Crónica de las fronteras grises, libro 1: cocodrilo.

24- Hombre y perro.

Fue así como Gato Café se unió a los viajeros en su camino; el gato reía y cantaba, mientras Águila lo observaba divertida.

Por lo menos era más agradable que el cazador; este solo se quedaba callado, observando el interior de la selva de azabache en busca de algún enemigo, todo le parecía sospechoso.

Más al norte, había siempre una espesa niebla que nadie pudo atravesar jamás, o al menos eso se contaba; los tres viajeros estaban ahora a pocos kilómetros de esa niebla.

Águila alcanzó a ver esa niebla sin problemas y más allá creía ver siluetas que no pudo definir. El cazador notó las pisadas de los gatos rastreadores que Gato Café viera antes; le sorprendió que sus antiguos discípulos trataran de engañarlo con los trucos que él les enseñara, simplemente parecía que no estaban pensando.

Levantó la cabeza para llamar a Gato Café, pero ya no encontró a sus compañeros junto a él; recordó de pronto, al verse en una encrucijada que partía en las cuatro direcciones cardinales, que habían decidido ir a visitar a Bingo.

—¡Gorila pelón!— escuchó el grito de Gato Café desde el este; al voltear, observó a sus amigos parados en el pórtico de una casa de regular tamaño y de madera.

—¡Ven acá, cazador!— gritó Águila entrando a la casa con el gato.

El cazador se dijo: —Vamos, sigan gritando, díganles dónde estamos—.

Era aproximadamente el mediodía.

Mientras el cazador se acercaba a la casa, pudo darse cuenta de que estaba bien conservada, blanca y de dos pisos, con cortinas azules en las ventanas y la puerta en medio con mosquitero; hasta había un buzón de metal que decía: “familia Pastor Alemán”.

Así era la casa de Bingo, el perro administrador del vertedero. Antes, hace algunos años, el cazador, Gato Café y Bingo unieron sus habilidades para encontrar a un pobre cachorro perdido en el fondo de la selva de azabache; ahí fue cuando el cazador se dio cuenta de lo valioso del olfato de ese buen perro y Bingo supo que no todos los humanos son malos.

Gato Café ya estaba en el techo de la casa, jugando con una bola de estambre.

El cazador se dijo: —Y pensar que es más fuerte que yo, ¡parece un bebé!—.

Caminaba mirando el piso, cosa que le impidió ver que alguien se acercaba por detrás de él.

—Detente— escuchó una voz grave y seria.

El cazador obedeció al sentir un frío cilindro de metal en su espalda.

—Date la vuelta— le dijo otra vez la voz.

El cazador lo hizo y pudo ver a Bingo con su overol azul y una escopeta en las manos.

—Creí que odiabas las armas— le dijo el cazador.

—Así es, pero escuché intrusos y al único que no reconocí fue a ti. ¿Por qué te cubres la cara?— le preguntó Bingo sin dejar de apuntar.

—No puedo contestar, pero se nota que no eres un asesino; no me pediste que me deshiciera de mis armas—.

Y sacando rápidamente sus cuchillos, cortó la escopeta de acero.

—Mejor— dijo Bingo mientras el arma se le desvanecía en las manos—. Si vas a matarme, hazlo; hace mucho que Fronteras es un infierno para mí—.

—Sí— le contestó el cazador, guardando sus cuchillos—, pero tu muerte no me traerá paz—.

Ambos se quedaron en la misma posición, viéndose a los ojos, con el ruido de la selva a su alrededor. Águila, dentro, descansaba en un mullido sillón; Gato Café seguía jugando, ninguno se dio cuenta de lo que estaba pasando.

—Pasa— dijo Bingo de pronto—, vamos a hablar adentro—.

—¿Ah?, sí— contestó el cazador, como despertando de un sueño.

Caminaron a la casa, uno junto al otro, sin mirarse. A pesar de ser corta la distancia que los separaba de la casa, ambos recordaron de golpe el día que fueron por primera vez a la selva; el día en que Bingo escuchó de un pequeño tigre, hijo de buena familia, que se había perdido jugando en la selva.

Los felinos del barrio de la media luna eran orgullosos y Bingo necesitaba a alguien que trabajara en la fábrica; vio en este incidente la oportunidad de ganarse a los felinos, pues por todos es sabido que los perros y los gatos se odian.

Bingo, a pesar de que se aprovechó de una desgracia, lo hacía porque quería ayudar a los gatos, hacerlos prosperar, darles un trabajo seguro a los olvidados de ese barrio; era un idealista.

A pesar de eso, nadie quería ayudarlo por ser un perro, un extranjero, a pesar de que su familia estaba en esa tierra mucho antes que los felinos más antiguos.

—¡Voluntarios!— gritaba el joven Bingo con su overol azul por todo el barrio de la media luna.

Los gatos no volteaban a verlo siquiera.

—Vamos, hay que salvar a ese cachorro, la recompensa será buena—.

Nadie hacía caso de Bingo, pues ningún felino en sus cabales entraría a la selva de azabache.

—¡Gato, bájate de ahí!— gritó Águila, que había salido al ver la silueta del cazador y de Bingo acercarse a la casa; esto los sacó a ambos de sus recuerdos.

—Sí, ya voy— dijo Gato Café y saltó desde el techo, yendo a caer detrás de Bingo y el cazador como si hubiera saltado de una silla.

—¡Miau!— exclamó el gato—. ¡Hola, Bingo!, ¿cómo estás?, ¿cómo va el negocio?—

Bingo no contestó; solo negó con la cabeza en señal de derrota.

Gato Café sonrió y le dijo:

—No te preocupes, sé que encontrarás una solución, eres muy listo—.

El cazador interrumpió al gato, gritándole:

—¡Déjate de niñerías!—

Dándole una palmada en la cabeza, agregó:

—Hay que hacer un plan, no sabemos para qué atravesaron la niebla los cuervos—.

—¿Y ustedes para qué quieren ir ahí?— preguntó Bingo.

—Queremos salvar a un amigo— le contestó Águila, acercándose a él; se inclinó levemente y le dijo—: hola, soy Águila—.

—Mucho gusto, yo soy Bingo Pastor Alemán— respondió Bingo cortésmente al saludo.

—¡Déjense de tonterías!— dijo el cazador—. ¡¿Qué demonios hay detrás de la niebla?!—

El grito que dio hizo retumbar las ventanas de la casa. Bingo lo miró tranquilo y sonrió; recordó que los únicos seres que habían aceptado acompañarlo aquel lejano día fueron el extraño humano que vivía en el barrio de la media luna y un gato café.



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En el texto hay: animales antropomorficos, brujas, un cazador

Editado: 19.01.2019

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