Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

13.- Ciudad gris.

Gato Café despertó en la penumbra de una celda húmeda. Sus músculos ardían, las garras le temblaban, y un dolor sordo recorría todo su cuerpo. Miró a su alrededor: barrotes torcidos, piedras húmedas en el suelo, el olor metálico y ácido de la fábrica penetrando por todas partes. La rabia lo consumía, una rabia negra que se mezclaba con la culpa. Simio de Tierra… estaba muerto. Y él no había podido salvarlo.

Con un gruñido que resonó en la celda, se colocó el sombrero que había caído junto a él. Un peso invisible lo atravesó; un recuerdo de todos los que habían sido dueños de aquel objeto se filtró como un río de memorias fugaces. Respiró hondo, dejando que la ira se convirtiera en concentración pura. Sus garras comenzaron a tensarse, y con un golpe seco forzó la cerradura de la celda, arrancándola del marco con un rugido que hizo vibrar las paredes de piedra.

La selva de hierro de Hipnos S.A. lo esperaba. Sus pasos eran silenciosos y letales, avanzando entre sombras que parecían observarlo, entre humanos encadenados a máquinas, sus rostros pálidos atrapados en sueños profundos. Cada uno lloraba lágrimas que el Sapo del Pantano recolectaba con tubos de cristal, solidificándolas en pequeñas piedras brillantes. Algunas veces, los humanos morían en silencio, atrapados entre pesadilla y realidad. Gato Café los observaba con horror y un desdén creciente: eso era el mundo que ahora dominaba aquel sapo.

Avanzó entre los pasillos con garras y orejas tensas. Las máquinas chirriaban, los engranajes retumbaban, y la luz verde del farol en la torre más alta se filtraba por ventanales altos. El humano que lo había perseguido permanecía cerca, siempre detrás, como una sombra implacable. Cada intento de Gato por usar objetos, piedras o tubos para defenderse era inútil: el ser apenas se inmutaba, caminando como si la muerte fuera parte de su piel. Gato entendió entonces que enfrentarlo directamente era suicidio.

Finalmente, llegó a la oficina del Sapo del Pantano. La vista desde allí era aterradora: Ciudad Gris, como él la llamaba, se extendía ante sus ojos, una maraña de fábricas, torres y luces verdosas. Los humanos dormidos brillaban como pequeñas piedras bajo los tubos que recolectaban sus lágrimas. El sapo estaba sentado detrás de un escritorio de obsidiana, con un cigarro encendido que despedía humo pestilente. Sus ojos brillaban con un verde intenso y cruel.

—Has llegado, Gato Café —dijo el Sapo, su voz arrastrada y poética, como un canto oscuro—. Caminas entre recuerdos ajenos, y aún así tus garras buscan justicia… o venganza. No entiendes, pequeño felino: cada lágrima, cada suspiro que recoge esta ciudad, es un hilo de magia vieja. La magia de tu madre, de tu anillo, corre en estas piedras. Si lo tomas, si lo rozas… morirás.

Gato avanzó con un gruñido. El humano estaba allí, detrás del sapo, sus ojos negros como charcos sin fondo. Su cabello negro y la nariz aguileña le daban un aspecto de predador. Cada músculo del gato temblaba, pero no de miedo: de furia y determinación.

—Un humano puede ser controlado si le quitas su nombre —continuó el sapo, casi cantando—. Y eso he hecho con este. Él, tu perseguidor, tu sombra en esta ciudad, no es sino un titiritero sin voluntad propia…se despertó de su propia pesadilla y no iba a desaprovechar a un ser tan poderoso.

La ira de Gato Café explotó. Con un salto brutal, embistió al sapo, usando todas sus garras y músculos. Un sarpazo limpio y devastador arrancó el brazo del Sapo del Pantano donde descansaba el anillo de su madre. Con un rugido, el felino saltó por la ventana, llevándose consigo el brazo del sapo como un peso que ardía en su fuerza.

La caída fue larga. El viento azotaba su rostro mientras el suelo parecía alejarse infinitamente. Gato tomó el anillo soltando el brazo del sapo en la caida, pero este se deslizó de sus garras y salió volando hacia el sur, donde solo se extendía un desierto inmenso, iluminado por un sol que parecía de vidrio roto.

El humano saltó detrás de él. La presencia era aterradora: cada movimiento medido, cada mirada fría, cada respiración calculada. Los cuervos —Mauro, Marco y Aldo— llegaron con el sapo, golpeando y chillando, intentando ayudar a su maestro y obedecer sus órdenes. El sapo los controlaba con un simple gesto, sus palabras flotando como veneno en el aire: «Síganlo. Traigan su cadáver… o no regresen».

Mauro recordó de pronto con un estremecimiento lo que había oído mientras el sapo ponia el colgante en el cuello de su titere: el nombre del humano, una palabra que daba poder y dominación, no dijo nada, solo guardó de nuevo el nombre en su memoria.

El humano disparaba mientras caían, una ráfaga certera que cortaba el aire con fuerza mortal. Gato Café esquivaba y giraba, pero sentía la gravedad de la persecución, la inevitabilidad del conflicto que parecía crecer con cada instante. La ciudad gris, las lágrimas, los recuerdos de Simio de Tierra y el sombrero que no se despegaba de su cabeza, todo se mezclaba en un torbellino que amenazaba con tragárselo.

Pero no se rendiría.



#25579 en Fantasía
#33879 en Otros
#4816 en Aventura

En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 05.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.