Búho, a pesar de lo que se podría pensar al verlo tan aparentemente frágil y de naturaleza tímida, era por las noches un peligroso enemigo; sin mencionar su extrema sagacidad venida de su recia costumbre de relacionar casi todo con el ajedrez.
Los cuervos arrastraron a Búho por todo el barrio sin nombre a plena luz del día, burlándose de él y golpeándolo. Mauro, el mayor, iba tranquilo; miraba con desprecio a todo gato o ser que se atrevía a mirarlos.
Marco jalaba a Búho de una cuerda que lo rodeaba. Aldo, por su parte, le preguntaba de vez en cuando mientras lo pateaba:
—¿Dónde está la lágrima eterna?—.
Búho, muy serio, no respondía; pues estaba metido de lleno en sus pensamientos, recordaba con algo de dolor las cosas que a Águila le había ocultado desde que la conoció; como la inmensa catedral debajo del templo y los grabados que solo contaban una parte insignificante de la verdad.
Una patada en la cara lo sacó de su pasado.
—Nos vas a decir dónde está la lágrima eterna o te desplumo— le dijo Aldo.
Los ojos grises de Búho brillaron como los de un demonio, como única respuesta para el cuervo. Este, sin saber por qué, retrocedió asustado, pero la mirada de su hermano Mauro lo hizo volver a su lugar.
Iban marchando tranquilos, pues nadie se atrevía a enfrentarlos; a pesar de que Búho era ampliamente conocido en el barrio sin nombre. Así las cosas, hicieron la mitad del camino sin ningún contratiempo.
Al llegar a una encrucijada que se partía para los cuatro puntos del barrio, Mauro paró de pronto, mirando hacia el mar de sal que se encuentra en el sur. Mauro no llevaba sombrero como sus hermanos y siempre tenía su ojo derecho cerrado; casi nunca decía nada.
Cuando llegaba a decir algo, lo único que salía de su pico eran palabras crueles o duras. Mauro, como ya dije, era el mayor de los tres y no recordaba nada de sus padres o de su infancia, pero les mentía a sus hermanos haciéndoles creer que sus padres habían muerto en un accidente en la playa del mar de sal y que siempre los amaron mucho; quizás eso era lo único bueno que había hecho en toda su vida.
Marco era el de en medio, extremadamente serio y reservado; los seres de Fronteras contaban que había matado a muchos humanos, aunque jamás hablaba de eso con nadie.
Aldo era el menor y casi siempre estaba riendo; era un ser de alma degenerada y podrida; mejor será no meterse en sus costumbres.
Búho levantó su cabeza de la tierra del camino al ver el primer gesto de ser sensible en Mauro; pensó:
—¿Será que este monstruo le teme a algo?—
Mauro temblaba y apretaba sus emplumados nudillos, víctima de un gran odio. Aldo se encogió un poco, lleno de miedo, y volteó a ver a Marco muy preocupado. Su hermano no había cambiado su gesto de indiferencia y, tranquilo, le dijo a Mauro señalando a Búho:
—Hermano, recuerda que esto es más importante que vengarte de ese salvaje—.
Mauro no respondió y volteó a ver a su hermano con ambos ojos abiertos. Búho se estremeció de asco, pues la cuenca vacía de su ojo se veía aún sangrante y oscura por alguna razón; no había dejado sanar esa herida y, aunque sus plumas lo disimularan, tenía una larga cicatriz desde su cabeza hasta el pico.
—Voy a matarlo, aunque sea lo último que pueda hacer— le dijo a Marco mientras caminaba a su izquierda y tomaba la calle que va al vertedero.
Búho empezó a reír y dijo:
—Este ave un día va a matarlos solo porque sí—.
Aldo saltó sobre Búho y lo golpeó lo más fuerte que pudo:
—¡Nuestro hermano jamás nos hará daño, oíste plumero!—
Búho no escuchó, pues se había desmayado. Marco, después de un suspiro de fastidio, siguió los pasos de Mauro; en su interior sabía que Búho tenía razón.