Capítulo 6: La primera línea
La casa estaba en silencio cuando regresó. La luz de la cocina seguía encendida y dejaba una franja amarilla sobre la cerámica del pasillo. Su esposa y su hija ya se habían retirado a sus cuartos, y bajo la puerta de la primera no se veía luz.
Entró al estudio sin encender la lámpara del techo. Se quitó el saco, lo colgó en el respaldo de la silla y dejó la libreta sobre el escritorio. Se quedó un rato junto a la ventana. Afuera, las ramas de un árbol se movían bajo una lámpara pública que parpadeaba cada pocos segundos.
El temblor de las manos del copastor le seguía zumbando en la memoria. También la mujer del suéter verde con el balde, y la voz seca de la anciana del pueblo: Era una iglesia que no sabía contar. Todo lo que él había dicho hasta ahora había sido demasiado limpio, demasiado seguro, como si el desastre que diagnosticaba le quedara siempre del otro lado de la banca.
Se sentó. Abrió el cajón y sacó una hoja en blanco, de las que guardaba para cuando la pantalla le resultaba demasiado fría. Tomó la pluma.
Pasaron varios minutos. Sabía lo que no quería escribir: ni un panfleto de quejas, ni un tratado de teología abstracta, ni un cobro de cuentas con los pastores. Escribió una frase y la tachó. Escribió otra, y la tachó también, porque sonaba a sermón. Una tercera sonaba a él desquitándose.
Escribió despacio, con letra firme:
La fe casi nunca se pierde de golpe. Se gasta en los detalles.
La leyó bajo la luz de la lámpara. Era verdad, y le dolió un poco que fuera tan sencilla. La presión bajo las costillas se aflojó apenas, como una cuerda a la que le dan un dedo de holgura.
Siguió escribiendo. La letra se le iba volviendo más rápida y más fea.
Nadie abandona la fe un martes por un gran dilema teológico. Se va un domingo por la mañana, cuando el peso de aparentar se vuelve más grande que el de creer.
Hay una soledad peor que la del desierto: la de estar de pie en medio de un templo lleno, cantando a coro lo que uno ya no siente.
Aprendimos a responder «en victoria» para no tener que explicar que por dentro nos estamos cayendo a pedazos. Y a quien pregunta de verdad, le cambiamos el tema.
Se detuvo. Releyó la última y pensó en el diácono de las manos temblorosas, en cuántas veces habría respondido «bendecido» con la bolsa de terciopelo en las manos. Luego pensó en sí mismo, en el domingo en que le dijo a la gente que estaba bien y se fue a casa a no estarlo. Hubo un tiempo en que él también respondía así, desde el otro lado.
Tachó «aprendimos» y escribió aprendí. Después lo dejó otra vez en plural, porque la primera versión le quedaba cómoda.
Confundimos la fidelidad a Dios con la lealtad a un horario de servicios y a una lista de voluntarios.
A los líderes les perdonamos que se equivoquen en teología. Lo que no les perdonamos es que admitan que tienen miedo.
Dejó la pluma. En el pasillo crujió algo, la madera enfriándose o un paso, y esperó. Nada. Volvió a la hoja.
Lloramos por la iglesia de nuestra infancia, no porque fuera perfecta, sino porque éramos niños y todavía no sabíamos quién pagaba la cuenta.
Esa la escribió despacio, sin tachar. Se quedó mirándola. Era la que más le costaba, porque le hablaba a él, y porque la anciana del rebozo se la había dicho antes con otras palabras.
Afirmarse no es echar raíces en un edificio ni en una denominación. Es aprender a sostenerse de la gracia cuando el edificio se tambalea.
Aquí frenó otra vez. Había escrito «gracia» de corrido, como quien firma de memoria, y no estaba seguro de que fuera suyo. Pasaba lo mismo con la palabra «afirmarse», que su esposa le había devuelto como arma. Quizá era una frase buena y a la vez una frase cómoda. La dejó tal cual, con un pequeño signo al margen, para volver.
Miró la hoja entera. Eran siete u ocho líneas, ordenadas sin querer, con tachaduras y una letra que se desarmaba hacia abajo. No había ninguna respuesta. Eso lo inquietó y a la vez lo alivió.
Abajo, en el margen, escribió otra línea, pequeña, casi para él:
¿Y yo, en cuál de estas frases me escondo?
No la tachó. Tampoco apagó la lámpara. Se quedó sentado un rato más con la hoja entre las manos, escuchando la casa dormir.