Mauro, Marco y Aldo estaban parados en la cima de la montaña viendo al norte.
Mauro, siempre adelante, tranquilo pero con el odio escondido en su ojo sano, miraba fijamente el espacio casi líquido frente a él; búho estaba tirado, completamente golpeado detrás de ellos. Marco dijo:
—Ya han tardado mucho—;
—La mujer de la selva quizás los detuvo— respondió Aldo sonriendo.
Los tres siguieron en silencio.
El lugar en donde estaban les permitía ver casi todo Fronteras; era quizás la montaña más alta de todo este mundo. A la derecha de estos tres, enormes nubes de tormenta se aproximaban lenta e inevitablemente; dentro de su obsesión, Mauro notó el detalle, aunque no por eso le importaba.
Búho, aun en el estado en que lo habían dejado, se levantó como pudo y trató de gritar con la esperanza de advertir a águila, pero fue callado apenas se levantó por un golpe de Marco; duro, certero, cruel, demasiado diferente a los golpes locos y dispersos de Aldo.
Búho casi no aguantó el golpe, pero cuando se levantó, por un segundo fue capaz de ver lo que Mauro observaba: un enorme ejército de felinos oscuros dispersos en la selva, que era dividida por un río larguísimo que se perdía en el norte lejano, detrás de una extraña nube color azul; todos esperando las órdenes de Mauro.
Miraban en silencio con los ojos completamente rojos, junto a enormes dirigibles hasta el tope de armamento; hacia esto iban águila y compañía.
—¡Maldito loco!— dijo búho—. ¿Qué quieres hacer?
Mauro no dijo nada en un principio; volteó lentamente hacia búho. Estaba sonriendo. Marco y Aldo, debajo de sus sombreros, estaban espantados; retrocedieron un par de pasos y, como lo habían planeado, abrieron sus brazos y con voz baja empezaron a murmurar. Búho no se había dado cuenta, pero estaba tirado en el centro de un extraño símbolo que jamás había visto.
—Tú no tienes idea del poder que guardas— le dijo Mauro, y le puso la emplumada mano derecha en el ojo izquierdo.
—Aslash— dijo de pronto.
Búho sintió como si le encajaran un puñal en la cabeza; gritó fuertemente y su ojo se desprendió de su cara. Mauro se puso la mano en la suya y el ojo de búho quedó unido a su cuenca vacía; volteó hacia el norte y, con el ojo gris que ve los colores ocultos del alma, observó la enorme puerta octagonal de la primera frontera invitándolo a entrar.
Búho, en el suelo, sangrando, cerró su cuenca vacía; el odio que sintió por ese cuervo le hizo romper sus gastadas ataduras y peleó como pudo con el cuervo Aldo, que trató de dispararle con su arma.
Justo cuando Marco iba a golpear a búho de nuevo, fue empujado por gato café, que llegó como un suspiro quién sabe de dónde.
—¡Por fin te veo de nuevo, maldito! ¡Vas a pagar el daño que hiciste!— dijo gato café, agazapado, mostrando sus enormes garras de bronce, haciendo un sonido extraño, arrugando la nariz; sus ojos eran odio puro. Mauro no volteaba a mirarlos y Aldo seguía peleando con búho.
—Gato café— dijo Marco, demasiado tranquilo—, no esperaba que siguieras vivo; ¿sigues insistiendo en ser algo más que un gato de la calle? No eres más que un iluso, aunque tengo que reconocer que te has esforzado.
Gato café saltó hacia él sin contestarle; teniéndolo en el piso, dijo con una voz ronca y diferente a la que comúnmente usaba:
—No me importa lo que pienses de mí, ¡pero ella no merecía morir!
Marco, sin cambiar de expresión, golpeó a gato en el estómago y se levantó del suelo apuntándole con su arma:
—Jamás serás algo más que un perdedor; ella no era para ti, yo también lloré por ella.
Justo en el instante en que Marco iba a disparar, un destello azul pasó justo delante de él, partiendo en dos el arma que tenía en la mano.
—¡Hey, gato!— dijo el cazador, que se acercaba corriendo con águila a un lado—. ¡Te dije que no te adelantaras!
—Perdona— respondió gato café—, pero me enfureció sentir el olor de este pajarraco.
Mauro, al escuchar la voz del cazador, volteó a verlo; todo este tiempo había estado de espaldas, dándole la cara al viento del norte que a cada momento soplaba más fuerte.
Búho ya golpeaba a Aldo en el suelo y gato café tenía a Marco contra una roca. Águila se acercó a búho; cuando este se paró, sin decir nada, lo abrazó acariciando su párpado izquierdo que sangraba.
Se miraron en silencio; no era necesario decirse nada. Apenas iban a dejarse caer en ese dulce embrujo que provocan los ojos del ser que se ama, cuando Aldo pateó a búho en una pierna y corrió para ayudar a Marco justo en el momento en que gato café iba a enterrarle su garra en la cabeza.
Con un golpe en la nuca de gato, Aldo pudo darle tiempo a su hermano para correr al lado de Mauro.
Ahora estaban frente a frente los tres hermanos con los cuatro amigos. Búho preguntó:
—¿Quiénes son estos, águila?
—Son amigos, me ayudaron a llegar hasta aquí— respondió ella.
Para búho esta explicación era más que suficiente.
El cazador y Mauro no se habían movido; se miraban en silencio con un profundo odio en sus almas.
—Hola, “amigo”— dijo Mauro burlón—. Has perdido condición; esperaba que llegaras antes.
El cazador no respondió; lentamente se quitó el sombrero y lo mantuvo en su mano izquierda, pues el viento trataba de quitárselo de la cabeza.
Diciendo las palabras lo más cuidadosamente que pudo, sostuvo un cuchillo en su mano derecha y con él apuntó a Mauro:
—Si no paras esto no verás el siguiente amanecer.
Una risotada horrible salió del pico de Mauro, mientras gato café y búho también se pusieron en guardia para atacar a Marco y a Aldo respectivamente.
—¡Los humanos sí que son increíbles!— exclamó Mauro sonriente—. En este tablero, en este juego, tú solo tienes tres piezas y yo… ¡tengo doscientas!
No había contado a águila en las “piezas”. Luego se puso serio y gritó:
—¡Deberías estar de rodillas! Pero por la amistad que alguna vez tuvimos y aunque no te lo merezcas, te daré una oportunidad de salvarte.