Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

16.- Ciudad roja.

El tren gimió, cada golpe de rueda contra los rieles era un rugido contenido, como si la bestia de hierro sintiera cada fibra de su propio cuerpo. Subía con esfuerzo la montaña, cada vagón crujía bajo la tensión, y el viento arrastraba cenizas que parecían polvo de estrellas caído. Gato Café se aferraba con las garras al metal caliente, las patas vibrando, los músculos tensos; Gorila Pelón se sostenía a su lado, el rostro endurecido, los puños aún marcados por la pelea anterior, la respiración profunda.

El mundo se abrió ante ellos cuando la bestia alcanzó la cima. A un lado, las llanuras se extendían como un tapiz de sombras y luz, intercaladas por lagos que reflejaban el cielo gris; a la derecha, un mar sin bordes se desplegaba con calma inquietante, sus aguas oscuras y quietas como vidrio negro. A la izquierda, el desierto se extendía, interminable, como si la tierra hubiera decidido no tocar el horizonte. En el centro, la Cuadricala Roja dominaba la vista: un corazón de fuego y piedra, iluminado por la lava que serpenteaba, como si la montaña misma respirara.

El tren, como un animal consciente, respiró hondo, tensó los vagones y comenzó a descender en picada hacia la ciudad roja. Gato y Gorila Pelón se aferraron con desesperación, las garras del primero arañando el metal, los hombros del segundo tensos, el viento cortando sus rostros. Las lágrimas sólidas comenzaron a levantarse de los vagones, flotando unos instantes en el aire antes de volver a caer, obedeciendo a una gravedad propia, como si el tren marcara la ley de la física a su alrededor.

La caída fue larga. Los vagones crujieron, se sacudieron, pero la bestia resistió sin un rasguño. Gato sintió cada golpe en su cuerpo, cada sacudida de la máquina como si la montaña quisiera tragarlo. Finalmente, el tren chocó contra una estación oxidada, un crujido seco que resonó en los edificios cercanos. El metal vibró, pero no se rompió; las lágrimas sólidas saltaron, rodaron y flotaron, llenando el aire con destellos azulados, como si la ciudad respirara magia sólida.

De la estación surgió un enjambre de topos, pequeños, negros, ágiles. Corrían por las vías, recogían las piedras y las cargaban en carretas diminutas que arrastraban hacia el centro de la ciudad. Allí, en la plaza central, un gigante de piedra martillaba las lágrimas, convirtiéndolas en monedas que chispeaban azul mientras caían al suelo. Cada golpe era un estruendo que retumbaba en la montaña. Encima de él, flotando con calma inhumana, un ente con miles de ojos vigilaba. Cada pupila parecía registrar un fragmento del mundo: los vagones, los topos, las monedas, y ahora, a Gato y Gorila Pelón que bajaban del tren con cautela, conscientes del calor abrasador que emanaba del volcán central.

—Qué lugar… —murmuró Gato, la voz ronca, mientras sus patas dejaban marcas en el polvo rojo.

Gorila Pelón se mantuvo alerta, los ojos observando cada movimiento, el cuerpo rígido, la respiración medida. La furia se había apagado, pero la tensión seguía allí, una corriente subterránea que podía encenderse con un solo gesto.

El gigante de piedra los notó primero; levantó su martillo y, con un giro lento, sus ojos vacíos se fijaron en ellos. El ente con mil ojos parpadeó, y un flujo de energía azul recorrió la plaza, como si los contara y midiera antes de decidir.

Gato retrocedió un paso, recordando las manos del humano, el colgante, la furia contenida de Gorila Pelón. Su mirada se cruzó con la del humano: no había miedo, solo alerta y concentración.

—No podemos… —susurró Gato, sin terminar la frase.

El humano asintió, una línea tensa sobre su frente. Los fragmentos de su mente aún vibraban con ecos de voces que exigían obediencia, pero ahora, bajo la luz roja del volcán, parecía más dueño de sí mismo. Por un instante, Gato vislumbró un destello de su memoria: los puños temblorosos, la cadena que había tirado de su interior, la lucha por resistirse. La claridad era efímera, pero suficiente para entender que aquello no era solo fuerza: era voluntad.

El gigante avanzó hacia ellos, los pasos de piedra resonando como tambores gigantes. Gato y Gorila Pelón se movieron en sincronía, esquivando y observando, buscando un patrón en el ritmo del martillo. Los topos seguían su danza frenética, llevando piedras y monedas, ignorándolos casi por completo, como si fueran simples espectadores del ritual que el gigante ejecutaba.

—¿Qué es esto? —preguntó Gorila Pelón, la voz baja, mientras la mirada barría la plaza—. ¿Quién controla esto?

-no necesito que nadie me controle -, respondió el gigante de piedra, - aunque soy un golem, pague por mi libertad hace siglos -, gato y gorila pelón estaban sorprendidos de que el gigante respondiera con esa amabilidad, -centinela-, el ente de los miles de ojos prestó atención, -¿yo le pedí a ciudad gris más empleados?-

El centinela solo negó con la cabeza, -¿que quieren aquí, quien los mandó?-, dijo el golem de piedra levantando el martillo y con voz imponente, Gorila, por instintó se arrodilló diciendo: -¡por favor, denos trabajo!- gato cafe lo miro con sorpresa, el no deseaba trabajar para nadie.

El golem de piedra, freno su martillo, observo a los seres diminutos frente a el, caminando hacía su forja volcánica, le dijo al centinela sin voltearlo a ver: - ponlos a hacer algo y explicales el trabajo, ¡por favor! que se den un baño-

El centinela, hizo una reverencia y obdeció, guiando a gato y a gorila pelón hacía un edificio con luces encendidas.

Gato Café y Gorila Pelón caminaron con pasos cautelosos hacia el edificio iluminado, sintiendo el calor que subía desde el volcán como una respiración constante y pesada. Cada piedra roja bajo sus patas parecía vibrar con la fuerza de la Ciudad Roja, cada destello azul de las monedas les recordaba que estaban bajo la mirada del gigante y del ente, entidades que podían observar todo y a todos.

El centinela los guió por pasillos oxidados, pasando junto a hornos gigantes que emitían chispas azules y columnas de vapor que parecían cuerpos espectrales. Los topos corrían a su alrededor, ignorando su presencia, como si el tiempo en Ciudad Roja tuviera un ritmo propio que no los incluía.



#24932 en Fantasía
#33301 en Otros
#4713 en Aventura

En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 24.11.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.