Águila solo distinguió una luz en el fondo de lo que a ella le pareció una escalera; a ambos lados se podía sentir un espacio abierto, como si estuvieran al aire libre, pero no veía nada.
De pronto, sin darse cuenta, ya estaba rodeada de luz; sus ojos tardaron en acostumbrarse y, mientras lo hacían, pensó que el camino había sido extrañamente largo.
-bruja, te estaba esperando; es difícil encontrar gente de confianza en estos días, necesito un favor de tu parte- escuchó Águila que una voz grave, pero cálida, decía.
Aún no podía distinguir nada; cuando pudo ver, observó una habitación amplia y alta, pintada de azul, con un foco como iluminación, llena de artefactos extraños de metal y vitrinas con ojos de diferentes seres de Fronteras; la cama que estaba desordenada, en la que había un par de jóvenes y bellas gatitas, delataba los hábitos y descuidos de este tipo.
Estaba el cazador, como era llamado, sacando un tubo de papel pequeño y rugoso que puso en su boca y, mientras se sentaba en la silla junto al escritorio frente a la cama, invitó a sentarse a la bruja y a Águila en los sillones que estaban detrás de ellas, mientras les decía a las gatas recostadas en la cama: -niñas, hora de irse-.
Las gatas se levantaron lentamente ronroneando, besaron al cazador una después de la otra y, sin decir nada, se dirigieron a la puerta mirando con algo de desprecio al Águila, que no se había sentado; la segunda gata, antes de salir, le tiró una mordida que Águila apenas pudo esquivar; -¡niña!- levantó la voz el cazador, -los amigos de la bruja son sagrados-.
La gata, asustadísima, cayó sobre sus rodillas y salió gateando; la mirada que le lanzó el cazador le hizo recordar algo; el miedo que sentía era insoportable.
Águila no se había espantado, pero esa mirada le hizo interesarse en el personaje que, con un pequeño palo con fuego en la punta, encendió el tubito de papel que tenía en los labios; el humo que salía de él tenía un olor desagradable.
El sombrero del cazador era azul y la pluma en el lado derecho parecía de un ave negra como el alquitrán; sus ojos, pequeños e intensos, eran negros color azabache, se veían tranquilos y limpios, demasiado diferentes a hace un momento.
Tenía puesta una camisa blanca de mangas largas, con rayas verticales negras, pantalón negro sencillo y zapatos del mismo color; era extraño que un ser de Fronteras, cualquiera que fuera, tuviera todo su cuerpo cubierto por ropa.
La sombra del sombrero impedía ver otra cosa de su cara que no fueran sus brillantes ojos negros.
-algún soplón ya te habrá dicho que tengo problemas con el maldito sapo verde- empezó a decir el cazador a la Bruja-Serpiente; -siéntate, muchacha- agregó dirigiéndose al Águila, desviándose de pronto del tema.
La Bruja-Serpiente levantó su mano mostrándole la palma al cazador; él conocía muy bien a la bruja y sabía que, si en los próximos minutos decía algo, lo podría despojar de su vida.
-Águila, siéntate- dijo en un tono que no admitía réplica; el cazador y la bruja se quedaron callados, mientras Águila se sentaba y la bruja bajaba su mano; era como si, a lo lejos, la bruja controlara al ave.
El cazador recordó de pronto lo primero que la bruja le dijo, hacía ya mucho tiempo: “no le demuestres a nadie tu verdadera fuerza, no le demuestres a nadie tu verdadera inteligencia”; a veces se le olvidaba que la bruja jamás le había mostrado a nadie quién era realmente.
Águila, por su parte, se preguntaba: -¿Qué es esta bruja?, no es lo que parece-.