Capítulo 1: Globos blancos
El aire acondicionado del vestíbulo no lograba enfriar la incomodidad que él sentía cada vez que cruzaba ese umbral. Iba un paso detrás de su esposa, con la mano apenas apoyada en su espalda, cuando la voz del pastor los detuvo antes de la puerta del santuario.
—¡Pero qué milagro! —dijo el pastor, extendiéndole la mano con una sonrisa amplia y ensayada—. Hermano, a usted solo lo vemos en las cenas matrimoniales. Y venir a un culto de aniversario, ni se diga.
Él estrechó la mano con firmeza moderada.
—A mi esposa le gustan mucho esas cenas de parejas —respondió con voz tranquila—. Y como el requisito es ir acompañado, no voy a dejar que se las pierda por falta de pareja.
El pastor soltó una risotada breve y le dio una palmadita en el hombro.
—Bueno, siendo así, habrá que programar cenas matrimoniales más seguido, a ver si lo tenemos por aquí.
Se despidieron con un gesto cordial y entraron. El órgano, el murmullo de la congregación acomodándose y el olor a alfombra limpia los recibieron de golpe. Había globos blancos atados a los extremos de las bancas y un cartel con el número de años colgado detrás del púlpito. Su esposa eligió la tercera fila del lado izquierdo, como siempre. Él metió la mano en el saco y rozó la libreta. Bajo las costillas, sin que él la llamara, empezó la presión.
Predicó el copastor. Él lo había visto subir al púlpito con la Biblia abierta contra el pecho, y lo primero que anotó fue eso: Biblia contra el pecho, como escudo.
—Vamos a abrir en Filipenses —dijo el copastor, y esperó un segundo antes de agregar el capítulo.
Supo que la pausa estaba medida. Sabía incluso dónde vendría el chiste, después del segundo punto, y que sería sobre las suegras. Hubo un tiempo en que él habría estado detrás de ese mismo atril, con un bosquejo igual y la misma pausa. Pasó la página con más fuerza de la necesaria. Su esposa abrió un ojo, lo miró y volvió a cerrarlo.
Ella cantaba con la barbilla un poco levantada. Él movía los labios sin que saliera sonido.
El diácono que pasaba la ofrenda llegó a su fila. Era un hombre grande, de camisa planchada, y la bolsa de terciopelo le temblaba en las manos. Él metió el billete doblado que su esposa le había dejado preparado y no pudo decidir si era de nervios, de edad o de algo peor. Lo anotó igual: manos, temblor, ¿cuánto tiempo? Luego tachó el signo de interrogación, porque no tenía derecho a preguntarlo.
Tres filas adelante, una mujer de suéter verde se llevó la mano a la boca. Tenía los hombros quietos y la cabeza baja. Él dejó la pluma suspendida. Podía estar llorando. O tosiendo. O haber ensayado también ese gesto, como el copastor, como todos. Escribió mujer, suéter verde, ¿llora? y esta vez dejó la pregunta.
—Y esto, hermanos —dijo el copastor—, es lo que significa una vida abundante.
Alguien dijo «amén» desde el fondo. Luego otros. Sonó como una máquina que arranca, y el frío bajo las costillas subió hasta la garganta. Él cerró la libreta y se quedó con la mirada fija en el cuello de la camisa del hombre de enfrente, contando los latidos para no levantarse.
Su esposa buscó su mano sin abrir los ojos. Él se la dio.
Al terminar la oración final, la congregación empezó a dispersarse hacia los pasillos. Él esperaba a que el tumulto disminuyera cuando sintió una mano firme en el hombro. Era el copastor, todavía con la frente brillante del sermón.
—Hermano, qué bendición tenerlo hoy —dijo, con un estrechón cálido y sincero—. Y le digo la verdad: más que verlo en la banca, me alegra poder platicar con usted. Cada vez que conversamos me deja pensando con los temas que sugiere. De verdad son de mucha edificación para lo que comparto con la iglesia.
Él esbozó una sonrisa de cortesía.
—Gracias, pastor. Hago lo que puedo.
—¿Tiene unos minutos hoy? —preguntó el copastor con entusiasmo—. Me gustaría saber qué tema trae en la cabeza últimamente.
Buscó con la mirada a su esposa, que estaba a un par de metros ajustándose el bolso. Ella notó la escena y le lanzó una mirada discreta, acompañada de un ligero movimiento de cabeza: nos vamos ya. Conocía bien la rutina: cuando su esposo se enganchaba a hablar de teología con el copastor, el tiempo se detenía, las luces del templo se apagaban, los hermanos se iban a sus casas y ella quedaba sola en una banca vacía esperando a que terminaran.
—Hoy se me complica un poco, pastor —respondió él, volviendo al copastor—. Mi esposa no se siente muy bien y queremos regresar a casa.
Ella, a un metro, no dijo nada.
—Entiendo, entiendo... pero no me deje con la duda, ¿cuál es el tema que le anda dando vueltas?
Él hizo una breve pausa, sopesando las palabras antes de soltarlas.
—La crisis de fe.
El copastor se quedó en silencio un segundo, arqueando las cejas. Sus ojos brillaron con un interés inmediato.
—Qué tema tan interesante... —dijo, dando un paso más cerca—. Miren, si quieren me voy con ustedes a su casa. No se preocupen por la comida, yo paso comprando algo en el camino y comemos juntos, pero me interesa mucho que hablemos de eso.
Él volvió a mirar de reojo a su esposa. Ella disimuló un gesto de alivio, rápido, y le hizo una seña tajante con los ojos: ni se le ocurra.
—Se lo agradezco mucho, pastor —dijo él, manteniendo la calma—, pero hoy mi esposa necesita descansar. Dejémoslo para otro día. Voy a llegar a buscarlo a su oficina para que platiquemos de eso, con tiempo.
—Hecho. Lo voy a estar esperando, hermano. Prométame que va a llegar.
—Voy a llegar.
Afuera, el sol era demasiado fuerte para la hora. Los hermanos se repartían en grupos pequeños en el estacionamiento, con platos de cartón y abrazos de lado. La mujer del suéter verde pasó a pocos metros, del brazo de un hombre que no la miraba. Sonreía. Hablaba con una vecina y se reía con la boca, o quizá también con los ojos, y él ya no sabía distinguir. Sacó la libreta del bolsillo y no escribió nada.