quiso darle una santa sepultura. Las personas que la conocimos, pensamos que había sido cremada; pero ahora veo que no fue así. —Sara suspira… El señor Juan se levanta y prepara dos helados de fresas—. Tome pequeña Sara y llévele al joven científico, eso como un agradecimiento por traerla devuelta al boulevard de los helados.
Sara mira el helado con aquel entusiasmo y sentimiendo.
—Cristian, ¿podrías pagarle al señor juan?
Me acerco e intento sacar mi cartera de bolsillo, pero el señor Juan me interrumpe.
—No, no se preocupen. Se los he dado porque en verdad me han devuelto 20 años atrás. Conozco a Sara desde niña, la vi crecer…
—Muchas gracias señor Juan… —le digo, con una sonrisa.
—Gracias, en serio —le dice, Sara después de mí.
Sara le da un abrazo de despedida al señor Juan y luego me observa para que regresemos al auto.
Sigo a Sara, pero antes, siento que algo se cae de mi bolsillo, es una moneda. Un dólar. Lo tomo y al levantarme observo al heladero mirarme con preocupación.
—Cuídese, joven… —advierte—. Yo he visto el ángel de la muerte a su lado. Antes lo vi en Sara, muchos años atrás, pero no quise creerlo, pensé que eran ideas mías. Pero ahora, puedo asegurar que es él…
Arrugo mi ceño.
—¿A qué se refiere?
—Solo cuídese… si es posible, apártese de donde no lo han llamado.
Asiento, sin entender. Dejo al señor Juan, y voy al auto donde Sara ya me espera dentro.