Crónica de las fronteras grises, libro 1: cocodrilo.

27- Puente.

El cazador y gato café habían decidido avanzar por entre las ramas de los árboles; eso les permitía observar sin ser observados.

Puesto que águila no tenía la fuerza o la habilidad para hacer estas cosas, gato café la cargaba en su espalda; avanzaron extremadamente rápido, hasta que águila les pidió detenerse.

—Detrás de la niebla no puedo ver; ¿por qué no vamos con cuidado?, ya estamos muy cerca—.

Al cazador y a gato eso les pareció muy curioso, pues águila ya no se veía temerosa; más bien estaba siendo precavida.

—Está bien— dijeron ambos, y bajaron de los árboles.

El cazador se quedó un momento en la misma posición en la que cayó en el piso, mientras gato bajaba a águila; el cazador preguntó:
—¿Escuchan eso?—.

Águila y gato se quedaron quietos un rato, escuchando atentamente.

—No escucho nada— dijo águila, tranquila.

—Precisamente— respondió el cazador—; es como una invitación—.

—Supongo que, como son muchos, no les hace falta vigilarnos— sugirió gato café.

A pesar de que habían notado algo tan extraño como esto, era más que obvio que ya no estaban asustados; solo algo nerviosos. Así avanzaron tranquilamente por la oscura selva, hasta que se toparon con una gran pared de niebla que se extendía a la derecha e izquierda indefinidamente; parecía no tener un límite.

Atravesar la niebla, que a simple vista parecía sólida, les pareció a los tres muy apresurado.

—Águila— habló el cazador—, ¿puedes ver al otro lado?—.

—No— respondió escueta águila.

Gato café dio un paso hacia atrás y lanzó un zarpazo con su garra de metal; el viento que esto provocó fue absorbido por la niebla sin que esto afectara su composición.

El cazador hizo lo mismo con sus cuchillos, pero lo hizo cerca del suelo; la niebla se replegó lo suficiente para dejarle ver que no había más que vacío al otro lado.

—Lo mejor será atravesar— dijo gato café avanzando.

El cazador lo detuvo diciendo:
—Espera, hay un barranco del otro lado; considerando la altura a la que estamos, no sé qué tan grande sea—.

—¡Por favor!, sabes que no hay un barranco tan grande como para que no lo salte— respondió gato, sonriendo.

—¡No es eso, idiota!— le gritó el cazador—; podrían saber dónde estamos, perderíamos ventaja—.

—¡Tú me llamas idiota y no te has dado cuenta de que ya saben dónde estamos!—.

Y comenzaron a pelear.

Se olvidaron, como siempre, de águila; a ella no le importó.

Trató de concentrar toda su energía y deseos en ver a través de la niebla; estaba muy preocupada por búho, sabía muy bien que lo único que la separaba de él era esa maldita niebla, que no se movía ni para atrás ni para adelante; lo que sentía por búho le daba fuerza.

—¡Cara de simio!— gritó gato café al cazador mientras le lanzaba una patada en la cara que este logró interceptar.

—¡Bebe leche!— le contestó el cazador, tirando a su vez una patada al estómago del felino, que también paró, cayendo ambos al piso.

—¡Ya basta!— gritó águila, y la cubrió un leve destello azul.

El gato y el cazador se quedaron quietos, uno sobre el otro, viendo a águila; los ojos de ella brillaron azules e intensos.

Vio a su alrededor y pudo observarlo todo: el a través, el detrás, lo oculto y hasta lo que no se podía observar, como los sonidos, las palabras o el calor del cuerpo.

Todo esto gracias a la lágrima eterna; esto hizo que pudiera ver a través de la niebla y, en efecto, como lo había dicho el cazador, del otro lado solo había barranco.

Debajo de donde estaban había cientos de gatos ocultos entre los árboles, esperando por ellos; se veían tranquilos y confiados.

Como a unos cien pasos a su derecha había un puente frágil de tablones de madera que daba a una pequeña casa de madera sostenida por lianas entre los árboles.

Era una góndola que, según pudo ver águila, llegaba hasta el fondo del barranco a una especie de plataforma; estaba casi vacía, todo ese lugar no estaba tan vigilado.

—Por aquí— dijo águila, y caminó hacia el puente.

—Espera— le dijo el cazador, al ver cómo desaparecía águila entre la niebla—. ¿Dónde estás?— preguntó, gritando un poco fuerte.

Águila se dio cuenta de que sus amigos no veían lo mismo que ella; el grito del cazador alertó a los gatos que esperaban para emboscarlos.

Águila se les adelantó y caminó a la góndola de madera; abrió la puerta y regresó junto a sus amigos, los tomó de las manos y, con una fuerza venida de quién sabe de dónde, los arrojó a ambos al fondo de la góndola.

Corrió al ver que sus enemigos se acercaban y, entrando a la pequeña casa de madera, empezó a jalar la línea que estaba en la parte de arriba de la góndola; todo esto en menos tiempo del que le llevó a una mosca aletear.

El cazador y gato café, aún tirados en el piso de madera, sin saber qué había pasado, escucharon pasmados a una decidida y fuerte águila que les daba órdenes:
—Hay cuarenta enemigos a cada lado y al frente; son más de cien, no sé cómo le van a hacer, pero tenemos que llegar al fondo—.

Francamente no la reconocían sus amigos.

Águila seguía jalando la línea y la góndola había empezado a desplazarse; había alcanzado a ver a búho en una plataforma de madera en la que terminaba la línea. Búho, serio y tranquilo, era golpeado por los cuervos sin hacer un solo gesto.

Un silbido se escuchó por todo ese barranco; era una alarma.

Los cuervos dejaron de golpear al búho y, sacando sus armas, empezaron a disparar hacia la góndola; águila, al ver esto, se tiró al piso por instinto.

El cazador y gato café se quedaron serios; escucharon los disparos y no se movieron. Después de observarse un momento, subieron al techo de la góndola.

—¡Águila, sigue moviendo la línea!— gritó el cazador.

Ella se paró del piso y miró hacia la plataforma; ya no había nadie. Siguió jalando fuerte y rápido; nada iba a pararla.



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En el texto hay: animales antropomorficos, brujas, un cazador

Editado: 19.01.2019

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