Águila y el cazador caminaban tranquilamente, con el atardecer a su costado, hacia el barrio sin nombre.
El cazador cargaba una pequeña y pesada mochila con cosas tan diversas como extrañas; cuando preparaba el equipaje, águila había preguntado qué llevaría ella, el cazador no contestó, solo le arrojó una mochila grande, liviana con cobijas y cuerdas.
La mochila del cazador hacía un ruido metálico y casi imperceptible cada vez que caminaba; iba callado, metido hasta el cuello en sus pensamientos.
Águila se dijo por dentro:
—¿Quién es este ser?, no hemos dormido casi nada y está fresco como una lechuga—.
Dieron la vuelta en el mismo sitio en que lo hicieran los cuervos: la encrucijada del barrio sin nombre, aquella que servía como punto de partida para casi todos los gatos que ahí vivían.
Aun a esa hora, el camino se encontraba muy transitado, pues era la hora en que los gatos iban o venían de sus trabajos.
Águila notó que, a pesar de sus gestos extraños, sus ojos tenían un brillo de inusual esperanza; se preguntó si los ojos del cazador brillaban igual, miró, pero el sombrero no le dejó ver su cara.
Así caminaron hasta llegar a un lugar árido y solitario. De pronto el cazador paró y miró a su derecha; águila lo observó, impaciente.
El cazador, sin hacer caso de la molestia de águila, siguió caminando sin decir nada.
—¿Qué viste?— preguntó águila.
—Creí oír algo— respondió él.
Águila ya no preguntó; supuso que no obtendría una buena respuesta.
—¿Qué es eso?— dijo águila mirando hacia la derecha; se refería a la montaña que aún se veía lejos, separada de ellos por un largo barranco.
—La selva de azabache— respondió el cazador, andando un poco más rápido.
Ya había comenzado a oscurecer; águila tenía miedo, pues no estaba acostumbrada a los ruidos del campo abierto. Por instinto trató de abrazar al cazador, pero este la empujó, confundiéndola, pues era la primera vez que la trataba así.
El cazador solo pensaba en qué iba a hacer, pues siempre lo dominaban los nervios antes de enfrentarse a alguien, y los dominaba obligando a su mente a sumirse en la tensión.
El cazador empezó a caminar extremadamente rápido; águila apenas podía seguirlo, pero no le importó mucho, pues alcanzaba a ver una enorme y alejada plataforma de metal que brillaba a la luz de las estrellas.
Pararon ante una pequeña casita de madera a orillas del barranco; el cazador se quedó mirando un largo rato y entró, era como si ya antes hubiera estado ahí.
La casita era muy pequeña, sin ningún mueble; se veía frágil y quizás a punto de caerse. El cazador se hincó y, con su mano izquierda, recogió una bola de pelo gris; la observó largo rato y, quitándose la mochila, empezó a hablar consigo mismo, caminando de un lado a otro con la bola de pelo en la mano.
Águila miraba todo esto sin entender qué pasaba, pero no le preguntó nada al cazador, pues sabía que no obtendría respuesta.
—Quizás debo de tomar esto en cuenta; este lugar hace tiempo que quedó fuera de servicio y aun así parece que estuvo ocupado hace algunas horas— dijo el cazador, saliendo de la casita sin dejar de ver la bola de pelo.
—¿Qué es este lugar?— preguntó águila.
—Era una casa de rastreadores— le contestó el cazador, que ya se había olvidado de ella.
Cuando volteó a verla después de decirle esto, se quedó callado y sacó un cuchillo enorme de la parte de atrás de su cinturón; lo sostuvo a la altura de su cintura, con el filo en dirección de su cuerpo. Águila se asustó bastante; trató de correr, pero el cazador le susurró:
—No te muevas—.
Águila se quedó quieta.
—Si te mueves te atacará—.
Águila abrió los ojos sorprendida y en el mismo volumen preguntó:
—¿Quién, quién me va a atacar?—
—No preguntes y da la vuelta lentamente; cuando te diga “ya”, corres—.
Águila asintió y dio la vuelta. Como esperaba el cazador, una sombra se movió en lo alto de los árboles que estaban a la izquierda de la casita de madera; sonrió levemente, apretó el puño de su gran cuchillo y gritó:
—¡Ya!—
Justo después de saltar lo más fuerte que pudo, águila corrió lo más rápido que le dejaron sus piernas; de pronto escuchó un golpe seco a sus espaldas y cayó de bruces, pues algo la había empujado. Cuando volteó, el cazador tenía bajo su cuchillo a un extraño animal oscuro que se revolvía furioso en el piso.
—Cálmate, sabes que lo peor que puedes hacer es luchar— le dijo el cazador sin alterarse.
El animal se calmó; se escuchaba su respiración pausada en medio del silencio de la noche. Águila se preguntó, sentada en el piso, qué había pasado, pues no había visto nada.
El cazador se levantó lentamente sin dejar de amenazar con su cuchillo al extraño animal. Cuando la luz de la luna los iluminó, águila pudo ver a una especie de gato amarillo, sucio, de cara redonda y nariz muy chata.
El cazador habló tranquilamente y despacio; movía su cuchillo al compás de sus palabras. El gato escuchaba con respeto, aunque aún en posición agresiva, listo para atacar si el cazador se descuidaba.
—Sabes, aunque no se me nota, estoy sorprendido— dijo el cazador—. No pensé que te atreverías a enfrentarme, amigo lince—.
El lince, sin dejar de mirarlo, le contestó en medio de jadeos:
—He tenido mucha hambre—.
El cazador se quedó callado; la inclinación de su sombrero hacía entender que pensaba. Le dijo a lince con un tono imperativo en la voz:
—No debiste haberme atacado; realmente te aprecio. Yo te vi crecer y madurar, te entrené, te di un oficio, eras uno de mis mejores rastreadores; es mi culpa que hayas caído tan bajo—.
El lince cambió de posición; ahora él era el sorprendido:
—Tú de pronto nos dejaste a la deriva tan solo con una orden absurda; no íbamos a esperarte por siempre—
Con un jadeo, el lince gritó furioso:
—¡Mientras tú te hacías rico, nosotros protegíamos el barrio de la media luna de todo!—