El cazador y la bruja voltearon a ver a Águila; ella, apenada, tapó su rostro con las manos.
El cazador volteó a ver a la bruja mientras le decía: -recoge tu basura, no me ensucies el cuarto-. Águila lo miró muy enojada, mientras la Bruja-Serpiente se reía; Águila se levantó, sacudiéndose las plumas, y se sentó de nuevo, todavía enojada.
-¿Y a todo esto quién es ella?- preguntó el cazador al ver la cara de coraje del ave; -es una de los guardianes del templo frente a mi tienda-.
Ahora fue el cazador el que rió; -¡cómo eres sacrílega!- exclamó; -¿trajiste a una monja a mi infierno personal solo porque sí? Esto va a ser muy bueno; pero ya déjate de tonterías y dime qué quieres-.
Águila se sorprendió; ese extraño ser frente a ella había pasado de la risa a la más profunda seriedad en unos cuantos segundos; la verdad, estaba un poco espantada.
Quiso saber por qué la llamó monja y a qué se refería con su “infierno personal”, pero no dijo nada, pues aún estaba molesta.
-necesito que ayudes a esta ave a encontrar a su amigo, un búho que fue secuestrado por Mauro-. La bruja, sin esperar la obvia respuesta del cazador, agregó: -si la ayudas, mataré al sapo-.
El cazador se levantó gritando: -¡no quiero que lo mates! Eso lo pude haber hecho yo hace años-.
Al levantarse dejó ver un poco de su rostro a Águila; era completamente liso y sin ningún cabello; se notaba una parte de su nariz y sus labios; Águila no supo explicarse la clase de animal que era, jamás había visto otro igual.
-solo quiero saber cómo consiguió mis fórmulas y hacer que trabaje para mí- agregó, dándose la vuelta y sacando una botella de un cajón de su escritorio.
-¿fórmulas?- preguntó Águila sin entender; no fue escuchada por ninguno de los dos extraños seres frente a ella. -él preferiría morir antes de trabajar para ti- dijo la bruja de pronto, sin ninguna expresión en el rostro.
-¡Pues entonces yo lo mataré, que no me falta con qué hacerlo!- volvió a gritar el cazador, dándose bruscamente la vuelta, tirando la botella al piso, que explotó en mil pedazos; cayendo un poco de su líquido en el dorso de la emplumada mano de Águila, ella por curiosidad lo probó y el sabor le causó tanta repugnancia que solo pudo decir: -¡qué asco! ¿Qué diablos es esto?-; -se llama alcohol, los humanos lo inventaron- le respondió el cazador con voz orgullosa; -le robé la fórmula de eso y del cigarro a un humano loco que apareció en Fronteras-.
Águila solo lo miró con desprecio mientras se decía en su mente: -¡pero qué tipo tan desagradable!-. Aunque no hacía falta que dijera nada, su cara lo decía todo.
-En fin, no importa- dijo la bruja; –la ayudarás y yo te cumpliré el deseo que quieras-. El cazador, después de un largo silencio, dijo: -no-.
La Bruja-Serpiente, molesta ya de tanta necedad, se levantó y, haciéndose más alta, se acercó al cazador gritándole a la cara: -¡no entiendes todo lo que depende de esto!-; -¡eso le dijiste a Gato Café y tuvo que largarse corriendo!- respondió el cazador, levantándose y poniendo un pie detrás del otro, cubriendo su cara con el antebrazo derecho y sosteniendo un pesado y enorme cuchillo en su mano izquierda.
Águila estaba paralizada del susto; solo podía ver la enorme espalda de la Bruja-Serpiente y la mitad de la cara del cazador; aunque no podía ver el cuchillo que este sostenía, la mirada intensa de sus ojos y sus dientes descubiertos le hacían temer mucho por su propia seguridad.
-¡no me culpes por lo que hizo el gato! Yo no lo obligué a nada- le contestó la bruja; -lo presionaste para que aceptara, ¡él era mi único amigo!- le gritó el cazador, cambiando rápidamente de mano su cuchillo y sacando de quién sabe dónde otro; ahora tenía uno en cada mano.
-¿Tú le llamas amigo cuando te llenaste de fama por su destierro, convertiste su restaurante en un matadero y su barrio en el retrete de Fronteras? No mereces llamarlo amigo, maldito gorila pelón.- le dijo la bruja, burlona.
Esto fue suficiente para el cazador, que se lanzó con movimientos felinos hacia la cara de la bruja; ella, con una rapidez impresionante, volteó su cara hacia Águila y le dijo: -no te muevas-. Y antes de que se diera cuenta el cazador, estiró su brazo hasta el techo y rompió con su verde puño el foco; al quedar todo a oscuras, le fue imposible a Águila ver algo; solo escuchaba golpes metálicos secos y constantes a lo largo de toda la habitación. Lentamente, sus ojos se acostumbraron lo suficiente como para distinguir dos sombras; una que parecía de goma, pues se estiraba más de lo que era físicamente posible para intentar golpear a la otra, que parecía por instantes disolverse en el resto de la oscuridad profunda; pero, cuando se acercaba a la sombra más grande, que debía ser la bruja, pensó Águila, esta la arrojaba al otro lado de la habitación, para que, después de un largo e inquietante silencio, comenzaran otra vez; así estuvieron mucho tiempo, una eternidad para Águila.
De pronto la sombra más pequeña estaba frente a Águila y desapareció de la misma manera repentina; Águila entrevió enseguida, en medio de la oscuridad, que algo se acercaba; por el sonido que hacía al romper el viento, debía ir muy rápido, se dijo Águila; era el puño cerrado de la bruja.
Águila, por instinto, cerró los ojos, pero los volvió a abrir al no sentir el impacto en el rostro, como ella lo esperaba.
Águila ahogó un grito; se vio dentro de una esfera de fuego azul que resplandecía débilmente, pero lo suficiente para ver que el cazador trataba de tocarla, quemándose levemente los dedos cada vez que estos se acercaban a la esfera.
La bruja, por su parte, se hacía de su tamaño normal mientras su brazo volvía a pegarse a su cuerpo.
Águila, curiosa, preguntó: -¿Qué es esto?-; -la lágrima eterna- dijo la bruja.
El cazador volteó a ver, muy sorprendido, a la bruja y exclamó: -¡ya entiendo!; entonces te ayudaré a buscar a tu amigo, aunque esté en el fondo del mar- agregó el cazador, dirigiéndose a Águila, realmente convencido.