Gorila Pelón avanzó hacia el norte con el polvo del bosque de los gigantes aún pegado en la piel. La carpa apareció a lo lejos, sola, sobre la llanura que descendía hacia el Mar de Sal. Desde fuera, parecía una simple tienda de circo: una tela roja y amarilla, ligeramente desgastada, temblando con el viento. Pero conforme se acercó, la realidad cambió: la carpa se expandía más allá de cualquier medida, su interior más grande que la lógica podía permitir, como si los bordes del mundo se curvaran para acogerla.
Alrededor, la pequeña comunidad que vivía junto al mercado parecía ignorar la magnitud de la carpa. Casas de madera y piedra, patios llenos de flores extrañas, patios donde humanos y criaturas convivían y negociaban recuerdos, fragmentos de cuerpos y secretos que no deberían existir. Desde lo alto, la enorme mansión de la Tortuga de Jade se alzaba, imponente, pero Gorila Pelón no se acercó. La respeto; la distancia le parecía un pacto tácito con lo desconocido.
Al cruzar el umbral, la magia del mercado lo golpeó de inmediato. La luz y los aromas eran densos, casi líquidos, y sus sentidos humanos comenzaron a vibrar, confundir su mente. Todo se volvió multicolor, multisensorial, imposible de describir. Cada bruja estaba marcada con el símbolo de su clan: salamandras, corales, cuervos, arañas, gatos, tortugas… todos excepto la legendaria Bruja Serpiente, quien hacía siglos no aceptaba aprendices.
Gorila Pelón avanzaba con cautela, pero pronto estuvo a punto de perderse. Una bruja salamandra, de piel escamosa y ojos brillantes, ofrecía un trato: sus ojos por unas alas de mosca, un intercambio que amenazaba con despojarlo de su humanidad. La confusión, el vértigo de la magia y el olor a hechizo lo rodeaban.
De repente, una figura lo salvó. Una mano surgió entre la multitud, colocándole un colgante sobre el cuello. La cordura volvió como un golpe de viento fresco.
—¡Mauro! —dijo, reconociendo al hermano cuervo mayor.
Mauro sonrió, con esa mezcla de alegría contenida y astucia que solo los años en el mercado podían otorgar. Y detrás de él aparecieron Marco sonriente y Aldo cn mirada de llena de rencor, los otros dos hermanos cuervo. Desde que Gato Café escapó de Ciudad Roja, ellos habían sobrevivido allí, embaucando humanos para obtener recuerdos o partes de cuerpos, la moneda de cambio del mercado.
—No sé si debo alegrarme de verlos —dijo Gorila Pelón, aun desconfiado—. todo lo que hice con ustedes era parte de una cadena del sapo de pantano.
—Estabamos igual —dijo Mauro, con simpleza—. Bastó con alejarnos de ciudad gris para entender que no teniamos que obedecer al sapo.
Lo condujeron a su refugio: un endeble conjunto de plataformas y vigas suspendidas entre las tramoyas de la carpa, desde donde podían observar casi todo el mercado y anticipar los movimientos de sus víctimas. El espacio crujía bajo el peso de sus pasos, pero la vista valía la precariedad: un mar de colores, voces, magia y comercio.
—Cuéntanos —dijo Marco—. ¿Cómo te liberaste?
Gorila Pelón les narró todo: la pelea con Gato Café, su paso por Ciudad Roja, la liberación del colgante que lo mantuvo prisionero, y la decisión de llamarse Gorila Pelón. Los tres cuervos rieron, sorprendidos por la audacia y sinceridad del humano.
—Y Gato… —preguntó Aldo, con seriedad—. ¿Está contigo?
—No —respondió Gorila Pelón—. Ahora somos amigos. Le prometí que lo esperaría aquí, aunque tardara diez años.
Los cuervos se miraron entre sí, por primera vez sin sonreír. La seriedad de la promesa pesaba más que la magia del mercado. Mauro observó a Gorila Pelón largo rato, evaluando la profundidad de su determinación.
El mercado continuaba vibrante y caótico debajo de ellos, pero en su refugio, suspendidos entre la tela y las vigas, el tiempo parecía detenerse. El silencio se llenó de significado: la certeza de un lazo forjado por la experiencia, la promesa de espera, y la convicción de que incluso allí, donde todo podía comprarse o venderse, había algo que nadie podría robar.
Gorila Pelón se recostó contra las vigas, observando el torbellino de color y movimiento, pensando en Gato Café y los días que aún les esperaban. Mauro le lanzó una última mirada, tranquila y calculadora, segura de que aquel humano, aunque extraño y temible, era ahora parte del delicado equilibrio del mercado de las brujas.
Y así concluyó el día, con Gorila Pelón observando, aprendiendo y aguardando, mientras los tres hermanos cuervo trazaban sus planes invisibles entre las sombras del tianguis que era el mercado de las brujas, guardianes y jueces silenciosos del caos mágico que los rodeaba.