Capítulo 2: "Desde la banca"
1
Pasaron dos semáforos sin que nadie hablara. Su esposa miraba la calle, con el bolso todavía sobre las piernas.
—Ese comentario del pastor —dijo al fin—. Te la tiene guardada desde lo del diaconado.
—Ya sé.
—Cada año que reestructuran, sale tu nombre. El copastor insiste.
—No puedo ser diácono si casi no vengo. Sería una hipocresía.
—El año pasado me dijiste otra cosa.
Él no apartó la vista del camino.
—¿Qué dije?
—Que todo se compra. —Ella se acomodó el cinturón—. Que el que quiere privilegio tiene que pagarlo.
—También es cierto.
—Puede ser. Pero no es lo mismo que hipocresía.
Él no contestó. El semáforo cambió y arrancó con más suavidad de la necesaria.
—Mirá a nuestra hija —dijo después—. Pone de su bolsa los materiales de la clase y los regalitos de los niños. ¿Por qué la iglesia no lo presupuesta?
—Porque no.
—Y vos con las ventas de comida. Te levantás a las cinco, ponés el trabajo y también la plata de los ingredientes, para venderles a los mismos hermanos.
—A veces la iglesia pone una parte.
—No debería poner nada ninguna de las dos.
Ella soltó una sonrisa corta, sin humor.
—En eso tenés razón. Pero no es solo esta iglesia. En casi todas pasa igual. Si no ponés de tu bolsa, no hay espacio para servir.
—Por eso se van.
—¿Quiénes?
—Los que se van. Casi nunca es por doctrina. Es por esto.
Ella no dijo nada. Metió la mano en el bolso, buscó las llaves de la casa y las apretó en el puño, aunque faltaban cuatro cuadras.
2
La hija los esperaba en el recibidor, con una pila de cartulinas y plumones en los brazos y el cabello recogido con un lápiz.
—¿Qué tal estuvo el culto?
Su madre dejó el bolso sobre la mesa del comedor y la besó en la mejilla.
—Dice su papá que usted compra el privilegio de ser maestra de escuela dominical.
La hija soltó una carcajada.
—¿Mi papá? Con todas sus ideas, usted debería mejor fundar una iglesia.
—No hace falta fundar nada. —Él se quitaba el saco—. Yo ya vi una distinta, cuando era chico.
—Ay, papá. Ya me tiene china con esa historia.
—¿Qué historia?
—La de la res. —Dejó las cartulinas en la mesa—. Que en su pueblo compraban una res con los fondos de la iglesia y la destazaban el domingo. Pero era un pueblo agrícola y el ganado era barato. Esto es la ciudad.
—Culto a las cinco de la mañana, y a las cinco de la tarde todavía estábamos ahí —dijo él—. Desayuno, almuerzo, cena, refrigerios. Todo el día juntos.
—Y las hermanas cocinando una res entera.
—Sí. Pero no ponían plata.
—Pero ponían el cansancio.
—Poner el cansancio es distinto a poner la plata. —Se sentó en la silla de la cabecera—. Y aquí termina el culto y la gente se dice "Dios le bendiga" y se va corriendo. Nadie platica con nadie.
—Papá, hoy nadie tiene ganado. La carne está carísima.
—No hace falta una res. La iglesia compra en el supermercado. Estas iglesias grandes recaudan suficiente en diezmos y ofrendas.
—Allá se regalaba todo. Aquí no se puede regalar.
—No pido que regalen. Pido que las que cocinan o preparan la clase no saquen plata de su bolsa.
La hija lo miró un momento, con las manos apoyadas en las cartulinas.
—Es fácil decirlo desde la banca, papá.
El comedor se quedó quieto. Él abrió la boca y la cerró. Su esposa, junto a la mesa, se puso a sacar los platos del escurridor, con más cuidado del que hacía falta.
—¿Qué hay de almuerzo? —preguntó él.
—Lo que dejé ayer —dijo ella, sin volverse.
3
Después del almuerzo la hija extendió sus cartulinas en el piso de la sala, con los plumones destapados y la lección de Jonás a medio dibujar. Su esposa se llevó una taza de café al cuarto. La puerta quedó entornada.
Él se quedó en la mesa del comedor. Sacó la libreta del saco, que alguien había colgado en el respaldo de la silla, y la abrió en la página del culto. Manos, temblor, ¿cuánto tiempo? Mujer, suéter verde, ¿llora? La pregunta seguía ahí, sin respuesta. Debajo, en una letra más apretada, había escrito Biblia contra el pecho, como escudo, y ahora la frase le pareció dura, injusta con un hombre que lo había buscado para hablar.
Pasó la página y no escribió nada.
Desde la sala llegaba el roce del plumón sobre el cartón. La hija dibujaba una ballena con la lengua afuera y le agregaba dientes, luego los borraba y los volvía a poner. Había un recibo doblado entre las cartulinas, de una papelería, y él alcanzó a leer el total sin proponérselo.
—¿Quiere que le ayude con algo? —preguntó desde la mesa.
—No, papá. Ya casi termino.
—Puedo cortar.
—Ya está todo cortado.
Él asintió, aunque ella no lo veía. Volvió a mirar la libreta. Bajo las costillas, la presión seguía en su lugar, y le pareció que ya no tenía que ver con la iglesia, aunque no habría sabido decir con qué.
Cerró la libreta. En la sala, la hija puso el último diente a la ballena y se quedó mirándola.