El amanecer era un hilo rojo entre las copas negras del bosque.
Gato Café caminaba sin rumbo, guiado solo por un nombre que resonaba en su cabeza:
“Selva de Azabache.”
No había preguntado al gorila pelón dónde quedaba, ni cuánto debía caminar, ni qué debía buscar.
Solo siguió el instinto —ese que lo había salvado tantas veces— y se internó en el corazón oscuro de la selva.
El aire se volvía denso, casi líquido.
Las raíces salían del suelo como costillas torcidas; los insectos zumbaban con un ritmo de advertencia.
Por momentos, la selva parecía respirar.
Y, en su aliento, Gato Café sintió que algo lo observaba.
Caminó durante horas, la mayor parte del día.
La humedad se le pegaba al pelaje; el hambre lo hacía tambalear.
Hasta que vio una luz temblorosa, entre las ramas.
Una cabaña, pequeña, solitaria, como una herida abierta en medio de la espesura.
El felino se acercó con cautela.
El olor a óxido y madera vieja lo envolvió.
Dentro, un fuego apagado, herramientas esparcidas y, al fondo, una forja ennegrecida que aún conservaba el calor de antiguos trabajos.
Sobre el suelo, dos cuerpos inmóviles.
Eran parecidos a los humanos, pero no del todo:
tenían las orejas puntiagudas, los huesos más finos, la piel con un brillo opalino que la muerte no había logrado extinguir.
Parecían dormidos, abrazados entre el metal y el polvo.
Gato Café se inclinó con respeto.
En la mesa, una carta doblada cuidadosamente.
El papel olía a ceniza y a lágrimas secas.
La leyó en voz baja, con la solemnidad de quien toca algo sagrado:
“A quien encuentre esto: somos los guardianes de la forja de Bronce.
La Manticora nos halló antes de poder huir.
Si el héroe de bronce llega algún día, pedimos que lleve esta carta a nuestra hija:
la Ninfa de la Tortuga de Jade.
Dígale que no nos rendimos, que la amamos hasta el final.”
Gato Café cerró los ojos.
No sabía quién era el héroe de bronce, pero algo en su pecho se encendió al leerlo.
Tomó la carta con cuidado, como si pesara más que su vida.
Entonces tropezó.
Una caja metálica cayó al suelo, abriéndose con un estrépito.
Dentro, dos garras de acero bruñido, tan grandes como su antebrazo, talladas con símbolos antiguos.
Las levantó con curiosidad.
Pesaban, pero no tanto como parecían.
Cuando se las probó, sintió que encajaban a la perfección, la sensación fue desconcertante.
El silencio fue roto por un rugido.
Un rugido tan profundo que hizo vibrar las paredes.
Gato Café giró la cabeza.
En el umbral de la puerta, una Manticora enorme, mitad león, mitad escorpión, con alas de cuero y ojos de un rojo impuro.
La bestia olfateó el aire y lo vio.
No hubo tiempo para pensar.
El primer golpe lo lanzó contra el muro, el segundo le cortó el aire.
El rugido llenó la cabaña como un trueno.
La cola de la criatura se lanzó hacia él como una lanza.
Gato Café esquivó, rodó, sintiendo cómo el veneno rozaba el suelo y lo derretía.
El felino saltó sobre la mesa, las garras de metal brillando con la luz del fuego renacido.
La Manticora embistió.
Él bloqueó con ambas manos, sintiendo el impacto recorrerle los huesos.
El aire se volvió un torbellino de polvo y sangre.
El combate duró una eternidad.
La criatura lo lanzó contra la pared, lo mordió, lo hizo sangrar.
Pero él siguió de pie, gruñendo, golpeando, rasgando.
Las garras nuevas se volvían una extensión de su cuerpo: el golpe era puro instinto, la defensa pura rabia.
Hasta que, en un último impulso, saltó sobre el lomo de la bestia y hundió las garras en su cuello.
El rugido final fue un trueno que se apagó en eco.
El cuerpo de la Manticora se desplomó, rompiendo el suelo.
Gato Café cayó de rodillas, jadeando.
La sangre de la criatura le cubría el rostro.
El fuego de la forja volvió a encenderse solo, como si algo lo hubiera reconocido.
Durante un largo rato no se movió.
Solo miró las garras en sus manos.
Ya no eran ajenas.
Le pertenecían, el heroe de bronce podria irse al diablo.
Se levantó, tomó la carta y la guardó junto a su pecho.
Afuera, la selva había enmudecido.
Solo el viento parecía seguirlo, arrastrando hojas y secretos.
Con las garras de acero, cavo una tumba, en la que enterró a la pareja con respeto, pensando en que si ellos fueran sus padres, eso era lo mínimo que querria que alguien hiciera por ellos.
El cadaver de la manticora lo arrojó a la selva, para que otros depredadores se la comieran.
Caminó sin rumbo fijo, hasta que divisó en el horizonte una columna de humo:
una fábrica erguida sobre un vertedero, con chimeneas que lanzaban fuego al cielo.
El aire olía a hierro, a vapor y a promesa.
Gato Café entendió que había llegado.
Aunque no sabía para qué.