El gato azul transpiraba copiosamente y, temblando, habló:
—Vi a la bruja serpiente acompañada de un águila; iban a buscar al cazador—.
Búho y los cuervos se sorprendieron. Búho dijo:
—Águila con la bruja—.
Todos lo voltearon a ver. Aldo se acercó a búho y, poniéndole el arma en la cabeza, le preguntó:
—¿Conoces a esa ave?—.
Búho entendió que había cometido un error y no dijo nada. Marco le dijo a su hermano Aldo:
—Cálmate, quizás es su compañera en el templo—.
—Gato azul— dijo mientras Aldo se alejaba de búho y guardaba su arma—, ¿eso es todo lo que oíste?, ¿cuándo fue eso?— preguntó sin moverse ni cambiar de gesto.
El gato azul dijo, después de un suspiro de alivio:
—Anoche, justo después de que salió la luna; estaba poniendo los corrosivos en las casas—.
Los cuervos se sorprendieron y Aldo, dando un salto hacia la silla en la que estaba Mauro, dijo:
—Eso fue justo cuando llamamos a los rastreadores—.
Mauro lo miró duramente, cosa que hizo que Aldo se encogiera en sí mismo y se quedara callado.
Búho se preguntó cuánto había permanecido inconsciente, pues él no recordaba a ningún rastreador; de hecho, no sabía qué era eso.
Los cuervos habían tardado el doble de tiempo que normalmente se tomarían en recorrer el barrio sin nombre. El perro Bingo se preguntó si ese búho era difícil de atrapar, pues no se explicaba la tardanza de los cuervos.
Marco, después de una larga pausa, le dijo al gato azul:
—Tu información es valiosa—.
Antes de continuar, Mauro lo interrumpió; sacando rápidamente su arma, dijo:
—Pero no nos satisface—, y le disparó al gato en la frente.
El perro y búho se espantaron; los cuervos ni se inmutaron. Aldo dijo riendo:
—Qué coincidencia—.
—Sí— respondió muy serio Marco—, es como planeamos—.
—¡El destino lo quiere así!— agregó Mauro; guardando su arma y dándole un gran trago a la botella de licor, terminó diciendo:
—Esta noche se acabará, estoy seguro—.
Bingo y búho, está de más decirlo, no entendieron nada. Bingo, a pesar del miedo, preguntó:
—¿Por qué mataron al gato?—.
Marco le contestó:
—No queremos que nadie sepa lo que aquí se habló; no sería coincidencia que el cazador decidiera no venir, es mejor darle una sorpresa—.
Aldo soltó una espantosa carcajada diciendo:
—¡Una gran sorpresa!—