Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

29.- ¿Que más?

Los días se sucedían con la monotonía de una canción vieja.
El vapor del restaurante La Lata de Atún subía cada mañana como una plegaria sin dirección, y Gato Café, con su delantal impecable y su mirada tranquila, parecía parte del mobiliario.
El tiempo ya no lo hería: simplemente pasaba a través de él.

Pero el gorila pelón comenzó a aparecer con una insistencia que rozaba lo absurdo.
Llegaba a distintas horas, a veces solo, otras con los cuervos y un brillo inquieto en los ojos.
Pedía siempre lo mismo: un guiso fuerte, vino amargo, y un poco de atención.
Le hablaba a Gato desde la barra mientras el felino cocinaba, como si las palabras fueran semillas que algún día germinarían.

—Imagina esto, amigo —decía, moviendo las manos grasientas con entusiasmo—: una fábrica en la selva de Azabache, donde el vapor se mezcle con el canto de las bestias.
Un lugar donde los gatos trabajen juntos, donde los materiales fluyan como ríos de riqueza.
Hay monstruos allá, sí, criaturas antiguas que vigilan la selva.
Pero tú y yo… podríamos vencerlos.
Y después… exportar los sueños al resto del mundo.

Gato Café no respondía.
Le daba la espalda, cortando cebolla con la precisión de un monje.
El gorila se reía solo, bebía, y se marchaba dejando un olor a tabaco y ambición.
Los cuervos, por su parte, lo miraban con una mezcla de respeto y burla.
Solo Marco, parecía entender a ambos.
Le tenía cariño al cocinero, tanto que incluso un día se compró un sombrero igual al suyo, y cuando se miraron en el reflejo de la ventana, ambos soltaron una carcajada breve, honesta.

Así transcurrió un mes.
El fuego, el vapor, el ruido de los cubiertos.
Y entonces, ella apareció.

Era una felina de pelaje claro, tan pálido que bajo la luz parecía hecha de marfil.
Sus ojos tenían el tono suave del amanecer sobre el río.
Llegaba acompañada de otras gatas elegantes, que reían con una musicalidad estudiada, como si el mundo entero existiera solo para escucharlas.
Ella se sentaba siempre en la mesa junto a la ventana.
Pedía un té con miel, y sonreía cuando Gato Café la observaba desde la cocina.

El felino nunca se había sentido así: torpe, despierto, tembloroso.
Cada vez que la veía, el cuchillo se le resbalaba, el fuego se le adelantaba, el tiempo se estiraba.
No se atrevía a hablarle, pero bastaba con verla para que su día tuviera sentido.

Hasta que una tarde, la campanilla de la puerta sonó con un tono distinto.
El gorila pelón entró, riendo, con la gata blanca del brazo.
Los cuervos y las amigas de ella los seguían, llenando el local de perfume y ruido.
Gato Café sintió cómo algo en su pecho se quebraba.
El aire se le volvió espeso.
La gata blanca lo reconoció de inmediato, lo miró… y sonrió, inocente.
Pero él no devolvió la sonrisa.

Terminó su turno en silencio.
Cuando el restaurante cerró, se quitó el delantal y, sin pensarlo, los siguió.
Las calles del barrio de la Media Luna estaban cubiertas por el brillo metálico de los tranvías.
Gorila pelón caminaba con paso seguro, hablando, gesticulando, haciendo reír a la felina.
Cada carcajada de ella era un golpe en el pecho de Gato Café.

Lo observó desde las sombras, con las garras apretadas.
Un instante, solo un instante, pensó en abalanzarse sobre él, partirle la cara, dejarlo tendido entre los adoquines.
Pero entonces escuchó.
Las palabras llegaron claras entre el rumor de la calle:

—Él —decía el gorila, señalando el aire—, él me salvó la vida varias veces.
Un gato como pocos.
Fuerte, terco, valiente.
Si lo ves, salúdalo con respeto.

La gata blanca sonrió.
—¿De verdad? —preguntó, curiosa—. ¿Un cocinero?

—Antes de eso fue muchas cosas —dijo el gorila—. Un maestro en su especie.
Aunque le guste fingir que es solo un gato común.

Entonces, Gato Café dio un paso fuera de la sombra.
El gorila lo vio y sonrió, como si todo hubiera estado planeado.
—Ahí está. —dijo en un susurro—. Te lo presento, Gata Blanca.

Ella lo miró con sorpresa, y el mundo pareció detenerse.
Él, con su sombrero ladeado, se inclinó levemente.
Ella extendió la pata con elegancia.
Y así, en medio del bullicio, comenzaron a hablar.

Gorila pelón, antes de irse, le susurró a Gato cafe: -ve a la selva de azabache si quieres pagarme este favor- y se retiró silbando.

Hablaron largo rato.
De comidas, de viajes, de sueños absurdos.
Ella reía con la cabeza inclinada, y él descubría que podía sonreír sin miedo.
Al final, la acompañó hasta su casa: una mansión luminosa, rodeada de jardines donde las luciérnagas flotaban como pensamientos felices.

—Entonces —dijo ella antes de entrar—, ¿volverás a cocinar para mí?

—Si el destino lo permite —respondió él, con un gesto torpe.

Ella rió, y su voz se perdió entre los muros blancos.
Gato Café se quedó allí, mirando el reflejo de la luna en el estanque del jardín.
Sintió que algo, muy dentro, comenzaba a arder otra vez.
No era ira, ni deseo de venganza: era hambre de algo más.
De un lugar en el mundo.
De una vida que pudiera tocar.

Caminó de regreso al restaurante con paso lento, el sombrero hundido en la frente.
Sabía que el gorila pelón lo había hecho a propósito.
Pero también comprendía que debia pagarle el favor.

Porque esa noche, mientras las luces del barrio se apagaban una a una, Gato Café decidió que quería más.
Y el fuego de su cocina, pequeño y constante, pareció responderle con un rugido suave.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 09.03.2026

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