Crisis de Fe

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Capítulo 4: Siete bancas

Salió un domingo antes del amanecer. A su esposa le dijo que iba al pueblo a ver a un familiar, y era verdad a medias. Ella lo miró desde la cama, con la cobija hasta la barbilla.

—¿Vas a volver para el almuerzo?

—Creo que sí.

—Creo que sí no es una hora —dijo ella, y se dio la vuelta.

La carretera dejó atrás el concreto y los letreros luminosos, y poco a poco empezaron los paredones de tierra roja, los desvíos de polvo y los amates. Hacía casi diez años que no pasaba por ahí. Los kilómetros le salían más cortos de lo que recordaba, y eso le molestó sin que supiera por qué.

Estacionó a media cuadra de la plaza. El calor ya era el de siempre, denso, con olor a leña. La iglesia seguía en la esquina, con su fachada de cal y el letrero de madera rajado por el sol. Las puertas de cedro estaban abiertas. Eso lo sorprendió, y se quedó un momento en la acera, con las manos en las bolsas del pantalón.

Desde adentro llegaba un himno, cantado sin órgano y casi sin voces.

Entró por el fondo, despacio, y se sentó en la última banca. El santuario era enorme, hecho para doscientas personas. En las primeras bancas había siete u ocho ancianos, separados unos de otros por varios metros, como si cada uno hubiera apartado su propio lugar. Al frente, un hombre de camisa blanca descolorida dirigía el canto con una mano en el aire. Tenía el pulso flojo y llevaba el compás un poco tarde.

No había pastor. El hombre de la camisa blanca leyó un pasaje de los Salmos, dijo algo corto sobre la fidelidad de Dios y pidió que se levantaran para orar. Fueron tres minutos. Él también se levantó, con los ojos abiertos, mirando el cielo raso, donde seguía la mancha de humedad que de niño le parecía la forma de un caballo.

Bajo las costillas llegó la presión de siempre. Esperó a que fuera asco, y no lo era del todo.

Al terminar, los ancianos salieron muy despacio por el pasillo central. Una mujer pequeña, con un rebozo gris, se detuvo junto a su banca y lo miró con los ojos entrecerrados.

—Usted es el hijo de los de la tienda —dijo.

—Sí, señora.

—Y se fue a la capital.

—Hace mucho.

—Todos se fueron —dijo ella, sin reproche, como quien enumera el clima—. El pastor también. Dijo que le salió algo mejor.

—¿Y no han mandado a otro?

—Han mandado cartas. —Se acomodó el rebozo—. Aquí nos arreglamos entre los que quedamos. El hermano de adelante lleva el culto, y mi nieta me pasa a traer cuando le queda.

Él miró hacia el patio, por la ventana lateral. El árbol grande seguía en el mismo lugar, y debajo estaban todavía las piedras negras del fogón.

—Me acuerdo de los domingos —dijo—. De las reses. Del culto de cinco a cinco.

La mujer soltó una risa corta, seca.

—Las reses —repitió—. Esas las compraba la caja de la iglesia. Cada domingo, sin falta. Mientras hubo caja, hubo res.

—Era una iglesia generosa.

—Era una iglesia que no sabía contar. —Lo dijo sin enojo—. Cuando la gente joven se fue a la capital, las ofrendas bajaron, y la caja se fue vaciando. Primero dejaron de comprar res y compraron pollo. Después, nada. Después no hubo para el sueldo del pastor, y el pastor se fue. —Se encogió de hombros bajo el rebozo—. Nadie había puesto nunca de su bolsa. ¿Para qué, si la iglesia lo daba todo? Cuando dejó de darlo, no quedó costumbre de dar.

Él abrió la boca y no encontró qué decir.

—Pero bonito era —agregó ella, y empezó a caminar hacia la puerta—. Bonito era.

Se quedó sentado un rato más, hasta que el sacristán, que era también el que barría, empezó a apagar las luces del fondo.

Afuera, un primo lejano lo esperaba en la plaza, con un pan en la mano. Se saludaron con un abrazo torpe.

—Vine a ver el campo blanco —dijo él.

—Ya no hay nada que ver. —El primo masticó—. Lo cierran esta semana. Quedaron cuatro familias, y dos están pensando en irse a la ciudad.

—Yo vi bautizar ahí a medio pueblo.

—Todos se bautizaban entonces —dijo el primo—. Ahora ni los niños quieren venir.

Fueron igual, en el carro de él, por una brecha que se había vuelto más angosta. El campo blanco era un cuarto de adobe con techo de lámina y un patio cercado con alambre. La puerta tenía un candado nuevo, y en el suelo, bajo el alero, alguien había dejado una escoba apoyada contra la pared. Más abajo, entre los árboles, se oía el río.

No bajó hasta la orilla. Se quedó junto al carro, con la llave en la mano, mirando la escoba.

—¿Y qué va a pasar con el local? —preguntó.

—Lo van a vender, creo. O lo van a regalar. —El primo se encogió de hombros—. Nadie lo quiere.

Él asintió. No tomó notas. La libreta estaba en la guantera, y ni siquiera la sacó.

De regreso, a la altura de la gasolinera donde terminaba la tierra y empezaba el asfalto, paró y se quedó un rato con el motor encendido. Pensó en la mujer del rebozo. Pensó en su hija diciéndole «es fácil decirlo desde la banca». Pensó en que, en la versión que él había contado mil veces, la caja nunca se vaciaba.

Después arrancó. Llegó a casa pasadas las cuatro, con el almuerzo frío en la mesa y la puerta del cuarto entornada.




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