Crónica de las fronteras grises, libro 1: cocodrilo.

2-Cuervos.

Al día siguiente, cuando el sol iluminaba hasta el último rincón del universo con rayos que llegaban a los abismos más profundos.

Águila despertaba en su camastro, con la hermosa sensación de alivio que deja el llorar en una noche lo que se ha guardado en un año.

Es bueno que no solo los humanos tengan ese don; si fuera así, quizás no llovería.

Se incorporó mirando en derredor; la ventana cuadrada de la habitación sin pintar le dejaba entrar un poco del aire nuevo y limpio de la mañana.

Mientras se lavaba el rostro, mirándose como no queriendo en la lámina gastada sobre su buró que medio la reflejaba, recordó los ojos de la bruja serpiente; se preguntó si era malo que los seres de Fronteras soñaran, pues toda la noche soñó que esos ojos le contaban historias, como si el tan solo verlos pasaran miles de palabras ante ella y las guardara en su memoria.

-soñar- se dijo, -si se lo cuento a Búho no dormirá en meses, pegado a mi cama rodeándome de amuletos-; ella sabía que Búho la amaba (hasta para el perro amarillo guardián del portal era obvio, y eso que estaba como a tres kilómetros de distancia) y quizás Búho era correspondido, pero Águila jamás había conocido a otro ser como conocía a Búho; cuando llegaban aves jóvenes al templo no le hablaban y los otros seres de Fronteras no le agradaban; no sabía distinguir el amor del hambre, y lo extraño es que ella lo entendía.

Mientras Águila se hundía en estas cosas, Búho, que se levantaba muy temprano (solo dormía cuatro horas; una vez que le preguntaron por qué respondió: -para qué quiero dormir, hay mucho que hacer-), preparaba el desayuno. -si ella viera en mí lo que tanto le ve al mundo-, se decía desviando la vista hacia arriba, mientras con su mano derecha movía el guiso indistinguible de la olla en el fuego de la desgastada estufa.

-quizás Águila algún día entienda que yo puedo ser su mundo-; cerró los ojos apenas lo suficiente para quemarse unas veinte plumas poniendo la mano sobre el fuego; a veces era distraído, pero así pasa cuando te enamoras.

-¡me lleva el…!- no pudo terminar, pues en ese momento tocaron la pesada aldaba de metal en forma de gaviota del portón del templo.

-estos animales tan impacientes- se dijo Búho en su mente; -ya voy- agregó en voz alta, mientras se limpiaba las manos con una franela llena de grasa que había en la mesa.

Salió de la pequeña cocina junto a su habitación, que estaba debajo de la de Águila, detrás del altar; atravesó de prisa la larga bóveda del templo, mirando de reojo las columnas, buscando algún defecto o suciedad con la cual entretener el resto de su día. La flama eterna iluminaba todo el recinto con una luz azul profundo que, al no filtrarse el sol, daba el aspecto de luna llena en noche de abril.

-¡ya voy!- repitió molesto el Búho mientras retiraba el pesado seguro de metal del portón; -pero qué impacientes son…-; el rostro de Búho se quedó seco, se demudó su gesto, sus ojos se abrieron como platos (más bien platones) y dijo: -ustedes cómo se atreven a venir aquí-

Águila se puso su toga ignorando el hermoso (aunque algo borroso) reflejo de su cuerpo en la lámina; puso su emplumada mano en la perilla de la puerta y escuchó un estampido seco, como si hubiesen dado una palmada en la pared. Un mal sentimiento la invadió de pronto; salió rápidamente de la habitación y se escondió detrás del altar, donde había una puerta que llevaba al sótano del templo.

Al estar disimulada con el mantel rojo que cubría el altar, era muy difícil verla, pero Águila la encontró y abrió en menos tiempo del que le llevó pensarlo.

Se quedó sentada en la oscuridad de la larga escalera; al no ver absolutamente nada, su oído captó más sonidos y escuchó, entre los fuertes latidos de su corazón, que alguien removía todo el templo; -espero que no sea un gigante- se dijo, pero era absurdo, si fuera un gigante lo hubiera escuchado antes de que llegara al templo; sus pisadas lo habrían delatado.

-¿Dónde está Búho?- se preguntó angustiada.

-yo no la tengo-

Escuchó la voz de Búho como contestándole; una voz chillona y desagradable dijo:

-te mataré si no me la das, plumero del demonio-; -ni siquiera sé qué desean- le respondió Búho; -jamás escuché de una lágrima eterna-; se escucharon golpes secos y continuos. La pobre Águila ardía del coraje, pero no se movía, pues se dio cuenta de que estaban detrás del altar, a menos de tres metros de ella; había aprendido a controlarse.

Los golpes cesaron; se escuchó un leve sonido metálico, Águila supo que esa era un arma.

-no Mauro, no lo hagas, lo ocupamos vivo- dijo una voz similar a la primera; -Aldo tiene razón, se supone que hay dos guardianes en este templo, el otro guardián debe tenerla- dijo una tercera voz más calmada que las primeras dos.

-¡Aldo, Mauro, Marco, los cuervos! ¿pero qué quieren aquí?- dijo Águila para sí misma, extremadamente sorprendida.

Los tres cuervos hermanos, los delincuentes más peligrosos de Fronteras, nada ni nadie quiere tratar con ellos; los llaman pajarracos hijos de mala madre, no es raro que sean de los más ricos en Fronteras.

-escúchame, sé que estás en alguna parte- gritó el primero que habló, que debía ser Mauro, pensó Águila; -si quieres ver a este ratonero vivo, lleva la lágrima eterna al vertedero, mañana al anochecer-.

Todo quedó en silencio; Águila esperó aproximadamente una hora agazapada en la oscuridad, hasta que tímidamente empujó la pesada puerta detrás del altar.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, miró a su alrededor sorprendida; su hogar, el templo en el que había crecido, estaba completamente destruido. Se derrumbó sobre sus emplumadas rodillas, poniendo las manos juntas sobre su regazo, llorando abundantemente sin saber qué iba a hacer.

-¿Qué es una lágrima eterna?- se preguntó.

Un brillo enorme llenó todo el templo; un fuego azul profundo la envolvió sin quemarla y, de pronto, con un destello, estaba en sus manos la esfera de la flama eterna.



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En el texto hay: animales antropomorficos, brujas, un cazador

Editado: 19.01.2019

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