Cuando búho despertó era noche cerrada; estaba junto a los cuervos sobre una gran plataforma cuadrangular que bajaba.
De vez en cuando los captores de búho bostezaban; el hecho de ver a los cuervos tan tranquilos lo hizo confundirse. Los había oído decir que irían al vertedero, pero no sabía bien a bien dónde quedaba; de hecho, nunca había oído hablar de un vertedero.
Búho se atrevió a preguntar, humilde pero digno:
—¿Qué es el vertedero?—
Aldo comenzó a reír de manera escandalosa y dijo:
—Nuestro mejor negocio—.
Marco le golpeó la cabeza y le gritó:
—¡El plumero no tiene por qué saber eso!—
—Me llamo búho, si es que les importa— dijo búho, aunque nadie le contestó.
Las estrellas estaban brillantes y hermosas en el cielo despejado; búho suspiró tranquilo y abrió sus enormes ojos, que brillaron al reflejo de las estrellas. Podía ver en las noches como si fuera de día; ese era su don.
Lo que vio le sorprendió.
A su derecha, como a cien metros, había una montaña enorme, pero negra, cual si fuera de azabache; los árboles parecían brillar, se veía tenebrosa.
A su izquierda, para su sorpresa, estaba a una gran altura la iglesia de la flama eterna, que se lograba ver gracias a que no había nubes.
Frente a él, una enorme construcción cúbica de un color extraño; detrás de ella había un enorme lago cuya niebla no dejaba ver más allá, todo bajo los ojos pacientes del cielo profundo cubierto por la noche.
Lentamente el sol empezó a subir en el horizonte y le dejó ver al búho un enorme complejo color rojo y desgastado en sus paredes, con cientos de gatos trabajadores de colores diversos; los había visto ya en la oscuridad de la noche, pero, aturdido como estaba, pensó que eran parte de su imaginación.
Poco a poco fueron acercándose a un ruido infernal. Los gatos, que se veían cansados y sucios, jalaban enormes cubos de basura que ponían en una banda sin fin, al lado derecho del centro del edificio, en donde había una larga cortina corrediza de metal; luego desaparecían detrás de la fábrica para, después de un rato, la cortina de acero, de varios metros de alto, se abría dejando salir un enorme camión con basura inmensa, ya fueran latas, cajas o botellas, y las llevaban al barrio sin nombre.
Los gatos pagaban un alto precio por esas improvisadas casas, que eran tan frágiles e inseguras que tenían que cambiarlas cada tres años aproximadamente.
Era irónico que la mayoría de los gatos que estaban trabajando ahí lo hicieran solo por terminar de pagar esas casas; muchos de ellos tenían el dicho:
—No puedes vivir sin ellas, pero en ellas vivir no puedo—, refiriéndose a que jamás las terminaban de pagar.
Todo esto vio búho al mismo tiempo que el cazador se desmayaba en la iglesia de la flama eterna después de atravesar todo el barrio sin nombre con águila en sus brazos.
—¿Qué es lo que hacen aquí?— preguntó de nuevo búho, refiriéndose a los gatos que trabajaban, pero nadie le contestó.
Le pareció extraño que, al bajar de la plataforma de metal detrás de los cuervos —que a este punto lo trataban como una maleta o un sombrero, es decir, como una cosa—, vio sonreír a casi todos los gatos que hacían su pesado y mal pagado trabajo.
Él también sonrió, pues se imaginó que los gatos llegaban a ser más felices en su humilde condición que los mismos dueños de esa esclavizante fábrica; pues, fuera de la sonrisa demente de Aldo, Mauro y Marco no sonreían.
Es extraño que los seres más felices del universo no sean los que viven en palacios.
Los cuervos, con el búho detrás, caminaron en línea recta desde la plataforma hacia una pequeña puerta al lado derecho de la gran cortina de metal.
Todos los gatos pararon un momento y miraron a las cuatro aves con desdén; búho se preocupó de que pensaran que era amigo de los cuervos, pero las cuerdas alrededor de su cuello y brazos despejaban esa duda.
Entraron seguidos de las miradas feroces de los trabajadores y de Aldo, haciéndoles una seña obscena; cerró la pequeña puerta.
Frente a ellos había una larga y alta escalera de metal que terminaba en una puerta elegante de madera en un nivel superior de la fábrica.
Debajo de la escalera salían las enormes casas a descargarse directamente a los camiones desde una banda sin fin; el ruido era insoportable.
Subieron las escaleras lentamente y sin detenerse; de vez en cuando Marco jalaba a búho para evitar que tropezara.
Al lado izquierdo de la puerta había unas cuantas ventanas con persianas del mismo color que la pared de la fábrica, razón por la cual el búho no las notó antes.
Alcanzó a ver dos sombras detrás de las persianas: una fornida y quieta, sentada en una silla —supuso búho, pues solo se veía la mitad de su cuerpo—, y la otra delgada e inquieta, dando vueltas dentro de la habitación.
El cuervo Mauro entró a la pequeña oficina, sorprendiendo al administrador de la fábrica, un perro distinguido —con sangre, me parece, de pastor alemán— vestido con un gastado overol azul, y a un gato de color azul que estaba parado frente al escritorio del perro administrador, que se llamaba…
—Bingo— dijo el cuervo Mauro al perro—. ¿Qué hay de nuevo?—
Y mientras se sentaba en una silla cerca del escritorio, abrió una botella de tequila que traía consigo y agregó:
—¿Qué noticias hay de nuestros negocios?—
Mientras él hacía esto, sus hermanos habían aventado al búho en un rincón y se habían colocado a la derecha e izquierda de su hermano.
—Bien— dijo el perro, agachando sus antes puntiagudas orejas—. El cazador se tragó el cuento de que el sapo robó sus mercancías—.
Y puso su cara en el escritorio cual si fuera un perro regañado; pero sus ojos demostraban otra cosa: era un odio inmenso el que tenía a esos cuervos, especialmente a Mauro.
Este odio no había pasado desapercibido para Mauro, pero lo dejaba ser; solo él sabía el porqué.