Capítulo 11
Senté a padre a mi lado, aquel día cuando acababa de tomar una decisión.
—Padre, voy a casarme con Cesar —solo hacía unas horas, Cesar me lo había pedido hincado de rodillas frente al boulevard donde nos conocimos.
Mi padre no pareció sorprenderse. Solo dijo:
—¿Estás segura?
En mi mente estaba más que segura. Cuan equivocada me encontraba…
………….
Tengo en mi frente la casa que me vio crecer, sigue igual de grande y hermosa como la recordaba... Cuanto no daría por volver en el tiempo y pasar siquiera un minuto con mis padres. Mamá cuando me despertaba temprano para mis lecciones de piano, con el señor Asdrúbal. Mi padre solía estar en su oficina y cuando escuchaba el piano, siendo tocado por mis manos, se llegaba al salón y se sentaba a escucharme. Ellos dos.
Quise tener una relación, así como la de ellos, era un amor mutuo, se amaron hasta el último minuto, eso creo. No estuve con ellos al final…
Las enormes rejas de la entrada se abren, llevando el símbolo de mi familia en medio. Una pantera en posición de ataque. Cuenta una leyenda, que mis ancestros criaban panteras, por muchos años lo hicieron, como símbolo de protección y poder; una noche de lluvia los pueblerinos, mi familia en ese entonces eran personas con mucho poder, crearon una revuelta y se metieron en la mansión Galés, dejaron que escaparan las panteras, y desde ese momento la familia Galés fue perdiendo el poder, eso se creyó hasta que nació aquel heredero de estás extensas tierras, dicen que él no necesito buscar panteras para volver a tener el dominio, que las panteras volvieron a él.
El auto pasa y se estaciona a un lado de la fuente de agua. Observo una fila extensa de empleados, esperándome afuera, no tengo idea si saben que estoy viva. Conozco a algunos, pero otros son nuevos. Me contaron que ellos jamás abandonaron la mansión, escuché a Cristian comentar que mis padres les dejaron ordenes claras de cuidar de este hogar. Han cumplido, no entiendo por qué… al fina ¿quién les paga?
Cristian agarra mi mano.
—Todo estará bien —sonríe y de verdad no sé, como logra tranquilizarme con tan solo una simple sonrisa. Bueno, ya he visto que no es tan simple, es mágicamente hermosa.
—Me siento segura contigo —confieso.
—Me alegro de que lo digas, porque jamás me iré de tu lado.
No somos pareja… no. Pero estamos creando un lazo, esto me tranquiliza. No estoy sola en el mundo, hasta ahora solo puedo confiar en él.
Tomo aire antes de salir del auto, cuando lo hago, lo primero que dejo ver son mis sandalias, luego la otra y al fin salgo completamente. Todos los empleados, la fila extensa, me observan tímidos, otros desconcertados.
Camino hacia ellos despacio y comienzan a murmurar. Cristian que va a mi lado me toma de las manos y nos miramos de reflejo, me sonríe y yo él. No me molesta para nada, como he dicho antes, me siento segura a su lado. Es mi príncipe Felipe.
Los policías están impactados, unos cuantos se quitan los lentes, para así ver que no están soñando. Y no, no lo están. Sara de Galés ha vuelto.
—Buenas tardes tengan todos —dice Cristian—. Oficiales…
Un oficial junto a Dave, se acercan a nosotros.
—Un gusto, soy el oficial Jonas del FBI —Cristian estrecha su mano con la de él—. Hemos estado investigando todo este tiempo a Sara y su caso es increíble. Pueden contar con nosotros, desde este momento nos hacemos responsables de su seguridad.
Lo miro dudosa.
—Sara… soy Dave. —quien ha notado que estoy mirando dudosa al oficial—. Quiero que te sientas segura, puedes confiar en él. Cristian es mi mejor amigo y me ha puesto tu caso en mis manos.
—Si Cristian confía en ti, entonces yo también lo haré —Dave observa a Cristian con sorpresa—. Oficial, debo suponer que usted no es un espía de mi exesposo.
El rubio de intensos ojos mieles, se quita los lentes y me dice:
—Puede confiar en mí. Créame, que usted y yo nos vamos a entender muy bien. —es muy hermoso y atrayente, tanto que por unos segundos me quedo embelesada en él.
Cristian presiona mi mano y vuelvo a la realidad.
—Entonces bien.
—Sara… —aquella voz que viene de los empleados, la conozco muy bien—. Oh Sara… ¡chiquilla!
Ella es… mi nana.
Me volteo a la fila donde se encuentran los empleados y no puedo creer lo que mis ojos ven. Esa anciana está viva…
Corro hacia sus brazos y ella a los míos…
—Flores, sigues aquí —no podemos contener nuestras lágrimas—. Oh por Dios pero que joven te ves…
—Te dije que las negras no envejecemos —me recordó, como si fuera un chiste—. Niña… tu igual te ves joven. Dios, cuando me dijeron… no lo podía creer. Te he llorado tanto, que no puedo creer que estés devuelta.
—Sí… he vuelto. —Todos nos miran—. Gracias por estar aquí, me traes tantos recuerdos. ¡Tengo tantas preguntas! Pero bueno, tengo que primero entrar a la casa… la de mis padres.
Ella asiente, con una sonrisa condescendiente.
—Ellos te amaron mucho mi niña… —me acaricia las mejillas y me devuelve por una fracción de segundos a cuando era solo una niña. Sin tantos problemas, llena de vida y salud.
Nos abrazamos nuevamente. Luego me despego para decirle:
—¿Me harías los honores? —miro a los empleados, ellos llevan uniformes, hombres y mujeres, del color que representa a toda la familia de Galés: el purpura.
Flores, se da la media vuelta y mira al personal, mientras se endereza y pone sus manos detrás de su espalda. Con carácter le dice a toda la fila de empleados:
—Oigan todos, presten atención porque no hablare dos veces —me guiña el ojo—. Con nosotros se encuentra la heredera de esta mansión, de la cual nos hemos encargado de cuidar todos estos años. Al fin está devuelta como lo predijeron… Sara de Galés.