Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

11.- Hipnos S.A.

El sendero oscuro terminó abruptamente ante una estructura que parecía desafiar la lógica del mundo: una gigantesca fábrica de ladrillos ennegrecidos y torres que se perdían en la niebla. Su silueta absorbía la luz, excepto por un enorme letrero de neón que, parpadeando con un zumbido casi imperceptible, decía: Hipnos S.A.

Desde la punta de la torre más alta, un farol verde temblaba con un resplandor inquietante. Su luz se derramaba sobre los muros, proyectando sombras largas y torcidas que se retorcían sobre el terreno. El aire olía a humedad y metal; un aroma denso, mezclado con algo dulce y agrio a la vez, como lágrimas solidificadas que comenzaban a derretirse al sol.

Gato Café se detuvo. Sus bigotes temblaban ante la inmensidad del lugar. A su lado, Simio de Tierra exhaló con un gesto que pretendía ser de calma, pero que apenas disfrazaba su inquietud.

—Tal vez deberíamos dar la vuelta —murmuró, apenas un susurro, mientras observaba la enorme puerta de hierro que sellaba la entrada—. Esto no se ve... amigable.

Gato Café no respondió. Sus ojos estaban fijos en un destello azul que danzaba detrás de una ventana en lo alto del complejo, un brillo que reconoció al instante.
El anillo de su madre.

—Allí está —susurró, señalando con la pata—. No podemos ignorarlo.

Simio de Tierra guardó silencio un momento, evaluando la situación.

—Si entramos allí —dijo finalmente—, podríamos encontrarnos con el dueño. El sapo del pantano… Su magia puede hacernos perder la cabeza antes de que tengamos oportunidad de defendernos.

Gato Café frunció el ceño.

—Me da igual —dijo, con una calma que rozaba el cansancio—. Ya me cansé de que se queden con mi anillo.

El felino dio un paso hacia la puerta, luego otro. No apartó la vista de la torre. Cada ladrillo parecía respirar. Cada sombra se movía por voluntad propia. A lo lejos, los engranajes de la fábrica chirriaban con un ritmo grave, semejante al latido de un corazón gigantesco.

Simio de Tierra lo siguió de cerca, tensando los músculos y vigilando cada rincón. Las ventanas reflejaban su silueta, pero distorsionada: alargada, torcida, casi irreconocible, como si la fábrica jugara con ellos incluso antes de dejarlos entrar.

Llegaron hasta la puerta principal. Gato Café apoyó sus garras sobre el hierro helado. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no retrocedió.

Con un esfuerzo conjunto, empujaron la puerta. El metal cedió con un crujido profundo, seguido de un golpe seco que resonó como un trueno dentro del edificio. El olor a metal y a lágrimas solidificadas se hizo más intenso.

El interior parecía no tener fin. Tubos y cintas transportadoras se extendían en todas direcciones, como si formaran una ciudad subterránea hecha de talleres diminutos. De algunos brotaban luces, de otros, gritos apagados. Simios, perros y aves arrastraban carretillas rebosantes de piedras brillantes, lágrimas fosilizadas que destellaban con un resplandor plateado.

Gato Café avanzó primero, la cola erguida, las orejas atentas. Simio lo siguió, alerta ante cualquier trampa, cualquier movimiento extraño. Y entonces, justo cuando pensaban inspeccionar el piso principal, un nuevo destello azul cruzó la penumbra: el anillo, suspendido en una ventana alta, brillando como si llamara desde el corazón mismo del edificio.

—Ahí está —susurró Gato Café—. Debemos subir.

Simio iba a responder, pero un disparo rompió el silencio. La bala silbó tan cerca de su cabeza que le erizó el pelaje. El primate se agachó de inmediato y corrió; Gato lo siguió, intentando divisar al agresor.

Solo alcanzó a ver la silueta de un ser delgado, vestido de negro, que corría tras ellos con movimientos rígidos y mecánicos.

—¡Espera! —gritó Gato—. ¡No queremos robar nada! ¡Queremos ver a tu jefe!

El ser no respondió. Seguía disparando sin atinar, como un autómata.

Giraron en una esquina y se ocultaron detrás de un contenedor oxidado. Desde allí, pudieron observarlo cuando la luz del farol verde lo alcanzó.

Gato Café contuvo un grito.

—¿Qué es eso...? —murmuró con un hilo de voz.

Simio de Tierra lo miró con los ojos abiertos de par en par.

—Es un humano —susurró, aterrado.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 05.01.2026

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