Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

20.- El bosque de los gigantes.

El bosque comenzaba donde el metal terminaba.
Las últimas vías del tren se hundían bajo raíces que parecían dedos petrificados, y los árboles, tan altos que rozaban las nubes, respiraban un silencio antiguo, húmedo, casi humano. Gato y Gorila Pelón avanzaban entre troncos cubiertos de líquenes, cargando lo poco que les quedaba: una lámpara rota, una manta y la mitad de una bolsa de semillas.

La montaña que habían descendido era imposible de escalar.
El golem se había llevado la bestia de metal y con él cualquier esperanza de volver.
Solo quedaba avanzar hacia el este, donde, según Gorila, se abría un valle que tal vez conectara con el mar. Pero el bosque no parecía tener dirección. Cada árbol repetía al anterior, y el aire olía a tierra mojada y huesos.

Durante días caminaron sin hablar. El ruido del motor de la máquina se apagó; se había quedado sin combustible y Gorila la abandonó entre los matorrales, cubriéndola con ramas, como si enterrara un amigo caído. Desde entonces, la selva los tragó.

Por las noches, el viento soplaba entre los troncos como una respiración dormida.
Gato dormía ligero, soñando con luces rojas y sirenas. Gorila, en cambio, hablaba en sueños, repitiendo palabras en el idioma de los humanos: frases cortas, fragmentadas, como si algo dentro de él aún intentara recordar su nombre.

Una tarde, tras perderse completamente, hallaron un claro. En el centro, un lago inmóvil, negro como aceite.
Gato se arrodilló junto a la orilla. Probó el agua con la lengua.
—Salada. —dijo.
—Entonces estamos cerca del mar —respondió Gorila—

Construyeron un refugio con ramas y hojas. Pasaron días pescando criaturas pálidas y sin ojos. El tiempo dejó de tener forma. A veces amanecía nublado y anochecía igual, como si el cielo se hubiera olvidado de moverse.

Gato limpiaba el sombrero una y otra vez.
Gorila tallaba trozos de madera con una navaja oxidada.
No hablaban mucho, pero el silencio entre ellos se volvió distinto, menos pesado, más humano.

Una noche, mientras el fuego ardía bajo un tronco húmedo, Gato dijo sin mirarlo:
—Nunca te lo agradecí.
—¿El qué?
—Haberme ayudado con las vias, nunca te lo pedí.

Gorila sonrió apenas.
—No fue por ti. Fue por mí. No soportaba otra voz en mi cabeza diciéndome que te dejaba solo.

El silencio volvió, pero era tibio.
Los insectos hacían su música invisible.

Al día siguiente, mientras recogían leña, Gato rompió el silencio otra vez.
—¿Qué recuerdas de cuando estabas en tu mundo?
Gorila dejó caer las ramas. Su mirada se perdió en el reflejo del lago.
—A veces escucho cosas. Voces. Una mujer que canta, un niño riendo… un sonido como de lluvia sobre vidrio. Creo que era mi casa.
—¿Te duele?
—No. Solo… me pesa no saber si fueron reales.

Gato asintió.
—No se sí algo sea real en este mundo, Gorila pelón.

El gorila rió, ronco.
—Eres un gato raro.
—Y tú un humano que no quiere aceptar que ya no lo es.

Entonces Gorila se acercó, lo miró fijamente.
—Gracias —dijo— por liberarme.

Gato no respondió. Pero en su rostro algo se suavizó, una arruga menos de desconfianza. Por primera vez, se permitieron compartir el silencio sin sentir miedo.

Esa noche el viento cambió.
Un sonido nuevo atravesó el bosque: notas lentas, melancólicas, vibrando como agua sobre metal. Una guitarra.
Ambos se miraron. El fuego crepitó, luego se apagó.

La melodía venía de algún punto entre los árboles, arrastrada por el aire.
Era una canción humana, antigua, pero tocada con una ternura que los desarmó.
Sin pensarlo, caminaron hacia ella.

Los árboles parecían abrirse a su paso, dejando ver un sendero que antes no estaba.
El sonido se volvió más claro, más próximo.
Entre el follaje, emergió la forma de una cabaña de madera, intacta, con un porche iluminado por una lámpara de aceite.

En el porche, sentado en una silla, un hombre alto, de piel clara y ojos cafés, tocaba sin mirarlos. Su rostro no expresaba ni tristeza ni alegría; solo concentración, como si cada nota fuera un pensamiento que debía ser liberado con cuidado.

—Oiga —dijo Gato, con cautela—. ¿Está solo aquí?

El hombre siguió tocando. La melodía cambió, se volvió más lenta, casi una plegaria.
Cuando terminó, levantó la vista.
—Nunca se está solo del todo —dijo, con una voz que sonaba como el crujido de un libro al abrirse—. El bosque escucha, ¿saben? Y a veces responde.

Gorila dio un paso al frente.
—Nos perdimos. Buscamos el camino al este.
—Al este solo hay más bosque —respondió el hombre—. Pero pueden entrar. Hace frío, y el fuego ya está encendido.

Gato lo observó con sospecha.
—¿Qué gana con ayudarnos?
—Nada. Tal vez compañía. Tal vez silencio. No lo he decidido aún.

La puerta se abrió sola, con un quejido leve.
Gato miró a Gorila; este asintió, encogiéndose bajo el marco de la cabaña.
Adentro, el aire olía a madera y sal. Sobre las paredes colgaban cuadros sin rostro, y en el suelo descansaba una brújula enorme, oxidada, apuntando siempre al mismo sitio, al oeste.

El hombre colgó la guitarra y les ofreció un cuenco con agua.
—Beban. No es del lago. —dijo.

Gato lo hizo, y notó algo extraño: el agua tenía un sabor dulce, casi familiar.
—¿Quién es usted? —preguntó.
El hombre sonrió.
—Nadie importante. Solo alguien que se cansó de recordar.

La chimenea iluminó sus ojos: en ellos había cansancio, pero también algo más… una calma que ninguno de los dos conocía.

Gorila se sentó frente al fuego, y Gato lo imitó.
Durante un largo rato nadie habló. Afuera, el bosque murmuraba bajo una lluvia repentina.

Gato pensó en todo lo que habían dejado atrás: la ciudad roja, las máquinas, los muertos.
Y comprendió, sin saber por qué, que aquel encuentro no era casual.
Habían llegado al lugar donde el mundo se doblaba sobre sí mismo, donde los recuerdos se disolvían en música.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 05.01.2026

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