El amanecer olía a madera vieja y ceniza húmeda.
Sobre el umbral de la cabaña, Gato Café se ajustó el cinturón y se colgó el pequeño fragmento de vara que Danyel le había dado como recuerdo. El humano lo observaba desde el fuego, envuelto en una manta deshilachada, como si el tiempo ya lo estuviera borrando.
—Ya sabes lo que necesitas —dijo Danyel con la calma de quien se despide del último de sus alumnos—. No busques respuestas, búscate a ti mismo entre ellas.
Gato asintió.
El maestro se levantó despacio, apoyando una mano sobre su hombro.
—Camina sin miedo, y cuando el ruido del mundo se vuelva insoportable… recuerda el silencio del bosque.
—¿Volveré a verte, maestro?
—En el futuro. Si aún sigues vivo, o si yo aún sigo siendo humano.
Gato Café no sonrió.
Se limitó a bajar la cabeza, y partió.
El bosque de los gigantes lo recibió con su eterno murmullo de hojas.
Los troncos parecían columnas de un templo abandonado, y la luz se filtraba en haces dorados que caían sobre el pelaje del felino como si lo marcaran. Caminó durante días, siguiendo las huellas de los vientos viejos.
Ya no sentía el cansancio como antes; solo una determinación que le ardía por dentro, un fuego que no buscaba guerra, sino destino.
Cruzó ríos dormidos, colinas de huesos de árboles, senderos cubiertos por hongos que brillaban al tacto.
A veces lo acompañaban sus pensamientos; otras, las voces del bosque.
La voz ronca ya no lo atormentaba.
Ahora lo observaba, como si lo estuviera esperando al final del camino.
Al tercer día divisó el humo del Mercado de las Brujas.
Desde lejos, la carpa de colores parecía un espejismo colgando del aire.
Era más grande por dentro que por fuera: un laberinto de telas, sombras y olores imposibles.
Cada paso dentro era un golpe de vértigo: perfumes que sabían a recuerdos, risas que se disolvían en el viento, criaturas sin forma que comerciaban con dientes, lágrimas o tiempo.
Gato Café entró con la mirada baja, tratando de no respirar la magia que embriagaba el aire, como era un ser de fronteras, la magia no le afectaba.
Su objetivo era claro: encontrar a Gorila Pelón.
—Busco a un humano —dijo a un zorro con ojos de vidrio que vendía espejos que hablaban—.
—Los humanos no duran aquí, gato. Se pudren rápido.
—Este no. Es fuerte.
—Todos lo son… antes de perder el alma.
Siguió caminando.
Preguntó a una bruja-rana, a un anciano con piel de hojas, a un niño sin rostro.
Todos se burlaron.
—¿Gorila Pelón? —reían—. Tal vez lo tengas enfrente y no lo ves.
Algunos lo empujaron. Otros le lanzaron maldiciones menores que chispeaban en el aire.
Una bruja salamandra le escupió humo por la nariz.
—Si sigues hablando de ese humano, te convertiré en trapo, gato.
Gato Café alzó una garra, pero se contuvo.
Recordó a Danyel.
El aire caliente, el fuego en los puños, la paciencia antes del golpe.
—No busco pelea —dijo, conteniendo el rugido.
—Entonces paga si quieres respuestas —replicó otra voz, dulce y quebrada.
Era una bruja vieja, encorvada, con el cabello trenzado en serpientes de sal.
Sus ojos parecían ver más allá de la piel.
—Solo una uña —pidió—. La del índice. No más.
Gato Café no vaciló.
La arrancó de un tirón.
La bruja la tomó con ternura, como si fuera un diamante. La llevó a su boca, la masticó con lentitud.
—Sí… el humano… y los tres cuervos. Fueron tomados por la Bruja Serpiente.
—¿Por qué?
—Porque ella no teme a los hombres, ni los odia. Los estudia.
—¿Dónde están?
—En el Barrio de la Media Luna. Allí donde el mar de sal lame los acantilados.
—¿Y cómo llego desde aquí?
—No llegas —dijo la bruja, sonriendo con una ternura que dolía—. Te encuentra ella.
Gato Café la miró sin entender.
La bruja le ofreció un frasquito con líquido oscuro.
—Para que el camino no te consuma. O para que lo haga más rápido, si prefieres atajos.
El gato no tomó el frasco.
—Solo necesito dirección.
—Sigue el olor de tu especie —dijo ella—. Y cuando creas que te perdiste, sigue andando.
El felino salió del mercado al atardecer.
El sol teñía el cielo de un rojo gastado, y el viento traía un murmullo de olas invisibles.
Caminó hasta ver, a lo lejos, el acantilado del Mar de Sal.
Más allá, como un espejismo de piedra y marmol, se alzaba el Barrio de la Media Luna.
No sabía que pensar, regresaría sin el anillo de su madre, la pulsera de su padre desde hacía meses no lo jalaba al sureste
Se detuvo en el borde del camino y miró hacia atrás.
El bosque quedaba lejos.
La cabaña de Danyel ya no era una opción para volver.
Regresaria sin nombre, si herencia, más pobre de lo que se fue, pero con determinación, con amigos, incluso con una forma de ganarse la vida, caminó con calma, era su barrio, su hogar, ¿que podía salirle mal?