Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

28.-Paz.

El amanecer llegaba siempre igual sobre el barrio de la Media Luna: tibio, humeante, con ese olor a carbón húmedo y pan recién horneado que llenaba las calles de obreros y brujas comerciantes.
El gato café abría las ventanas del restaurante La Lata de Atún y dejaba que el aire frío de la madrugada se mezclara con el calor del fogón.
Su delantal estaba manchado de aceite, pero lo llevaba con una dignidad casi sacerdotal.
El cuchillo en su mano no era un arma, sino una pluma con la que escribía su día.

La vida allí tenía una cadencia extraña.
A veces le parecía un sueño tibio, a veces una jaula amable.
Lavaba los platos mientras el vapor de las ollas dibujaba figuras que desaparecían en el aire.
Pensaba en Danyel, en el sonido de la vara cortando el viento, en el bosque cubierto de neblina.
Ahora, cada golpe del cucharón contra el cazo le sonaba como un eco lejano de aquella batalla.
El silencio después de la furia.

Aprendió a cocinar porque no había otra cosa que aprender.
Descubrió que el fuego no solo servía para destruir, sino también para transformar.
Y en esa alquimia sencilla encontraba una forma de redención.
Las sopas que preparaba eran breves plegarias, las especias, secretos que nadie debía descifrar.
Algunos clientes lo saludaban con respeto; otros ni lo miraban.
A él no le importaba.
Por primera vez en su vida, no debía demostrar nada.

Una tarde, mientras el sol se deshacía sobre los tejados metálicos, la campanilla de la puerta sonó.
El gato café levantó la vista y lo supo antes de verlo: un olor a magia, a alquitrán y a memoria se filtró en el aire.
Entró la bruja serpiente, envuelta en un vestido de escamas grises, sus ojos como dos carbones sumergidos en agua.
Tras ella, los cuervos hablaban entre sí en un murmullo de plumas y risas.
Y al final, el gorila pelón, con un abrigo manchado de grasa y el mismo andar de siempre, pero con una mirada nueva: la de quien había visto cómo se erguía una ciudad.

El restaurante se volvió más pequeño.
Los comensales fingían no mirar, pero el ambiente cambió de temperatura.
La bruja serpiente tomó asiento, pidió vino negro; los cuervos extendieron planos y documentos sobre la mesa.
Negocios, expansión, ingeniería mágica.
El barrio de la Media Luna ya no era un refugio: era una promesa de poder.

Gato café los observó desde la cocina, con la mirada perdida entre el vapor.
Su cola se movía lentamente, como un péndulo.
Cuando el gorila pelón se levantó para buscarlo, él fingió no verlo.
Pero la voz del simio rompió la calma:

—Sabía que eras tú —dijo, sonriendo—.
Te busqué después del bosque… y mira dónde te encuentro. Entre ollas.

Gato café no respondió.
Siguió removiendo una olla, el vapor empañándole los ojos.

—Te busqué en el mercado de las brujas —murmuró al fin—.
Me dijeron que te habías ido con ellos… con los cuervos.

El gorila bajó la mirada un instante, incómodo.
—Ellos me ayudaron a construir esto —dijo—. Lo que ves ahí afuera… tranvías, máquinas voladoras… Es el futuro, amigo.
No podía quedarme quieto, no después de lo que vimos.

Gato café dejó el cucharón a un lado, respiró hondo.
El aire olía a cebolla, metal y tristeza.

—Y tú me dices eso mientras bebes con asesinos y planeas negocios, creía que eras otra persona —susurró—.
¿Ese es tu futuro?

El gorila pelón intentó sonreír.
—No me juzgues. Tú siempre quisiste avanzar. No te veo hecho para lavar platos.
Ven con nosotros. Hay sitio para ti, siempre lo hubo.
Ese trabajo no es digno de un guerrero como tú.

El gato lo miró con calma, sin rabia, sin miedo.
Su voz salió suave, pero firme:

—Tal vez no sea digno… pero es mío.
Aquí todo tiene sentido.
Cuando cocino, el fuego obedece sin gritar.
Y yo… yo ya no tengo que pelear.

El gorila pareció querer decir algo más, pero la bruja serpiente lo llamó con un gesto.
Los cuervos doblaban los planos; afuera, un tranvía silbó al pasar.
El simio dio un paso atrás, indeciso.
—No te quedes aquí, Gato. El mundo sigue girando.

—Déjalo girar —dijo el felino, retomando el cucharón—.
A veces la calma también es una forma de seguir adelante.

El gorila pelón lo miró por última vez, -no te dejaré aquí, este lugar no es digno de alguien como tu -.
Luego salió, y con él se fue el ruido de los cuervos, el perfume de la bruja, el rumor de los planes.

Solo quedó el gato café, rodeado de vapor.
El fuego crepitó, obediente.
Tomó aire, probó la sopa, y sonrió apenas:
sabía que ese sabor —entre lo amargo y lo dulce— era el de su propia paz.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 16.02.2026

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