Algunos seres basan su existencia en promesas. Se cumplan o no, les dan sentido a sus vidas. A veces por unos días, a veces para siempre. Prometen sin saber qué ocurrirá después de decir: “lo prometo”.
El refugio era una de esas promesas.
Era un lugar en medio de una cadena de montañas, solo conocido a través de leyendas, era una de esas promesas que alguien en el fondo de la realidad y la conciencia se había prometido no olvidar.
Por fuera, ese lugar era todo de madera sacada de la selva; tenía mucho espacio y, como estaba en un lugar en el que casi nadie se paraba, no era necesario que estuviese oculto.
La parte de enfrente era una plataforma bajo techo en la cual había varios elevadores rudimentarios que llevaban a la selva, donde una gran montaña había sido partida a la mitad para crear un largo pasillo de roca, lleno de árboles y animales únicos, tanto reales como fantásticos; alejada de la plataforma, al final de este “pasillo”, una casa con grandes ventanales como puertas; era un invernadero que rodeaba una parte de las montañas e iba a terminar en un camino hacia la punta de una de ellas.
Águila despertó con un zumbido en la cabeza sin saber qué había pasado; todavía no se asentaba el polvo, lo cual no le permitió ver claramente a su alrededor, asustada, gateo de forma herratica, hasta que ella misma se obligó a tranquilizarse,
Se concentró un poco; apenas y se le aclararon las ideas para ver a través del polvo; vio a sus amigos, estaban bien, aunque inconscientes. Los movió a la parte menos dañada de la plataforma de madera en la que estaba parada.
Frente a ella pudo observar la góndola, hecha pedazos y volteada sobre su costado; había un enorme boquete en el lugar donde habían aterrizado; el sol se filtraba por ahí, dándole a águila la sensación de que era la primera vez que ese lugar conocía el sol.
Reconoció el recinto como el sitio en que había visto a los cuervos golpeando a búho apenas unos minutos atrás y recordó entonces lo que había pasado; recordó la voz del cazador gritando: “agárrense”, y lo siguiente que vio fue un desfile rápido e incomprensible de colores pasando por la ventana de la pequeña góndola: azul, luego verde y luego un golpe brutal en quién sabe dónde, seguido por una terrible y profunda oscuridad.
Águila vio al fondo de esta plataforma dos grandes cubos de madera; ambos tenían una liana gruesa en el centro. Avanzó tranquila; después de asegurarse que sus compañeros estuvieran bien, subió a uno de los cubos, jalando la liana en el centro.
—Voy a buscar ayuda —dijo águila mientras bajaba, aunque sabía que no la escuchaban.
Al llegar al fondo, vio una enorme cantidad de árboles frutales a ambos lados de un camino café que describía una ligera curva hasta llegar a un invernadero, no muy alto, casi hecho en su totalidad de cristal.
Caminó temerosa; el sol pasaba muy levemente por entre los árboles; se escuchaban ruidos de animales que, en la imaginación de águila, sonaban hambrientos.
Notó, sin embargo, al acercarse a la casa, que sus ventanas estaban rotas y que los árboles estaban dañados, con pequeños agujeros; algunas ramas de estos estaban tiradas en el suelo.
—¿Qué habrá pasado aquí? —se preguntó mientras se acercaba lentamente al invernadero, consciente de que lo que había pasado ahí lo habían hecho los cuervos.
Se acercó a la casa de cristal; al mirar dentro se preocupó más: todo estaba destrozado y revuelto.
Dentro había mesa y muchas jaulas que parecían de un laboratorio; a águila le causó mucho terror el olor repugnante que había en todo el sitio.
Retrocedió lento y tropezó con algo; cayó de espaldas.
Al mirar frente a ella encontró un cuerpo inerte, largo, extraño e incomprensible; era un ser de cuatro patas y de larga cola; su piel estaba llena de escamas, parecidas a las de la bruja serpiente.
Águila no lo sabía, pero era un cocodrilo.
Observó curiosa esa cosa tan rara; se acercó a su hocico que yacía sobre la tierra; era largo y plano, como una enorme pala.
Al acercarse brilló en su bolsillo la lágrima eterna y ella, por instinto, retrocedió, justo en el instante en que la extraña criatura le lanzaba una poderosa mordida que, de no haber esquivado, le habría arrancado la cabeza.
Águila retrocedió bastante desconcertada, viendo la cara de ese ser que parecía inerte en un principio; avanzaba rápido y decidido a comerse a águila.
Águila no sabía qué pensar; ese ser se parecía mucho a otros que había visto entrar en su iglesia, pero ninguno había tratado de comérsela.
Trató de razonar con él:
—Espera, ¿tú sabes dónde estoy?, ¿por qué me quieres comer?, ¡por favor responde!
Águila ya estaba con la espalda en la pared, pues el cocodrilo la había arrinconado en el extremo opuesto de la casa de cristal, cerca de los elevadores; había notado las siluetas de varios animales que también andaban en cuatro patas, pero ninguno la ayudaba.
Águila cayó al piso sin decir nada.
De pronto, antes de que el cocodrilo diera la primera mordida, un silbido agudo se escuchó; el cocodrilo retrocedió y se quedó tan quieto que parecía de piedra.
—¿Quién eres?, ¿qué haces aquí? —le preguntó a águila una humana, con un enorme rifle en las manos; tenía un traje de cacería, era morena tostada por el sol.
Águila jamás había visto a una humana, solo había visto humanos, así que, sinceramente extrañada, preguntó:
—¿Qué eres tú?, ¿eres una bruja?
—Otra vez con eso —dijo la humana bajando su arma—, soy una mujer; ya se lo había dicho a esas aves tontas.
Águila reaccionó y dijo, parándose del suelo apenas se hubo alejado el cocodrilo:
—Yo soy águila, guardiana de la flama eterna y necesito ayuda para mis amigos, un gato y un humano que…
Apenas dijo águila “humano”, cuando la mujer la interrumpió:
—¿Un hombre has dicho?, nadie puede llegar hasta aquí, tengo que verlo, ¿en dónde está?