Águila era llevada por las calles del barrio sin nombre por la Bruja-Serpiente; el aspecto tan aterrador de esta le impedía preguntarle a dónde la llevaba. -en realidad- se dijo Águila, -a pesar de que la he visto siempre en su tienda, no sé quién es-.
Ahora que lo pensaba con calma, había sido muy extraño el hecho de que, al marcharse los cuervos con el Búho, ella apareciera.
Un coraje que Águila desconocía en ella afloró de pronto y le hizo cambiar su expresión de boba por una más segura.
Un pequeño gato blanco que jugaba con una bola de estambre en la calle miró a la extraña pareja y, por encima de sus orejitas, vio en la chamarra del Águila un ligero brillo; pasaban en ese momento por una tienda que vendía ratones de plástico.
El Águila, con los brazos en los costados, parecía una muñeca sin voluntad jalada del cinturón por una figura verde y oscura, que se veía más horrible a cada paso.
Muchos gatos que conocían a la Bruja-Serpiente, pensaban que se la iba a comer; así que un gato azul que estaba por los tejados, sin que nadie se diera cuenta saboteando las casas, observó la rara escena de una bruja vieja, enorme y encorvada, arrastrando con un lazo verde a un ave joven y, por alguna razón, deliciosa.
Todas las criaturas que estaban en ese momento en la calle, se juntaban a las paredes y puertas de las construcciones, pues la pareja comenzó a apestar y la calle, aunque concurrida, angosta y empedrada, pronto se quedó sola.
La Bruja-Serpiente lanzó un gran suspiro; enderezándose poco a poco, se hizo menos verde y empezó a recobrar su forma original.
Soltando a Águila le dijo: -disculpa que te tratara así, pero no sabes lo que les pasa a las aves en este barrio; siempre he pensado que los gatos se comen a las aves para ver si les pueden arrancar el secreto del vuelo-.
Estando separada de Águila por unos dos metros y de espaldas hacia ella, pudo sentir que tenía mucha inconformidad con lo que pasaba; Águila, molesta, se preguntaba qué secreto del vuelo guardaba, pues ella no podía volar.
-vamos, tenemos que irnos- apenas la bruja hubo avanzado dos pasos, Águila le dijo: -no me muevo de aquí hasta que no me diga a dónde vamos-. La bruja sonrió; no volteó, sabía que el espíritu de Águila era fuerte.
No respondió; Águila, enojada, gritó: -¿Por qué me sacó del templo? Estaba mejor ahí; de haber sabido que me metería en este matadero me hubiera quedado en mi hogar. ¿Quién se cree para sacarme y llevarme quién sabe dónde con solo unas palabras como garantía?-
La bruja, en un parpadeo, se movió hasta ella y, acercándose a su rostro, le preguntó: -¿Cómo rescatarás a tu amigo si no sales de tu templo?-; se separó un poco y dijo: -como bien dijiste, de saber a dónde venías te hubiera dado miedo-.
Con todo esto, Águila se había olvidado de Búho; se sintió miserable, pero aun así preguntó: -¿A dónde vamos?, ¿por qué me ayudas?-. La bruja le contestó: -iremos a ver a un cazador-.
El gato azul no se había movido; a pesar de ser Fronteras un lugar extraño, no se veía seguido a una bruja, así que aguantó la peste y escuchó.
Cuando oyó decir “un cazador”, sus ojillos se abrieron sorprendidos y, saltando de casa en casa o de basura en basura, es igual, se fue hacia el noroeste.
-¿un cazador?- preguntó Águila; -¿para qué quiero un cazador?- agregó un poco más molesta.
-este cazador conoce mejor que nadie a los cuervos y sabe cómo enfrentarse a ellos- le dijo la Bruja-Serpiente, mientras levantaba la vista para ver una rápida y delgada sombra que tapó por un momento la luna; en las noches del barrio sin nombre siempre había luna llena, con excepción de su día de año nuevo, que no coincide con el año nuevo humano.
La bruja echó a andar, seguida de cerca por el Águila; de pronto cayó en una profunda meditación y, caminando en silencio, se dijo: -conozco a ese gato, seguro fue a avisar a los cuervos-.
Volteando a ver a Águila, que no pensaba en otra cosa más que en conocer a ese cazador, la bruja se preguntó: -¿Por qué le dirán barrio sin nombre?, el nombre que le elegí era muy bello-.
Águila de pronto habló un poco agitada, pues la bruja sin darse cuenta había empezado a caminar muy rápido: -¿confías en ese cazador?-.
La bruja por fin volteó a ver a Águila y le contestó un poco apurada: -¡por cierto!-; la tomó de los hombros y, agitándola de atrás para adelante, agregó: -¡nunca le digas gorila pelón!-.
Águila se quedó muda y por unos segundos solo se escuchó el ruido de los grillos violinistas, seres diminutos que se pueden encontrar por todo Fronteras.
De pronto Águila, sin aviso, comenzó a reír sin control hasta que terminó en el piso de piedra; la Bruja-Serpiente, sorprendida, se quedó en la misma posición y, bajando sus brazos, echó a andar en dirección suroeste. Águila se levantó aún riendo y preguntó: -¿Qué pasa si le digo así?-.
-solamente el cuervo Mauro lo ha hecho- le contestó la bruja sin detenerse ni voltear.
Águila volvió a preguntar, al no entender la escueta respuesta: -¿y qué pasó?-.
La bruja, volteando solo la cabeza, dejando ver su verde perfil a la luz de la luna, le contestó a una cansada y desorientada Águila sin dejar de avanzar: -a Mauro le falta el ojo derecho-.
-No le diré gorila pelón por nada del mundo- dijo Águila, echando a andar muy seria ante la sonrisa divertida de la Bruja-Serpiente.