Crónica de las fronteras grises, libro 1: cocodrilo.

22- En la selva de azabache.

—Esos tres pajarracos, no los alcanzaré, no mientras tenga que cuidarla; tendré que rodear un poco e ir a la casa de Bingo— se dijo el cazador. El clima estaba muy frío y la selva se veía terrible; era deprimente.

Águila seguía dormida; faltaban un par de horas para el amanecer. El cazador no tenía frío o sueño; era muy raro el día que dormía y nadie lo había visto comer.

—¿Por qué querrían los cuervos venir a la selva?, no tienen la lágrima eterna; me intriga por qué conservan a Búho de rehén; ¿para qué lo quieren? Es obvio que desean que los sigamos, pero ellos jamás han jugado limpio— se dijo, tirando al piso la colilla de su décimo cigarro. —Será mejor que nos movamos— pensó al escuchar el ruido característico de una criatura de la selva. —Este lugar encierra lo más enfermo del hombre—.

Se acercó a Águila.

—Despierta, niña— le dijo moviéndola. —Tenemos que seguir—.

Águila no despertaba; se movía inquieta entre las enormes cobijas, parecía tener una pesadilla.

—¿Esta ave sueña?— se preguntó el cazador. —Pero los seres de fronteras no sueñan— se dijo, observando con atención al ave frente a él.

Mientras más se movía Águila, más brillaba la lágrima eterna; era obvio que tenía una pesadilla. El cazador se preocupó; la luz empezaba a brillar demasiado, eso podría revelar a cualquiera dónde estaban, incluso a una gran distancia. Rápidamente destapó a Águila; ella sostenía la esfera en sus manos.

El cazador trató de quitársela, pero el fuego azul volvió a quemarlo. Águila comenzó a brillar y el destello de luz iluminó por un segundo la selva de azabache; luz que vieron muchos de los interesados en esta historia desde los cuatro puntos del pueblo de Fronteras.

Lo que el cazador temía ocurrió: escuchó un largo y agudo zumbido de insecto. Con el miedo bien disimulado bajo su sombrero, se quedó parado pensando cómo podría salvar a su compañera de los mosquitos de la selva de azabache.

Los mosquitos de la selva, que es tan negra como el azabache, pocas cosas hay más terribles. En una ocasión, el cazador tuvo la mala suerte de enfrentarse a ellos; estaba con casi todos los rastreadores, la bruja serpiente y Gato Café.

Solo sobrevivieron los más fuertes y, aunque por esa ocasión acabaron con todos, la bruja serpiente le aseguró que volverían a brotar. Esa batalla les permitió saber a los habitantes de la media luna que los monstruos de la selva eran atraídos por la luz; el cazador conservó por mucho tiempo el esqueleto de un mosquito en la fábrica del vertedero como trofeo.

El zumbido cada vez se escuchaba más cerca; al cazador le importaba más Águila que él, así que, sin importarle si le quemaba el fuego azul, cargó a Águila y corrió lo más rápido que pudo. Los mosquitos volaban rápidamente detrás de ellos; sus ojos enormes eran rojos y redondos.

Se les notaba a todos, en su avanzar de plaga, que su hambre no conocía límites; las afiladas puntas babeaban por beber un poco de vida; en medio de la oscuridad veían los corazones latentes llenos de sangre.

—¡Despierta!— gritó el cazador, golpeando con su palma la cara de Águila.

Ella soltó la lágrima eterna y abrió sus ojos espantada; se revolvió en los brazos del cazador hasta que este la soltó.

Al caer al piso y ver a los mosquitos, gritó. El cazador apenas pudo dispararle a uno de los monstruos que estaba a punto de encajar su aguijón en Águila.

Al disparar, la atención de esas criaturas se fijó en él, y disparó hacia el montón retrocediendo. Águila se levantó corriendo a ocultarse en los arbustos cercanos.

El cazador se quedó sin puntas; sacando sus cuchillos, los empuñó y luchó como fiera contra los mosquitos que poco a poco lo comenzaron a rodear.

Entonces se escuchó un enorme rugido que hizo voltear a todas esas aberraciones de la imaginación humana.

—¡Hola!— dijo el felino detrás de ellos. —Espero que esto les guste—.

Y brilló en su mano derecha levantada la lágrima eterna.

El cazador abrió sus ojos con sorpresa y saltó muy alto, aprovechando la distracción.

—¡Queram!— gritó el felino, y de la esfera brotó una enorme lengua de fuego que barrió en unos instantes con todos los mosquitos.

—¿Cómo estás, gorila pelón?— le dijo al cazador cuando cayó al piso.

—Bien, me alegra que estés vivo, Gato Café—.



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En el texto hay: animales antropomorficos, brujas, un cazador

Editado: 19.01.2019

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