Águila volteó a ver al cazador, que yacía hincado frente a los cuerpos de sus exdiscípulos; les arrancó las puntas y, sin limpiarlas, volvió a meterlas en el arma de su brazo.
—¡¿Ahora qué hacemos?!— le preguntó águila.
El cazador, ignorándola, entró a la oficina derramando gruesas lágrimas.
Puede decirse mucho de la naturaleza de un hombre por lo que es en el presente, pero, aun si se es malo, algo de bien debe conservarse, pues nadie sobrevive respirando solo mal.
El cazador acababa de matar algo de su bien interno y eso lo estaba destrozando; no quiso pensar ni saber nada del búho o los cuervos, pues sabía que todo lo que estaba pasando era en gran parte por su causa.
Cuánto tenía que ver en esto la bruja serpiente era lo que le inquietaba.
Entendió que esa águila, a la cual solo había volteado a ver con desprecio, era el instrumento de la venganza para el destino; esa ave era lo único que podía darle su redención.
Impactado por la grandeza de esa revelación, fue a sentarse en el escritorio del perro administrador.
Águila, por un momento, no pudo entender la situación del cazador; cegada por primera vez por sus sentimientos, gritaba y presionaba sin darse cuenta de que el cazador, en cualquier momento, podía matarla.
—¡No te quedes ahí!, ¡dime a dónde vamos!, ¿qué hacemos?, ¿cómo encontramos a mi búho?—.
Al decir esto, águila calló de pronto; sentía una extraña alegría por haber llamado a búho como suyo.
Mientras águila seguía gritando, el cazador encontró en el escritorio un papel escrito con la letra fluida de bingo, el perro administrador; era la dirección de su casa, dejada ahí a propósito o por descuido.
Le dio al cazador la idea de ir a casa de bingo, pues sabía bien que no le agradaban los cuervos.
Bingo era el único perro que tenía contacto con los gatos del barrio de la media luna; había construido esa fábrica con el dinero que le heredaron sus padres, pero tuvo que venderla a los cuervos.
Él era el único ser cuerdo que vivía dentro de la selva de azabache; el cazador lo sabía porque durante algunos años trabajó con él.
De hecho, el cazador había forjado su arma, “el destello azul”, dentro de la fábrica de bingo, cuando hacía algo más que extraer basura.
—Vámonos— dijo el cazador, levantándose.
—¿A dónde?— preguntó águila, yendo tras él.
Afuera era de noche. El cazador, después de salir de la fábrica, miró hacia el este; unas luces se dejaban ver dentro de la selva de azabache. Águila salió detrás de él, agitada, pero no dijo nada al verlo tan serio.
—Debemos seguirlos— dijo el cazador de pronto.
—¿A quién?— preguntó águila, un poco molesta.
—Mira hacia allá— contestó el cazador, señalando hacia el noreste.
Sorprendida de sí misma, águila fue capaz de observar los ojos brillantes de búho dentro de la selva de azabache, como si estuviera frente a ella.
—¡Los veo!— gritó águila—; pero ya están muy lejos—.
El cazador no se sorprendió; él sabía que las águilas pueden ver muy lejos. Águila, por su parte, no entendía cómo era posible que tuviera ese don.
¡Bang! Sonó de pronto un fuerte disparo en medio de la noche; una bala pasó rozando el sombrero del cazador, dejando descubierta su cara. Se escuchó, a lo lejos, el horrible graznido de un cuervo.
—¡Mauro!— dijo el cazador.
—¡Vamos!— agregó, volteando a ver a águila.
Águila se había quedado petrificada y retrocedía espantada.
—¡Eres un humano!— gritó por fin, cayendo al piso, horrorizada.