Cristopher

CAPÍTULO 3: LA LOCA DE LOS GATOS

​-Mamá, Cristopher de nuevo escondió mi cepillo de dientes -me acusó mi hermanita Beatrice, plantándose frente a mí.

​Mi madre, Eleanor, rápidamente salió en su defensa:

​-Cristopher, devuelve el cepillo a tu hermana. Qué es eso de estar escondiendo las cosas.

​Es que ese cepillo debería permanecer solo en el baño de su habitación, pero lo veo por todas partes: en el mueble, por la cocina, lo he encontrado hasta en la mesa de la sala -repliqué con fastidio.

​-Tu hermano tiene razón, hija. Tienes que ser más ordenada. Ya tienes nueve y técnicamente ya no eres una niña pequeña.

​-Tengo ocho y técnicamente aún sigo siendo una niña pequeña -respondió ella cruzándose de brazos.

​-Tienes razón, pero estás a un día de cumplir los nueve; técnicamente ya pareces de nueve.

​-Pues, mamá, técnicamente sigo teniendo ocho hasta mañana. Cumpliré nueve, a partir de las diez y seis de la mañana, que fue el día en que nací.

​-Ah, hasta sabes la hora de tu nacimiento.

​-¿Cómo no voy a saberlo si me lo repites cada año? ¿Ya lo olvidaste, mamita bella? ¿Será que le puedes decir a Cristopher que me devuelva mi cepillo? Se ha vuelto muy peleón últimamente.

​-Cristopher, devuelve el cepillo a tu hermana.

​Está bien -le dije a mamá, y saqué del bolsillo de mi abrigo negro el cepillo envuelto en papel higiénico para dárselo a Beatrice.

​-Siempre haces lo mismo -me reprochó Beatrice haciéndome una mueca-.

Si vuelves a dejarlo por dondequiera, a la próxima lo botaré a la basura.

​-Ma, Cristopher me está amenazando. El cepillo es nuevo, no tiene ni una semana y me gusta mucho porque es de las guerreras mágicas.

​-No veo que tu hermano te esté amenazando, te está advirtiendo; no me parece lo mismo. Además, si no cuidas tu cepillo le pueden caer gérmenes y bacterias, y por eso es que después llegan las enfermedades.

​Mi hermana se metió al baño a lavarse la boca sin decir una sola palabra más.

​-¡Theo! -gritó mamá-. ¡Ya te dije que te despiertes! Cristopher, anda y despierta al dormilón, y lo puedes jalar de las patas por mí. Ya son las ocho y media de la mañana, y hoy tenemos cita con el dentista a las diez. Vamos a llegar tarde.

​Como usted ordene, mi jefa. Eso haré.

​Mis hermanos iban al dentista. Beatrice iba al odontólogo para revisar su boca, ya que sus dientes no estaban creciendo parejos y le iban a poner brackets. A Theodore también le colocarían aparatos, pero antes debían tratarle algunas caries y otros defectos. A mi mamá no le gustan los dientes imperfectos; yo también pasé por esa faceta cuando era más pequeño.

​Fui al cuarto de Theodore y lo jalé de los pies, tal y como ordenó mamá.

​-Déjame -protestó él, lanzándome una patada de karate que por suerte logré esquivar.

​Ya despierta -le exigí.

​Somos la familia Whitmore. Y la rutina en esta casa, al igual que las discusiones, molestias y reconciliaciones, son el pan de cada día.

​Mi papá, Thomas, hoy sábado salió temprano a trabajar. No suele trabajar los sábados, pero ayer viernes pidió permiso para poder estar presente en el velatorio y sepelio de nuestro querido vecino Edmund.

​Trajeron el cuerpo a las once de la mañana, lo velaron en la iglesia de los Mártires -a tres cuadras de nuestra casa- y lo sepultaron en el cementerio de Bakewell a las cinco y treinta de la tarde, el mismo cementerio donde enterraron a Wendy Sewell hace cincuenta años. Todos lucimos guapos y con ternos elegantes, mientras que las mujeres vestían con vestidos bonitos de color oscuro. Estuvieron muchas personas en el velatorio; a pesar de su adicción, Edmund era muy apreciado por la comunidad. En Inglaterra la tradición era velarlo y sepultarlo el mismo día por la tarde.

​Después de desayunar este sábado, agarré mi bicicleta para ir a visitar a mi amiga, una mujer mucho mayor que yo. Había cumplido setenta y dos años hacía una semana, mientras que yo había cumplido dieciocho hacía apenas quince días. La diferencia de edad nunca me había parecido importante, ni me interesaba lo que los demás pensaran de nuestra amistad. Yo la conocía muy bien; ella a mí, no. Estoy seguro de que pensaba que yo era un simple chico ingenuo sin verdaderos amigos y que por eso la buscaba para mantener una conversación madura.

​No tenía idea de todo lo que yo sabía sobre ella: cuánto había leído, cuánto había investigado, ni cuántas veces había repasado su historia hasta aprenderme los nombres de las personas que alguna vez formaron parte de su vida. Para mí era alguien importante; incluso podía afirmar que sentía más conexión con ella que con mi propia familia y amigos.

​Había aprendido de Emma muchos detalles que aparecían en los periódicos antiguos e información de internet. Su legado se recuerda mucho más en Noruega, porque ella vivió allá en su juventud; en Inglaterra muchos no saben ni quién fue en realidad. Los detalles de valor los encontraba en su rostro, en su forma de hablar, en sus gestos, en la manera en que movía las manos mientras conversaba y en aquella cordialidad que muchas veces no era más que una máscara. Había aprendido a reconocer su falsa cortesía, y también que una persona podía decir una cosa mientras su rostro decía otra.

​Cuando mis amigos descubrieron que Emma era mi amiga, me preguntaron si había enloquecido. Nadie cuerdo podía tener a una loca como amiga. Le decían la loca porque quería invitar a todo el que pasara para ser sociable, y al ser mayor, la tildaban de demente. La llamaban "la loca de los gatos" porque no regalaba ninguna cría y sus mascotas dejaban suciedades apestosas por todos lados; su casa entera olía a excremento.

​De cierto modo podía entender sus puntos de vista. Ellos no conocían su verdadera historia, solo su imagen exterior. Yo, en cambio, conocía a Emma por dentro.

​Quince minutos en bicicleta valían mucho la pena; para mí no representaban un desperdicio de tiempo, sino un espacio para relajar la mente mientras pedaleaba.




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