Capítulo 3: Afirmarse
La hija seguía mirando la ballena, con el plumón suspendido sobre el cartón.
—Y usted, ¿por qué está aquí en la casa? —preguntó él desde la mesa—. ¿No fue a la iglesia? A la otra.
—Fui. Pero me vine temprano.
—¿Pasó algo?
—Les ha agarrado por presionarme. —Dejó el plumón sobre la cartulina y se pasó la mano por la frente—. Que solo debo visitar una iglesia, de una sola denominación. Me dicen que soy como una hoja seca que el viento lleva para un lado o para otro. O una barca sin rumbo, que el mar lleva donde quiere.
—¿Y eso lo dijeron así, en su cara?
—En la cara, no. Hoy el pastor lo predicó, y todos se voltearon a verme. —Hizo una pausa—. Y no es solo conmigo. Hay otros que también andan en lo mismo, y a todos los miraron igual. Dijo que los cristianos tienen que afirmarse, y para él afirmarse es no pisar ninguna otra congregación.
Él frunció el ceño y no dijo nada.
—Yo pienso en lo que usted siempre me ha dicho —continuó ella, sin mirarlo—. Que todas las iglesias evangélicas con una doctrina parecida son el cuerpo de Cristo. Que no hay problema en visitar una o la otra. Pero allá no lo entienden.
Su esposa había vuelto del pasillo con la taza de café entre las manos. Se detuvo junto a la mesa.
—En cierta manera, el pastor tiene razón —dijo, con voz suave—. Uno tiene que afirmarse en una sola iglesia.
—El cristiano tiene que afirmarse en Dios —dijo él, girándose hacia ella—. No en una institución. No en una congregación.
Ella dejó la taza sobre la mesa. No fue un golpe, pero se oyó.
—Mirá, por todas esas ideas tuyas es que nos confundís. Antes nuestra hija iba tranquila a una sola iglesia. Ahora, con lo que le metés en la cabeza, anda visitando varias. —Hizo una pausa—. Y así me vas a terminar confundiendo a mí también.
La hija bajó la vista a la cartulina. Desde algún lugar de la calle llegó el ladrido de un perro, y nadie habló hasta que se apagó.
—Eso del ecumenismo no es bueno —dijo su esposa—. Eso es lo que nos va a llevar a la gran Babilonia.
—Ecumenismo es mezclar doctrinas que no concilian. —Él apoyó los antebrazos en la mesa—. Evangélicos con católicos, por ejemplo. Nadie está hablando de eso.
—¿Y entonces qué es lo que hace ella?
—Lo mismo que hacés vos.
Su esposa lo miró sin parpadear.
—Vos vas a la iglesia profética porque ahí recibiste la sanidad del cáncer —dijo él, sin alzar la voz—. En ninguna otra iglesia evangélica la recibiste. Y vas también porque te hiciste adicta a la profecía. Vos no lo ves como profecía, lo ves como una forma de adivinación. No podés vivir sin que te den una palabra.
—No es adivinación.
—Vas a la bautista por la doctrina y la predicación, porque los pastores se preparan bien y los bautistas cuidan la doctrina. No predican locuras como en otras partes. —Hizo una pausa corta—. Y vas a la pentecostal por el gozo. Decís que en ninguna se siente más que ahí, donde la alabanza es lo principal. La prédica no importa tanto, importa el gozo.
—Daniel...
—Todas son evangélicas, y ninguna entra en lo que vos llamás ecumenismo. La diferencia es que vos repartís tu fe por trozos, según lo que necesitás sentir, y a ella se lo reclamás cuando hace lo mismo.
La hija había dejado de mover el plumón. Ni siquiera levantó la cabeza.
Su esposa sostuvo la mirada un momento. Luego tomó la taza otra vez, aunque ya no humeaba.
—¿Y vos? —dijo—. ¿En cuál te afirmás vos?
—En Dios.
—Eso no es una dirección. —Habló bajo, sin enojo—. Yo por lo menos sé adónde voy el domingo.
Se dio media vuelta y entró al pasillo. La puerta del cuarto se cerró despacio, sin portazo, y eso fue peor.
Él se quedó con las manos abiertas sobre la mesa. En la sala, la hija pasó el plumón por el lomo de la ballena, una vez, y lo dejó otra vez quieto.
—Papá —dijo, sin volverse.
—¿Qué?
—Nada.