Crisis de Fe

5

Capítulo 5: La pausa

La oficina del copastor quedaba al fondo del pasillo de los salones de escuela dominical, entre un cuarto de limpieza y una puerta con un letrero de "Tesorería". Un martes por la tarde, la iglesia sin gente tenía otro olor, a cera de piso y café recalentado. Él había llegado diez minutos antes y esperó en el carro, con la libreta en el bolsillo del saco, hasta que le pareció que ya era demasiado tarde para arrepentirse.

—Pase, hermano, pase. —El copastor se levantó del escritorio antes de que terminara de entrar—. ¿Café? Le advierto que es de ayer.

—Así está bien.

Los diplomas colgaban en fila detrás del escritorio, tres de seminario y uno de una conferencia en el extranjero, todos con marcos iguales. En la repisa había una foto de familia y una taza con la frase Más que vencedores. El copastor sirvió dos tazas y se sentó, no detrás del escritorio sino en la silla de al lado, y eso él lo anotó mentalmente sin querer.

—Me tuvo con la duda toda la semana —dijo el copastor—. Crisis de fe. ¿Eso es lo que anda escribiendo?

—Todavía no escribo nada. Solo observo.

—Observar es el primer paso. —Sonrió—. Mire, yo le voy a ser franco. Eso es lo que más me preocupa de la iglesia hoy. La gente está fría. Los jóvenes se van a otras congregaciones, cuesta conseguir servidores, los cultos ya no tienen el fuego de antes. Yo creo que hay una crisis, y creo que usted podría ayudarnos.

—¿Ayudarles cómo?

—Un taller, quizás. Cuatro sesiones, una vez al mes. Usted tiene la cabeza para eso. Y si lo escribe, mejor todavía. Gente como usted hace falta aquí, hermano. De verdad.

Él sintió algo tibio subirle por el pecho, y lo reconoció antes de poder detenerlo. No era la presión de siempre. Era otra cosa, más vieja y más fácil de aceptar. Bajó la vista a la taza.

—No creo que sea eso lo que yo estoy viendo —dijo.

—¿Qué está viendo?

Tardó en contestar. Afuera, en algún salón, alguien arrastró una silla.

—Fui al pueblo donde crecí. Hace dos domingos. La iglesia está casi vacía. Quedan siete u ocho ancianos. No tienen pastor.

—Lamento escuchar eso.

—Antes les daban de comer a todos, el día entero. Y se acabó. —Hizo una pausa—. Aquí hay mil personas los domingos y no sé si es mejor.

El copastor no dijo nada. Giró la taza un cuarto de vuelta sobre el escritorio, con el asa hacia él.

—Hermano, con respeto —dijo al fin—. Eso que usted dice es fácil de decir.

—Ya me lo dijeron.

—¿Quién?

—Mi hija.

—Pues tiene razón. —No lo dijo con dureza—. Usted ve cómo suena un sermón desde la banca. Yo lo veo desde arriba, con el reloj del fondo marcando cuarenta minutos y la junta evaluando si las cifras subieron. Usted tiene el privilegio de dudar sentado. Si yo dudo dos minutos desde el púlpito, mañana tengo que explicarle a mi familia por qué ya no tenemos casa pastoral.

—No le estoy pidiendo que dude.

—No. Pero usted me mira como si ya supiera que lo hago.

Él sintió que el café se le enfriaba en las manos. Metió la mano al saco, sacó la libreta y no supo por qué.

—Anoto lo que veo —dijo—. Los domingos.

—Ya me lo imaginaba. —El copastor señaló la libreta con la barbilla—. ¿Yo salgo ahí?

Él dudó. Después abrió la página y leyó, sin mirarlo:

—Biblia contra el pecho, como escudo.

El copastor soltó una risa corta, sorprendida. Luego dejó de reír. Se miró las manos sobre las rodillas, y él vio, por primera vez, que le temblaban un poco.

—Me tiemblan desde hace como dos años —dijo—. Los domingos más. El médico dice que es nervios. —Cerró una mano sobre la otra—. La pausa antes del capítulo también la mido, sí. Si no la mido, me pierdo.

—Yo no le anoté eso.

—Pero lo pensó.

—Sí.

Se quedaron un rato sin hablar. El aire acondicionado soltó un zumbido y se apagó.

—Mire —dijo el copastor, ya sin nada de predicador en la voz—. Yo no sé si lo que usted anda buscando tiene arreglo. Pero si lo escribe, escríbalo con cuidado. Hay gente aquí que se aferra a esto con las uñas, y no todos pueden con una verdad entera.

—¿Eso es una advertencia?

—Es un favor. —Lo miró directo—. Y hágame otro: si va a anotarme, no me anote solo los domingos.

Él guardó la libreta sin responder.

En el pasillo, al salir, se cruzó con la mujer del suéter verde, que venía con un balde y un trapeador. Se saludaron con una inclinación. Lo hizo sin pensar, y ya en el estacionamiento, con la llave del carro en la mano, se dio cuenta de que no había sacado la libreta y de que la había visto.




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