Mientras el lince caía al piso, muerto, águila, con cara de asco, le gritó al cazador:
—¡¿Por qué lo mataste?! Solo tenía hambre—.
—Iba a comerte, estúpida— le contestó el cazador sin voltear a verla.
Águila se quedó callada. Fue a sentarse bajo un árbol mientras el cazador cavaba un gran agujero en la tierra con sorprendente rapidez; cuando terminó, arrastró el cuerpo del lince hasta el agujero y lo enterró con la misma rapidez.
Águila, muy trastornada, veía esa extraña escena en la que el asesino enterraba con respeto a su víctima; se preocupó: tal vez, después, a ella le daría igual la muerte de otros seres.
Con sus ojos de largo alcance observó alrededor de sí, hacia la noche profunda; solo pudo distinguir débiles brillos que resplandecían lejos, en el norte.
El cazador, después de enterrar completamente al lince, tomó su mochila de la casita de madera; se hincó a los pies de la tumba y clavó un cuchillo sobre la tierra recién removida, diciendo:
—De hermano a hermano; tu amigo hasta el fin del mundo—.
Volteó a ver a águila mientras se incorporaba y le dijo:
—Vámonos—.
Águila se levantó y le siguió en silencio, mientras el cazador lloraba debajo de su sombrero, sin que águila se diera cuenta.
—¿Qué es un rastreador?— le preguntó águila al cazador, después de andar en silencio largo tiempo bajo las estrellas.
—En fronteras, es alguien que busca seres perdidos o que huyen— le contestó el cazador, molesto.
—¿Conocías a ese gato?— volvió a preguntar águila, ignorando la molestia de su guía.
—Era un lince; y yo era como su padre— contestó casi entre dientes, apretando sus nudillos.
—¿Entonces por qué lo mataste?—
—¡Cállate de una vez o te convierto en un plumero!— gritó el cazador, furioso.
Águila, espantada, se quedó en silencio.
Y por fin caminaron sin ruidos, observando el camino solitario.
El cazador comenzó a recordar el tiempo en que el barrio sin nombre era dominado por el miedo; cuando las pesadillas hechas realidad de los hombres invadían el barrio; cuando le llamaban el barrio de la media luna.
Gato café y el cazador habían escogido felinos de todas las razas para formar un pequeño pero poderoso ejército que mantendría a esos monstruos a raya: los rastreadores.
Les dieron entrenamiento, y a los más jóvenes los criaron; fueron tan efectivos que en muy poco tiempo el barrio de la media luna llegó a ser el sitio más hermoso y seguro de fronteras, hasta que gato café cambió; hasta que todo dentro del barrio se corrompió.
El cazador, decepcionado, dejó a los rastreadores en manos de su mejor alumno: el lince dorado, aquel al que acababa de asesinar.
—Ahora solo son un maldito grupo de mercenarios; aunque eso es mi culpa— dijo el cazador de pronto, parándose en seco e hincándose rápidamente.
Sacó algo de su mochila; águila no veía nada de lo que hacía el cazador, aunque las estrellas le permitían distinguir el brillo de los metales; como el mango del cuchillo encajado en la tumba del lince dorado en medio del camino, como si su muerte jamás hubiera ocurrido, a punto de ser olvidado.
El cazador se levantó; todo su brazo derecho estaba cubierto por un extraño armazón de metal dorado y plata.
Era su arma favorita, la que él mismo había construido cuando hacía algo más que embriagarse, hace ya mucho tiempo. Le decía: “destello azul”.
Águila, algo sorprendida, escuchó las palabras más sombrías que jamás había oído:
—Aunque tenga que morir, todo será como antes—.
Águila ya no tenía nada que decir; este tipo era tan extraño que entenderlo era querer volverse loco. Así que solo siguió caminando y preguntó:
—¿Cuánto falta para el vertedero?—
—Muy poco— dijo el cazador; ahora se veía más alto y temible—; pero nos iremos con cuidado: tú irás detrás de mí—.