Dos años pasaron como una brasa que no se apaga, lenta pero constante.
En el bosque de los gigantes, donde los árboles eran tan altos que ocultaban el cielo, Gato Café se movía entre raíces y sombras, siguiendo los pasos de su maestro, Danyel Azrael Bermellón.
El humano era una figura silenciosa: delgado, de mirada gris, vestido con un manto blanco y una vara en la mano. Cada movimiento suyo era una lección, cada silencio un desafío.
Gato Café lo observaba con una mezcla de respeto y rabia contenida.
—Maestro —dijo una vez, mientras ambos descansaban frente a un fuego diminuto—, ¿cómo puede tu vara vencer a monstruos cinco veces tu tamaño? ¿Qué tiene de especial?
Danyel sonrió apenas, sin mirar al fuego.
—Nada. Es solo un conducto. —Levantó la vara y la dejó reposar sobre sus rodillas—. La fuerza no está en el arma, sino en la intención.
Luego trazó en el aire un movimiento tan rápido que el calor del golpe incendió las hojas muertas.
Una pequeña bola de fuego flotó un segundo antes de extinguirse.
—Hay dos modos de multiplicar la fuerza —continuó—: lanzar un golpe tan veloz que caliente el aire, o concentrar la energía dentro de ti, y liberarla al contacto. El primero quema; el segundo destruye. Tú… —dijo, observándolo con atención—, por ser un ser de fronteras, podrías dominar la bola de fuego.
Gato Café lo escuchó en silencio, el fuego reflejándose en sus ojos color avellana. Sabía que no era solo entrenamiento: Danyel lo estaba preparando para algo más grande, quizá para sobrevivir en un mundo que no admitía inocentes.
En el mercado de las brujas, el tiempo corría distinto.
Gorila Pelón ya no era el forastero torpe que casi cambia sus ojos por alas de mosca. Se había adaptado al caos del tianguis como si siempre hubiera pertenecido a él.
Junto a los hermanos cuervo —Mauro, Marco y Aldo—, había abierto su propia tienda: un lugar donde los desesperados acudían para romper tratos con las brujas o recuperar aquello que habían vendido sin entender el precio.
El negocio prosperaba entre los pasillos llenos de aromas imposibles y luces que parecían respirar. Los cuatro se habían vuelto hábiles, temidos, casi leyenda entre las criaturas del mercado.
Gorila Pelón disfrutaba de su nueva vida: invulnerable, libre, dueño de su destino.
Se bañaba en licores raros, compartía noches con mujeres humanas y hembras de frontera, y se reía de su antigua debilidad.
Sin embargo, a veces —entre la embriaguez y las risas—, un recuerdo breve lo atravesaba como un relámpago: los ojos de Gato Café, obstinado, noble, lleno de proposito.
Pero el recuerdo pasaba, y volvía la música del mercado, los cánticos de las brujas, los tratos turbios y terribles.
La lealtad se volvía un eco lejano, y el placer, una forma de olvido.
En el bosque, Gato Café entrenaba.
Los días se confundían con las noches, el frío con el sudor, la soledad con el propósito.
Danyel lo enfrentaba una y otra vez, solo con su vara, mientras el felino atacaba con garras, piedras, dientes y todo lo que su cuerpo aprendía a convertir en arma.
—Ya casi te he enseñado todo lo que sé —dijo Danyel una tarde en que la lluvia caía como agujas—. Pero no basta con aprender. Debes vencerme.
—¿Y si no puedo?
—Entonces seguirás siendo aprendiz.
La vara silbó. El golpe fue tan rápido que el aire ardió, y Gato Café cayó de rodillas, el pelaje chamuscado, el orgullo herido.
Una, dos, diez veces lo intentó. Y cada vez, Danyel lo derribaba sin esfuerzo.
Hasta que un día, el maestro simplemente dijo:
—No estás listo. Quédate en el bosque. Entrena. Cuando puedas quitarme la vara, búscame.
Y se marchó, dejando al gato solo entre los troncos inmóviles.
Los meses se volvieron años.
El bosque se convirtió en su mundo, los árboles en su familia, el silencio en su compañero.
Gato Café se movía como una sombra entre las raíces, cazaba con precisión, escuchaba el aire.
A veces hablaba consigo mismo, imaginando las respuestas de su maestro.
Otras veces soñaba con volver al mercado, encontrar a Gorila Pelón, contarle que ya no era el mismo.
Pero no regresó. No aún.
Porque algo dentro de él sabía que todavía no podía vencer a Danyel.
Mientras tanto, en el corazón del mercado, Gorila Pelón reía entre copas y humo.
—Por Gato Café —brindó una noche, alzando su vaso lleno de un licor azul que quemaba como fuego líquido.
Los cuervos lo miraron con una mezcla de burla y melancolía.
—¿Aún piensas en él? —preguntó Mauro.
—Claro —respondió el humano, sonriendo—. Si alguna vez regresa, le diré que venga a brindar conmigo.
—Si regresa —dijo Marco.
Gorila Pelón no respondió. Solo bebió hasta que el mundo giró y el mercado se volvió un sueño de luces flotantes.
Allí, bajo los toldos infinitos y el perfume de la hechicería, mientras los cuervos cantaban canciones que no tenían fin, el humano invulnerable olvidó, una vez más, que había prometido esperar.
Y en otro rincón del mundo, Gato Café golpeaba el aire hasta hacerlo arder.